Clandestinos
En medio del horror en un taller textil clandestino del barrio porteño de Flores, donde el lunes temprano un incendio devoró la vida de dos primos de 7 y 10 años, el reportero gráfico decidió ir más allá de las paredes ennegrecidas y el calor aún humeando.
"Cómo pasaste la noche / Te dormiste de un tirón / Soñaste con angelitos". ( Contame alguna mentira , Jairo)La fotografía retrató una cotidianidad que espanta. En medio del horror en un taller textil clandestino del barrio porteño de Flores, donde el lunes temprano un incendio devoró la vida de dos primos de 7 y 10 años, el reportero gráfico decidió ir más allá de las paredes ennegrecidas y el calor aún humeando. En la misma mesa en la que se acumulaban los trozos de tela, con las máquinas de coser atornilladas, había dos pequeños dinosaurios de plástico. Tras una larga noche de festejos, globos, bailes, algunas decepciones y mentiras de ocasión, a las 10.30 del lunes la realidad quitó a los porteños de la resaca que les había dejado la parafernalia de las elecciones primarias para jefe de Gobierno"El incendio se desató en el sótano de una vieja casona. Vecinos denunciaron que allí funcionaba un taller clandestino, cuyas ventanas estaban tapiadas hacía tiempo. Bomberos confirmaron que en el interior del inmueble hubo un derrumbe. Los rescatistas debieron romper varias de las paredes para llegar hasta las víctimas", publicó La Nación aquella misma mañana en su sitio web."Los pequeños vivían en condiciones infrahumanas en el subsuelo junto con sus padres, con puertas y ventanas bloqueadas, tapiadas y enrejadas", amplió Perfil .Rodrigo y Orlando quedaron atrapados en el sótano y murieron. Amparo Menchaca y Julián Rojas, padres y tíos de los niños, fueron rescatados y terminaron internados con graves quemaduras.Todos habían llegado desde Bolivia, escapando de la pobreza, y vivían desde hacía un tiempo en ese mismo lugar que se convirtió en una trampa de fuego, con las salidas clausuradas. De inmediato se activó el protocolo obvio del falso debate. Que hacía seis meses ese lugar había sido denunciado. Que el Gobierno porteño no activó ninguna inspección. Que recién ahora, tras la tragedia, se iban a "analizar los antecedentes para determinar si existía trata de personas", según dijo a la prensa el fiscal a cargo de la Procuraduría de Trata y Explotación de Personas, Marcelo Colombo. Discursos de ocasión. Veloces para buscar culpables sin señalar a nadie y mucho menos bucear en alguna autocrítica. Rodrigo y Orlando fueron, en realidad, dos víctimas más de una extendida cadena de explotación y trata laboral, una esclavitud estructural en todo el país y de la que sólo se conocen algunos eslóganes.Córdoba no es ajena a esta realidad. Talleres clandestinos pululan en Alberdi, Providencia, Villa Páez, San Martín, Güemes, Pueyrredón y varios puntos más ocultos de la capital provincial.Vecinos que sin ninguna tarea de inteligencia se dan cuenta pronto de que allí todo es ilegal: rostros aturdidos que apenas se asoman a la puerta en medio del ruido permanente de las costuras.Familias sin identidades que comen, juegan y duermen alrededor de las máquinas de coser y los cables casi pelados.Desesperados en manos de inescrupulosos que sólo son eslabones de una cadena mucho más larga.Explotadores de la desesperanza, camuflados en marcas que en el mercado cotizan cada vez más caro.E investigaciones judiciales que siempre terminan naufragando sin lograr explicarle a la sociedad de dónde surge tanta impotencia para desbaratar un negocio millonario que se nutre de los más indefensos.

