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La realidad y sus matices

Afortunadamente, los años no sólo me trajeron canas, sino también experiencias que me acercan a los niños y sus familias. Siempre tan distintas, siempre tan únicas.

30 de septiembre de 2015 a las 12:01 a. m.
Héctor Pedicino*
La realidad y sus matices

Córdoba explota en colores. Se despierta el rosa de los lapachos de la calle Fragueiro, el celeste jacarandá de la Sabattini, el amarillo de los aromos en Río Ceballos. Los niños retornan a las remeras de sus héroes, la mayoría de ellos –hay que reconocer con tristeza–, importados y comerciales. Juancito, de 4 años, entra con una de Iron Man que tiene una capucha que se transforma en máscara. Se la coloca y me dice: –"Mirá qué fuerza tengo". Y me muestra los pálidos bracitos.–"¿No tenés una remerita de Piñón?", le pregunto procurando promover los héroes locales –"¡Sí!", responde rápidamente. Y completa, para mi alegría: "Después te la muestro. Yo sé el 'Chu-Chu-Ua'".Su hermanito Ramiro, de 8 meses, además de vestir el enterito de Belgrano (menos mal que no era del Barcelona), trae una pulserita roja de cinta. Mientras lo reviso por su control mensual, recuerdo una experiencia personal que viví hace unos años, cuando yo era un médico recién recibido. Una luminosa mañana de primavera, me disponía a revisar un bebé internado por gastroenteritis en el sector de lactantes del Hospital de Niños. Al hacerlo, vi que el pequeño tenía en la frente un hilo rojo. Con absoluto desconocimiento del significado que tenía para esa familia, se lo retiré y lo arrojé al cesto de la basura. -"¡No!", me recriminó la madre, que presenciaba la escena. "Es para la ojeadura", agregó, mientras reubicaba el hilo en cuestión de nuevo en la frente del niño. Sin darle importancia, pensé, con aires de científico: "¿Cómo un hilito lo va a proteger de algo?". El tiempo y la misma ciencia me fueron otorgando nuevas visiones de la realidad y sus matices. La ciencia no pudo responderme miles de preguntas que me fueron surgiendo en el camino. El amor y el desamor, la alegría o la tristeza, por ejemplo, no tienen una acabada explicación científica, pero son una realidad. Así, las creencias por lejanas y desconocidas o por falta de asidero científico según "mi" saber, pueden tener o no sentido. El conocimiento que cada uno tiene es siempre parcial e incompleto. Por suerte, la vida me fue abriendo la mente para entender otras realidades, para comprender otros pareceres, para no criticar otras creencias. Pude aprender que hay otros saberes en el universo del conocimiento. –"Le queda bien la pulserita, es tan lindo que lo pueden ojear", le dije a la mamá de Juancito y Ramiro mientras la despedía con un beso. Afortunadamente, los años no sólo me trajeron canas, sino también experiencias que me acercan a los niños y sus familias. Siempre tan distintas, siempre tan únicas.

*Pediatra