Roberto Ninci: "Aprendí a respetar los silencios"
Con 65 años, es el capellán más antiguo de los hospitales de la ciudad de Córdoba. Hace 22 años que realiza su tarea pastoral en el Clínicas.
En esta tarea pastoral hay que tener oídos de elefante y boca de mosquito. Aprendí a respetar los silencios de las personas, porque son palabra implícita; el dolor es algo muy personal y la tentación más grande es intentar palearlo en forma inmediata. Además, la experiencia es intransferible, lo que siente el otro no es sólo dolor físico, sino también psicológico y espiritual.
Uno de los casos que más me conmovió fue el de una joven que padecía un cáncer tremendo. Era abogada, medalla de oro de la facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba. Estaba de novia a punto de casarse y un día, cuando hablé con el novio, me dijo: “No puedo más verla así”. Y se marchó. Ella se quedó sola con su mamá y un día, conversando, me preguntó: “Vos, cura, que estás cerca del Padre, pregúntale por qué, si todo iba tan bien, me tuvo que ocurrir ésto. Y ahí me di cuenta de que a veces no hay respuestas, las personas en situaciones límite no necesitan respuestas, sino abrazos y silencio. Me quedé con ella hasta que se fue.
Esta experiencia fue crucial en mi vida sacerdotal, porque aprendí que, aun cuando ya no hay nada que hacer, algo se puede hacer. La palabra, el acompañamiento, edifican a la persona y hacen que ella no se sienta tan sola antes de morir.
Hay personas que tienen conciencia de que se van a morir y tratan de disimularlo para no hacer sufrir a sus familiares. Una vez fui a visitar a un paciente que estaba internado en el servicio de Oncología. Él me dijo: “Entre, pero que no se den cuenta mis hijos”. A veces, los curas somos, sin querer, emisarios de la muerte. Muchas personas antes de irse necesitan arreglar su existencia, hablar sobre cómo están transitando ese momento, perdonar a otros y también a sí mismos. Trato de que no mueran con complejo de culpa y que se vayan en paz. Lo más difícil es perdonar a un enemigo, pero tenemos que saber que perdonar nos hace bien a nosotros mismos. Por eso le digo a las personas que sufrieron mucho que entreguen su dolor a Dios.
Uno trata de comprender todo lo que le está pasando a la persona en su interior. Esa palabra amordazada, que no le permite expresar todo lo que siente y que está conectada con su físico, es la que tiene que ser oída. Las heridas físicas muchas veces son el signo de otras, mucho más profundas a nivel psicológico. Cuando asisto a un enfermo veo que sufre con todo su entorno, familiar, social y económico. La salud no es algo que esté remitido solo a lo corporal.
No solamente padecen falta de salud las personas que se atienden en un hospital, sino también pueden padecerla las personas que asisten a los pacientes. Los profesionales de la salud también se pueden enfermar, caer en el síndrome de la cabeza quemada. Y esto pasa cuando se vuelven incrédulos, llegan a descreer de la tarea que realizan y caen en un tobogán de depresión. Y el tema es que, si uno está mal, no puede ayudar a los demás.
Soy mendocino y me vine a Córdoba en 1967 a estudiar medicina en la Universidad Nacional de Córdoba. Pero abandoné. La persona que me inspiró a elegir la profesión de sacerdote, fue mi abuela paterna, María; ella era muy católica, pero siempre fue muy respetuosa de mis elecciones. Lo único que me decía cuando le preguntaba a donde salía era que se iba a la cena del Señor y por ahí me invitaba a ir a misa. María rezaba mucho con el rosario y yo le preguntaba qué hacía con esa pelotita. Ya convertido en sacerdote, un día me confesó que había soñado con tener en su familia a un sacerdote y que me había tocado a mí. Mi abuela era muy pluralista, siempre me decía que la religión era lo de menos y que lo importante era vivir en amor.
Soy psicólogo y hace 22 años que estoy como capellán en este hospital, antes estuvo el padre Juan Fuentes, durante 33 años, y antes de él el obispo Monseñor Angelelli. Cuando llegué tenía todo un bagaje teológico y, como todo profesional, pretendía dar la palabra justa a todos los problemas. Con el tiempo descubrí, parafraseando a Sócrates, que solo sé lo que nada sé. Estoy convencido de que cuando todos los tratamientos y las cirugías fallan, el amor también es dispensador de salud. Pero la fe es una opción libre, no una imposición. En este trabajo aprendí a dar gracias por todo, porque cada cosa encierra algo bueno, todo tiene un sentido de aprendizaje en la vida. Y hay que aprender a sonreír a pesar del dolor y del sufrimiento.
Producción periodística. Rosana Guerra

