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Gimnasia rítmica adaptada: una disciplina exigente, atractiva e inclusiva

Gimnasia rítmica adaptada. La experiencia de tres mujeres que realizan esta práctica y que sólo obtuvieron gratificaciones gracias a ella.

06 de febrero de 2017 a las 12:03 a. m.
Valia Yanquilevich*
Gimnasia rítmica adaptada: una disciplina exigente, atractiva e inclusiva
Equipo. Sabrina Demarchi, Paola Ludueña, la profesora Gabriela González y Camila Cabrera.

Piruetas, cintas, mallas de diseño y enormes sonrisas. El escenario está montado para una exhibición de gimnasia rítmica. Paola, Sabrina y Camila practican la disciplina con placer y compromiso y, a cambio, obtienen medallas, reconocimiento, crecimiento personal, integración social y grandes beneficios para la salud.

La gimnasia rítmica es una disciplina especialmente desafiante porque demanda destreza y expone a riesgos por la manipulación simultánea de objetos. Sin embargo, estos no parecen ser obstáculos para quienes se vieron seducidas por la actividad y están decididas a seguir adelante, aunque le falte una mano, como es el caso de Paola Ludueña, quien tiene 37 años y le amputaron el miembro desde el antebrazo cuando era chica.

Sabrina Demarchi fue la primera de las tres en incursionar en esta actividad, y lo hizo por casualidad. Participó de una clase en el colegio, y, sin dudarlo, se sumó por iniciativa propia cuando tenía solo 7 años. Hoy, con 27, ha cosechado copas y medallas a nivel iberoamericano, e interviene en competencias de gimnasia convencional. Ella tiene síndrome de Down.

Camila Cabrera (16) tiene síndrome de Down con hipotonía y también síndrome de Smith Magenis (retraso en el desarrollo intelectual y en el lenguaje). Comenzó a practicar hace seis años para mantenerse en movimiento y socializar.

Gabriela García es la profesora de educación Física que hace 20 años comenzó con el desafío de integrar en el deporte a jovencitas con alguna discapacidad. Se lo planteó solo como la necesidad de adaptar las exigencias a las posibilidades de las deportistas, y nunca dejó de sorprenderse de lo que son capaces de lograr. Todas entrenan, compiten y ganan, aunque no sean siempre medallas.

Las madres coinciden en que, al margen de los logros deportivos, el deporte ha significado para las chicas mejorar su coordinación, obtener mayor libertad en sus movimientos, más seguridad en sí mismas, y en el caso de Paola, superar dificultades en el equilibrio.

“El trabajo es similar a la gimnasia rítmica tradicional. El límite son las posibilidades de las propias chicas. Se les exige y se las estimula. Yo no busco en ellas la alta competencia, aunque algunas la alcancen, sino el placer por lo que hacen. De acuerdo con las posibilidades de cada una, planteamos el trabajo, y atendiendo los riesgos que puede presentar algún trabajo determinado”, señala la profesora.

“Los niños con síndrome de Down suelen tener inestable la articulación atlantoaxoidea y, en esos casos, se debe evitar movimientos forzados con el cuello. Salvo eso, es muy bueno para ellas si les gusta la actividad”, afirma Néstor Gándara, especialista en rehabilitación y director de Alpi. El profesional añade que, en caso de que padezcan cardiopatía congénita, deberían contar con la autorización del cardiólogo.

La profesora solicita una ficha médica al comienzo, y mantiene conversaciones con los padres, que son los que conocen los miedos y limitaciones de cada niña.

Juntas

La profesora García destaca el nivel de compañerismo y compromiso que tienen no solo las chicas, sino las familias. Eso no significa que la convivencia sea perfecta, porque algunos celos aparecen y captar la atención se convierte en un desafío, pero los problemas son eventos anecdóticos.

Este grupito de gimnastas entrena en Unquillo, y sus integrantes suelen ser invitadas a demostraciones en competencias de gimnasia convencional. Asisten con gusto. “Es importante que la gente vea que se puede”, recalcan las madres. Cuentan que muchos padres son reacios a que sus hijas realicen estas actividades porque temen que sufran rechazo. “Tienen que animarse”, dice Haydé, mamá de Paola. “Ella me empuja a mí a moverme”, añade.

“No pensé que Sabrina pudiera hacer lo que hace. Me deslumbró”, admite Olga orgullosa. “A nosotros nos habían dicho que Camila no iba a caminar ni hablar. Acá la tenés”, se conmueve Roxana.

Para todas ellas, la práctica deportiva fue fundamental en su desarrollo físico, psíquico y social. Y aunque la competencia no sea el motivo fundamental del entrenamiento; cuando la hay, la disfrutan. Sabrina, por ejemplo, pasó de no animarse a salir en su primera participación a ganar la medalla de oro en tres ediciones seguidas de los campeonatos iberoamericanos en Colombia, a los que pudo ir por el apoyo de la Fundación Nalbandian.

“Posiblemente, tenemos más temores nosotros que ellas”, relata una mamá que finalmente decidió archivar sus miedos y permitir que su hija viva su experiencia. “Es importante explorar sus fortalezas y trabajarlas. Ver lo que pueden lograr y buscar que no se frustren”, insiste la profesora García.

“Hasta hace siete años, la ambulancia iba día de por medio a casa a atender a Paola. Nos recomendaron que iniciara alguna actividad. Hoy hace gimnasia rítmica y natación y, desde entonces, todo su organismo funciona mejor y ya no necesitamos llamar a la ambulancia”, concluye su mamá.

*Especial