Un partido que empieza despuésde los 90 minutos
El Gobierno nacional ya dijo que espera que no se hable de otra cosa que de fútbol durante el Mundial. En Córdoba, los clubes están alcanzados por manejos y desmanejos políticos y empresariales.
El Gobierno nacional ha transparentado que ató su suerte para estos meses al desempeño de la selección de fútbol en el Mundial de Brasil.
“Durante este tiempo, en Argentina no se hablará de otra cosa”, dijo Jorge Capitanich la semana pasada, en el acto oficial en el que el Ejecutivo y el director técnico Alejandro Sabella, previa profesión de fe K, presentaron la lista de los preconvocados.
Capitanich pareció enunciar, más que un dato concreto, una expresión de deseo. Como pocas veces, el Gobierno necesita de un respiro, ante una agenda muy compleja por las señales poco alentadoras desde la economía e indicadores sociales preocupantes, que en forma escandalosa están siendo ocultados.
A ello se suma la ya lanzada pulseada por la sucesión, en la cual no hay en los puestos expectables ningún candidato que aparezca como la continuidad del kirchnerismo.
El jefe de Gabinete fue claro en la necesidad que tiene el oficialismo de que “no se hable de otra cosa”.
Pero el Mundial dura un mes, al menos para los equipos que lleguen a las semifinales.
Después, y en la hipótesis de estar entre los mejores cuatro, la escena será la que describe Joan Manuel Serrat en las últimas estrofas de Fiesta. "Por una noche se olvidó que cada uno es cada cual".
Pero está el riesgo de no llegar hasta aquel fin de semana del 12 y 13 de julio próximo.
En tal caso, una eliminación prematura aportaría una cuota de malhumor social importante a aquella agenda compleja.
La historia argentina reciente, y la no tan reciente, han mostrado un alto nivel de influencias mutuas entre el fútbol y la política.
El poder político ha pretendido siempre una utilización del fútbol, en algunos casos extremas, en otros, más sutil. Y si hay algo que caracteriza al kirchnerismo es su escaso apego por las sutilezas.
Escándalos cordobeses
Córdoba también ha mostrado un cruce de injerencias políticas y empresarias en el manejo del fútbol. Y se han generado efectos contundentes, que incluyen la quiebra de sus dos principales instituciones y el tránsito por el borde del abismo para el resto.
Talleres sigue sin poder normalizarse como club, además de cosechar fracasos deportivos, pese a los aportes de encumbrados integrantes del establishment cordobés.
El casi consumado regreso al Argentino A reabrió el debate sobre quiénes y cómo deben manejar el club. Han reaparecido algunos nombres vinculados tanto con el Gobierno provincial como con el de la ciudad de Córdoba, al igual que personalidades del mundo empresarial, aunque nadie quiere –por el momento– anotarse formalmente, ya que las elecciones normalizadoras siguen sin fecha.
Instituto está siendo noticia no sólo por sus posibilidades de volver a Primera sino porque parte de su anterior conducción, con el presidente a la cabeza, están imputados en el caso CBI-Bacar, uno de los mayores escándalos financieros que Córdoba recuerde.
Los Barrera, que manejaron el club de Alta Córdoba hasta hace siete meses, tienen relaciones muy fluidas tanto con el Gobierno provincial como con el nacional. En su momento, intentaron formar un grupo político-empresario de apoyo al kirchnerismo, sin descuidar su relación con delasotismo.
Belgrano, con algo más de estabilidad, ha hecho una movida política fuerte en las últimas semanas: sumó como auspiciante al grupo Bapro, la banca estatal de la provincia de Buenos Aires, manejada por el candidato presidencial Daniel Scioli.
Hasta ahora, los celestes tenían al Banco de Córdoba como uno de sus auspiciantes, al igual que otros clubes cordobeses.
La relación entre Scioli y José Manuel de la Sota se ha enfriado desde que el cordobés se mostró más dispuesto a jugar con Sergio Massa en la disputa por la sucesión de Cristina Fernández.
Esa carrera, que ya se largó, tomará otro ritmo el día que la selección vuelva de Brasil, en el puesto que sea.

