Tamselíneas Giacominas
Junto a las pérdidas, Tamse acumuló una saga de episodios que serían graciosos si no deglutieran recursos públicos. Virginia Guevara.
En 2002, el ex intendente Germán Kammerath creó Transporte Automotor Municipal Sociedad del Estado (Tamse) y se jactó de ser el único neoliberal que estatizaba un servicio. En realidad, fue la única opción ante la deserción del capital privado y la posibilidad de que un tercio de los usuarios estuviera a pie por meses. La firma contaba con unos 75 colectivos maltrechos y alquilados, pero tuvo que incorporar a más de 800 choferes que se habían ido quedando sin empleador.
A fines de 2005, el ex intendente Luis Juez terminaba la incorporación de 250 colectivos 0 km a Tamse y se jactaba de la capitalización de la empresa, que entonces contaba con la flota más nueva del país. Tamse comenzó a sumar pasajeros, pero también se fue haciendo cargo de todos los corredores deficitarios y, en paralelo, siguió sumando choferes a sus filas. El déficit, en lugar de bajar, fue creciendo sin pausa y a toda prisa.
Daniel Giacomino -que cuando era viceintendente de Luis Juez tuvo bajo su mando a Tamse- se jactó, ya como intendente, de la creación de los diferenciales. Pero la euforia duró poco, porque los colectivos marcharon vacíos hasta que el municipio aceptó bajar la tarifa a un nivel que también tornó deficitario a ese servicio premium, que nunca dejó de requerir fondos municipales.
El déficit siguió creciendo y en los primeros cinco meses de este año marcó su más costoso récord: la Municipalidad ya tuvo que transferirle a la empresa unos 30 millones de pesos, cuando el objetivo era limitar a 36 millones los envíos de todo 2010, luego de que en 2009 la cifra superara los 52 millones. La comparación de Tamse con lo que Aerolíneas Argentinas -que pierde 2,3 millones de dólares por día- representa a nivel nacional es inevitable. Ambas volvieron al Estado para reafirmar todos los prejuicios sociales respecto a las empresas públicas.
Junto a las pérdidas, Tamse acumuló una saga de episodios que serían graciosos si no deglutieran recursos públicos. Desde empleados que en lugar de reparar colectivos destinaban sus horas a cazar fantasmas en el taller, a un directivo que salió de shopping y cargó un elegante traje a la cuenta de la empresa, pasando por la incorporación de decenas de militantes, amigos, vecinos y parientes de funcionarios, que llevaron el número actual de empleados a casi 1.500.
El índice de choferes por unidad aún es superior al de las prestatarias privadas, el ausentismo del personal casi triplica al de las otras empresas y la mitad de los 250 colectivos de 2005 ya carga con un nivel de deterioro tan descomunal por la falta de mantenimiento y el descuido, que el municipio busca financiamiento para reemplazarlos, cuando en cualquier empresa razonable les quedarían al menos cinco años de vida útil.
El rumbo errático se acentuó con la gestión Giacomino. Si para el municipio era difícil controlar el poder informal que la UTA exhibe dentro de la empresa, el intendente amplió, además, el poder formal y este año cedió al gremio la mitad del directorio. El descontrol administrativo alcanzó tal magnitud que, al fin, se ordenó una auditoría.

