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Todos los hombres de la esquina rosada

El planteo de fondo, en el que Cristina representa la voluntad única de cambios sociales y quienes disienten con ella una restauración conservadora que pretende llevar al país de vuelta a las catacumbas, no es nuevo.

14 de octubre de 2013 a las 12:14 p. m.
Todos los hombres de la esquina rosada
(Ilustración Gustavo Dagnino).

Cuando ya se retiraba del escenario, le advirtieron que había venido a inaugurar un puente. Volvió sobre sus pasos e intentó improvisar un añadido a su discurso para mencionar la centralidad del hecho. Ya era tarde. No sólo porque la liturgia habitual de los festejos había tomado vuelo propio: antes también había dicho que un cordobés es casi como un argentino.Y en su intención de congraciarse con el poder en reposo en la Fundación Favaloro levantó su voz aguda para decir, además, que la Presidenta ama más al país que a su propia vida. Como para que todo el mundo se quede tranquilo.Es necesario reconocer que al presidente interino Amado Boudou no le quitaron el protagonismo en la campaña electoral sin antes darle una oportunidad en la tribuna. La tuvo en Córdoba y chocó el triciclo.A su alrededor, un elenco de rostros tensos contaba los minutos para concluir la situación. Ocurrió en Villa María, a un puente de distancia de la ciudad donde nació el nuevo poder fáctico, Carlos Zannini.Desde entonces, Amado Boudou –que hace dos años fue el emergente más destacado de la generación K, el que más lejos llegó, y al que todo le dieron en obsequio en el estrecho elenco dirigencial de la década ganada– fue desterrado del territorio de campaña como un equívoco errante, sin patria ni bandera.Con todo, su reciente paso por Córdoba no ha sido el más indigno. Antes recorrió Noetinger con casco de vikingo motoquero y cantó en Leones junto a un grupo de amigos subsidiados con fondos públicos. Eran los simples tiempos de la empatía. Hoy gobierna, según la escribanía, al conjunto de la Nación Argentina. Noche en Olivos Desde la noche en que su nombre fue proclamado, un sábado en la residencia de Olivos, por consejo de un viento frío que se coló a espaldas de la Presidenta, Amado Boudou ha sido y es el ejemplo de cómo dispuso procesar el kirchnerismo su desafío, todavía presente, para el año 2015. Un nutrido grupo que congregaba a la dirigencia más relevante del oficialismo nacional esperaba entonces, sumido en la incertidumbre, que se develara el nombre del preferido de la corona. Ni el propio Boudou tenía una señal de esa decisión críptica.Cuando pronunciaron su nombre, en una ceremonia más parecida a una entrega de premios que a la deliberación colectiva de un partido político, una sola cosa quedó en claro: si ganaba, Cristina arriesgaría por su segunda reelección. Que para eso sirve sumar ceros en la línea sucesoria de su mandato.Un hecho no calculado, un problema en la salud presidencial, ha puesto a Boudou en el rol para el que lo eligieron entonces y lo votó luego una robusta mayoría del país. Intelectuales y guapos Se entiende, por lo tanto, la preocupación que angustia hoy a la Casa Rosada, expresada en el último manifiesto que cocinó sobre el filo del cierre de campaña la intelectualidad kirchnerista Quien tenga interés por novedades no las va a encontrar en la más reciente Carta Abierta. El planteo de fondo sobre la política argentina, en el que Cristina representa la voluntad única de cambios sociales y quienes disienten con ella una restauración conservadora que pretende llevar al país de vuelta a las catacumbas, no es nuevo. En marzo de 2009, poco antes de las elecciones legislativas, el razonamiento fue el mismo.La única noticia de la Carta 14 es el miedo del penado. Esta vez, el recurso a la argumentación ha dado paso a la reiteración emotiva, al subrayado del dramatismo de la hora.Una Argentina dramática y urgente. El énfasis en las esperanzas es apenas una mención entre los reproches a los traidores y sus felonías y el augurio de siniestros vendavales. Como diría el pronóstico del tiempo del humorista cordobés: chaparrones aislados y cataclismos varios.Observando al diputado Juan Cabandié, hombre de la esquina rosada, queda más claro a qué le está temiendo el elenco oficialista. Se trata de volver a circular por las calles como ciudadanos comunes. Sin el privilegio simbólico de ninguna epopeya. Sin alardes de guapeza ni influencias para la delación. Sin la extorsión moral que blandió como víctima de la dictadura. Dicho en otros términos: la catástrofe que previene laintelectualidad orgánica es quizás la propia. No necesariamente la del país. La última Carta Abierta es un operativo contagio.