“Agradezco cada día por esta vida”
Entrevista a José “Cacho” Vidal Abulafia, jubilado. Esperó meses internado para ser trasplantado del corazón. Agradece por la posibilidad de estar vivo y la contención familiar, de sus amigos y del equipo de salud que lo acompañó.
A los 40 años sufrí un infarto de miocardio. Con cinco hijos, las obligaciones familiares y el contexto económico que se vivía, era complicado hacer reposo, así que a los 10 días ya estaba trabajando de nuevo.
Tenía la presión alta y empecé a tomar medicación. Comencé a bajar el consumo de sal y a cuidarme en las comidas. Hace 43 años que dejé de fumar, aunque antes de abandonar el cigarrillo, fumaba dos etiquetas por día. Después vino la hipertensión, llegué a tener casi 20 de máxima y 14 de mínima.
Una vez me desmayé, sentí que no podía pensar y me internaron una semana en terapia intensiva. Comencé a trabajar menos, a descansar más y a consumir menos sal y menos asado. Antes, comía asado tres o cuatro veces por semana, era un ritual, además de los que compartía los fines de semana con mis amigos. Mi trabajo era exigente y me sentía estresado. La única actividad física que hacía era esquiar, dedicarme a la jardinería y mi otro hobbie: el automovilismo.
Cuando uno es joven se cree invencible, inmortal, yo veía casos de personas que sufrieron un accidente cerebrovascular (ACV) o infartos, pero lo sentía como algo lejano. También me tocó a mí.
Siempre me gustó la naturaleza y, como me gusta criar patos, construí un pequeño dique en el predio de mi casa en Huerta Grande. Estaba tan entusiasmado que levantaba piedras para construir este espacio para que los patos pudieran nadar. Mantuve esa actividad hasta 1999, me encantaba verlos mientras me ocupaba de las plantas. En ese momento tenía un negocio de telefonía, así que era mi terapia.
En 2008 tuve un episodio cerebrocardiovascular, recuerdo que me sentía mareado, pasó un amigo a invitarme a tomar un café e inmediatamente llamó a la clínica donde trabaja una de mis hijas, que es cardióloga, Abigail Abulafia, y me internó. Me estaba dando ACV y lo detectaron a tiempo. Gracias a Dios, a los 10 días recuperé la movilidad fina, me costaba un poco hablar. En octubre de 2012, tenía 65 años, así que decidí dejar de trabajar, fue una decisión saludable y empezamos a viajar con mi esposa, Elva.
Poco tiempo después de un viaje a Europa tuve que dirimir una cuestión económica que me afectó emocionalmente. Llegamos a casa, me bañé y me desmayé. Fue en noviembre de 2013. Me costaba respirar, cuando buscaba el auto a dos cuadras, sentía que el pecho se me salía, me faltaba el aire y me costaba respirar. Me hicieron otros estudios y ahí me detectaron una hipertrofia que llevó a insuficiencia cardiaca.
Recién me diagnosticaron la miocarditis en 2014, cuando viajé a Buenos Aires y consulté con un primo que es cardiólogo, el doctor Carlos Daniel. Él me recomendó a la doctora Clara Huerta, que es la Jefa de Trasplantes del Hospital Córdoba. Empecé a tratarme con ella, pero no sentía avances y un día le dije: “Si esto no da resultado, ¿qué me queda?”. “Una ablación”, me respondió. “Ni loco”, le contesté.
Cada tanto tenía que internarme para sacarme líquido de los pulmones. Intervino la doctora Daniela García Brasca, jefa de Unidad Coronaria, Insuficiencia Cardíaca y Trasplante del Hospital Italiano. Tenía dificultad para respirar, no tenía fuerza en las piernas, así que me colocaron una bomba extracorpórea para darle fuerza a mi corazón.
A fines de 2014 me pusieron un cardiodesfibrilador. Pasaron cuatro meses y el rabino Marcelo Polakoff me ayudó a decidirme a hacer el trasplante de corazón. Me dijo: “Lo más sagrado en la vida es la vida y, si alguien puede darla después de la vida, tenés que aceptarla”.
En febrero de 2015 me incorporé a la lista de espera en Incucai. Me interné en el hospital Italiano el 29 de julio de 2015 en UTI y me hicieron el trasplante el 19 de octubre, un equipo integrado por el doctor Oscar Bauk, sus hijos y médicos del Hospital Italiano. Estoy agradecido a todos ellos, a las enfermeras, al personal de mantenimiento y al kinesiólogo Iván Rodríguez y su grupo.
Antes del trasplante la peor hora era cuando se iban las visitas y la hora de sueño. Mis amigos, familia y los compañeros del Liceo Militar General Paz Promoción XVII se ocuparon de crear un grupo de WhatsApp y me contaban chistes desde las 20 hasta las 24, se turnaban, así que me alentaban. En todo este proceso aprendí que tenemos la vida en préstamo, nadie tiene comprado nada en este mundo. Así que agradezco cada día por esta vida, a las personas que me sostienen, e infinitamente a la familia del ángel donante que me salvó.
Colaboró en esta notaRosana Guerra

