Cuando los vecinos se la juegan (en serio)
No es fácil señalar o declarar contra el ladrón que vive a la vuelta. Sin embargo, sea por el hastío o la impunidad, cada vez más vecinos dejan de lado el "no te metás".
El ataque había pegado feo en la barriada. Primero, porque se agregaba a la larga lista de robos contra centros sociales que dan aire a los asfixiados. Segundo, porque, además de electrodomésticos, habían robado comida, medicamentos y juguetes. Tercero, porque era un robo más en pocos días. La bronca y la indignación eran absolutas en Villa Páez, en la ciudad de Córdoba.
No hubo venganzas ni represalias. Lo que pasó fue que unos frentistas fueron hasta la casa del cura Horacio Saravia y le dejaron, en la puerta de calle, un papel. El escrito anónimo tenía los nombres de los ladrones de la sala cuna.
Una nota similar iba a llegar luego al centro vecinal del mismo barrio, tras la andanada de robos que comenzaron a sufrir en plena cuarentena. Hartos de la impunidad, los mismos vecinos habían dejado el miedo atrás y mandaban al frente a los lúmpenes que estaban detrás de los casos.
Bastó que la Policía investigara esa “info” para que los allanamientos llegaran.
Lo mismo sucedió en Las Violetas, otra zona donde la violencia urbana, la inseguridad y la droga se hicieron fuertes entre tantos vecinos laburantes que dan pelea para seguir a flote.
Unos bandoleros en busca de cartel, y con raíces en la misma zona, saquearon el dispensario; y los propios vecinos salieron a mandarlos al frente; por lo bajo, pero a coro.
El juez ordenó los allanamientos y la Policía llegó con barbijos.
No es algo nuevo, pero está en crecimiento y forma parte del complejo y movedizo fenómeno de la inseguridad y la violencia urbana que pega en las barriadas: los vecinos que se juegan el pellejo y que, con su testimonio, echan luz sobre un caso.
Llámenle hartazgo, díganle hastío ante tanta impunidad; digamos que es conciencia de justicia.
Lo concreto es que, dejando de lado el lógico temor y el pavor de ser blanco de una venganza, muchas y muchos deciden abrir la boca, señalar y contar la verdad, a lo que dé.
En breve, un fiscal mandará a juicio a los dos supuestos motochoros que fusilaron a un vecino, semanas atrás, en barrio Estación Flores. La víctima fue Fabián Oromé. Los vecinos lo adoraban y dieron datos clave a la Policía.
Algo similar pasó en Empalme, tras el ataque demencial de motochoros a una mujer.
Los propios vecinos mandaron al frente a los atacantes.
Es la buena respuesta al “no te metás”.
Es algo invalorable en tiempos en los que nos acostumbramos a ver tanta casa incendiada, tanto hogar atacado a balazos, tanta víctima apretada, ante la inacción de quienes deberían protegernos.
Y es invalorable, además, si se tiene en cuenta que el agresor tantas veces vive a la vuelta.
“Por favor, no publiques los nombres de los testigos y lo que declaró cada uno. Costó mucho hacerles vencer el miedo”, pide la fiscal, tras enviar copia de una resolución por un asesinato en un asalto.
En la Policía y en las fiscalías saben de cerca qué es eso del miedo vecinal: un dato anónimo puede servir para orientar una causa, pero no para esclarecerla.
Para aclarar, mandar a juicio y hallar condena, se debe contar con testigos reales que digan toda la verdad sin temor. No es simple.
Cada vez son más los fiscales y los jueces que bajaron a tierra, pisan el barro y aprendieron a cuidar a quienes deciden hablar..
No es fácil dar con esos vecinos; no es simple que cuenten quién fue; no es sencillo que reconozcan al criminal en la rueda de reconocimiento, aunque el vidrio que los separa no permita ver del otro lado.
Ese mismo testigo después tiene que volver al barrio.

