Aferrados a la esperanza de una sonda
Cómo fueron las tareas de rescate en Rosario durante la madrugada, buscando vida bajo los escombros. Por Juan Federico, enviado especial a Rosario.
Rosario. El silencio de la madrugada disimulaba el impresionante despliegue alrededor del edificio de Salta 2141, el conjunto de torres que desde el martes a las 9.38 es sinónimo de la peor tragedia en la historia de Rosario (ver todo sobre La explosión de Rosario).
Rescatistas, Bomberos, Gendarmería, Prefectura, perros olfateadores, equipos médicos, operarios, solidarios. Más de 100 personas en menos de dos cuadras.
Sin embargo, a las 5.45 de este miércoles, el silencio, dolorido, respetuoso, ansioso, era abrumador. Durante toda la fría madrugada, cada 40 minutos, los motores se apagaron, los reflectores descansaron y el vilo de todos se trasladó a las sondas que, en el mayor sigilo, busca un hilo de vida entre los restos del desastre.
Se trata de dos sondas, una con una cámara y la otra de vibración, que se cuela entre los escombros. Luego, los generadores vuelven a rugir, los reflectores se encienden y una cuadrilla de bomberos ingresa entre los restos para remover los pesados escombros.
Un trabajo manual, artesanal, de hormiga, que despacio pero seguro va quitando de a poco los nueve pisos que se fundieron en la planta baja. Afuera, ahora todo está mucho más organizado a diferencia del caos que imperó hasta horas después del siniestro. El desconsuelo y el respeto se aunan para que nadie intente alzar la voz. Estar callado, preguntar en voz baja, es también parte de las tareas de rescate.
Entre los que quedaron adentro de un radio de dos cuadras totalmente valladas, está Patricio, quien aún no puede entender que dentro de ese horror están buscando a su amigo Maximiliano Velazo (30), al que conoció años atrás cuando estudiaban juntos en la facultad de Martillero, en la Universidad Católica de Rosario.
Su departamento estaba en el 2° piso de la torre que se derrumbó, cuenta, mientas con la mirada señala hacia el lugar donde los rescatistas trabajan. De él, continúa, no sabemos nada, sólo que su auto estaba en la cochera.
Otra vez piden apagar los teléfonos celulares. Que se impida que los vehículos se acerquen a la zona. De nuevo, los equipos de adolescentes solidarios, enfundados en chalecos blancos, se acercan con café y galletas. El silencio gana a todos y la esperanza se niega a desaparecer. Sin embargo, a los pocos minutos de nuevo ingresa una cuadrilla. Vuelven las luces y los motores. Los familiares y amigos de los desaparecidos, que siguen de vigilia, saben que es difícil.
Las huellas, en los alrededores, dan idea de la magnitud de la tragedia. Vidrios destrozados en edificios ubicados a más de 100 metros de la explosión. Muchos vecinos que se autoevacuaron. Cuatro torres linderas que quedaron sentidas. Y todo Rosario que no deja de hablar de un siniestro del que nadie recuerda un antecedente similar en la ciudad.

