Cómo un niño llega a sufrir un trauma
Dependencia. Ellos solos no pueden resolver muchas situaciones de la vida cotidiana y eso hace que algunas necesidades no satisfechas tengan en ellos mayor impacto.
Si pensamos en los niños, en los bebés, precisamente, vemos que, por ejemplo, la necesidad biológica del hambre o los cólicos son traumáticos. Y que hasta traumatizan a los padres, al punto de dejarlos sin saber qué hacer. Y sin dormir. El hambre es traumático porque el niño solo no puede y, si no hay otro que lo alimente, se muere. Si observamos, vemos que la reacción de un bebé cuando tiene hambre y no es satisfecho es la misma que la del niño mayor o la de un adulto frente a una situación traumática. De manera que, entenderemos aquí por "traumático" todo aquello que suponga un choque violento, imprevisto, que produce un quiebre en la organización del psiquismo, es decir, de la personalidad. Será traumática, entonces, una vivencia que en un breve lapso de tiempo produce tal exceso por la intensidad del estímulo que la personalidad no puede resolverla mediante sus habituales modos de enfrentar la realidad (mecanismos de defensa); el dolor por lo imprevisto, por el impacto sufrido, y la fuerza del trauma producen tal estampido en el psiquismo que lo deja inerme, sin capacidad de defensa, arrasado hacia procesos de desorganización de la personalidad e incluso procesos confusionales. El trauma puede provenir de una causa física o psíquica, pero siempre deja una marca de su presencia. Así se siente el trauma, así desarma. Supongamos los efectos en un niño, en quien su personalidad todavía se está estructurando, por lo que la vulnerabilidad será mayor, y donde la dependencia del adulto es vital, lo que marca sí o sí la necesidad de otro (un adulto) que lo socorra, que lo proteja, que lo defienda, que le ayude a entender, porque solo sin dudas no puede y el trauma psíquico tiene mucho que ver con lo que no se puede comprender, con lo que uno no se puede explicar, debido a que aún no están dados los elementos cognitivos y/o emocionales para ello. ¿Cuáles serían, entonces, los efectos? Vemos que mientras más pequeño es el niño, mayor posibilidad hay de que los efectos se manifiesten en el cuerpo, o en alteraciones en el sueño, la alimentación, el control de esfínteres; cuando son un poquito más grandes, aparecerán los miedos, los terrores, pero la repetición de la escena traumática será permanente y se manifestará en el juego, en los sueños, en el dibujo, y en ciertas ocasiones será tan terrible que para no recordar aquello, un abuso por ejemplo, un accidente, la pérdida de un ser querido, una inundación, una catástrofe, se inhibirán las funciones que permitan su reactualización. De manera que el niño podrá dejar de jugar, de dibujar y hasta dejar de aprender; la apatía y el ensimismamiento son estados que se reiteran a partir del traumatismo. Y es aquí donde se debe pedir asistencia profesional sí o sí, porque ya el chiquito está mostrando que con eso no puede, y está tan afectado que ya no puede con las cosas que pueden los niños. Subrayamos: muchos problemas de aprendizaje son efectos de traumatismos. ¿Cuántas situaciones de violencia se detectan en la escuela, cuando la maestra se comienza a preguntar por qué ese niño no aprende? Y las ahora tan comunes "hiperkinesis" que con tanta soltura se medican. ¿Cuántas veces vemos en el consultorio que el niño intenta liberar ese exceso de lo traumático corriendo, con hiperactividad? Se observan, además, depresiones, enfermedades psicosomáticas, insomnio, contracturas, gastritis, dolores de cabeza, son motivos de consultas habituales luego de que los niños atraviesan situaciones imposibles de elaborar para ellos. Toda la psicopatología infantil puede ser efecto de vivencias traumáticas. Otras veces sucede que ante un evento impactante el niño reacciona como "si no hubiera pasado nada". Se murió la mamá y nunca lloró, fue víctima de abuso sexual y nunca contó. Quizá la historia futura reactive ese sufrimiento que quedó ahí, encapsulado y sin resolución, y quizás en ese futuro se haga evidente la dificultad para elaborar las pérdidas o para el acceso a la vida sexual, por ejemplo. Una de las situaciones de hoy que produce un clima de traumatismo permanente en lo cotidiano es la desaparición de la asimetría necesaria en el vínculo del adulto con el niño, es la ausencia de "un grande" aunque el adulto esté presente. Esta ausencia supone el cese de las funciones que el adulto debe cumplir. Si bien no es un "trauma puro", por acumulación, esta situación puede producir efectos similares, porque la sensación del niño es que está solo frente al mundo y eso es lo traumático: sentirse solo. Otros traumatismos acumulativos son el maltrato psicológico, el abandono afectivo del niño, el no tener en cuenta sus necesidades. En cuanto al abordaje, desde el punto de vista de la prevención, es necesario que haya un adulto que con la palabra y la contención sea capaz de preparar al niño frente a situaciones difíciles de la realidad, por ejemplo una pérdida, la separación de los padres, una enfermedad terminal de un ser querido o del mismo niño. Primero, el niño tiene que poder contar con sus padres o con los encargados de su crianza; si ya aparecieron manifestaciones como las mencionadas (síntomas o inhibiciones), hay que pedir ayuda al psicoterapeuta, sin esperar más.
Autoras
-Cristina Hernando (izquierda): licenciada y Profesora en Psicología, especialista en Psicología Clínica. Psicoanalista, miembro de la Asociación Psicoanalítica de Córdoba, profesora titular de Psicología de la Niñez de la carrera de Psicología de la UCC, miembro fundadora de Ecap (institución formadora para la clínica y asistencia psicológica).
-Mariela Zachetti: licenciada en Psicología, especialista en Psicología Clínica, profesora adjunta de Psicología de la Niñez de la carrera de Psicología de la UCC, docente en la Facultad de Psicología de la UNC, miembro docente de Ecap (institución formadora para la clínica y la asistencia psicológica).

