Otra mirada sobre la terapia intensiva pediátrica
Los niños que están en terapia sufren desde el dolor por la separación de sus padres, pasando por trastornos del sueño, hata el temor de tener un daño permanente o de morir. José María Silerberg.
La unidad de terapia intensiva (TI) o de cuidados intensivos (CI), como también se la denomina, suscita un interés especial, que se ha ido incrementando en los últimos años.
Su misión, por medio de todo un equipo de salud, es dar atención a los enfermos que se catalogan como "pacientes críticos", como politraumatizados, trasplantados, poscirugías complejas, con graves insuficiencias respiratorias de distinta etiología, entre otros. O sea, a aquellos niños que necesitan un control clínico permanente y exhaustivo, con el objetivo de prevenir o tratar cualquier cambio en el paciente que pudiera significar un agravamiento de su padecimiento original.
Al comienzo, la TI se asociaba con una enfermedad desesperada y con la posibilidad de muerte y se aislaba al paciente de su familia. Pero el correr del tiempo demostró que ese concepto no era válido, ya que conspiraba contra la recuperación del enfermo.
Esto llevó a efectuar transformaciones en la propia sala y en las conductas de atención por parte del equipo de salud. No sólo se dejaron de lado estructuras rígidas y de total aislamiento, sino que se construyeron salas con ventanales y bien iluminadas y se incorporaron equipos más silenciosos y menos invasivos.
Tener que ingresar a un ser querido en una TI ocasiona un fuerte impacto en la sensibilidad del entorno familiar y en el enfermo, más aún si es un niño. Y éste es un motivo que se agrega a los factores médicos para decidir qué paciente debe ingresar a terapia.
Este choque emocional y hasta físico lo sufren el propio enfermo y todo el grupo familiar, lo que comprende, sobre todo si se trata de un niño, a los padres, los hermanos e inclusive a las relaciones (amigos y parientes) cercanas y aún no tan cercanas.
En el niño, las manifestaciones psicológicas más comunes (cada edad tiene su expresión) abarcan desde el dolor por la separación de su madre a la preocupación porque el daño sea permanente; la desorientación témporo-espacial; los trastornos del sueño y hasta el temor por la propia muerte. Los padres pueden manifestar sensación de inutilidad en el momento en que el niño más los necesita; algunos niegan el hecho; otros sienten culpa; otros se vuelven agresivos e invasores. Y también están los que preguntan a todos los que salen de la TI, para confirmar el diagnóstico o la evolución del niño.
No podemos olvidar las implicancias emocionales que experimenta el equipo de salud, que desarrolla su tarea en un ambiente físico y psicológicamente estresante, ya que la naturaleza de vida o muerte de su trabajo lo confronta con decisiones y respuestas rápidas, y también con dilemas éticos.

