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Protejo, por lo tanto obligo

Consideran que el país ya aprendió que no existe un vínculo necesario entre lo bueno y el poder.

20 de abril de 2015 a las 12:01 a. m.
Protejo, por lo tanto obligo

Desde que el país asumió con resignación que no conocerá la verdad sobre la muerte del fiscal Alberto Nisman, al menos en lo inmediato, la campaña presidencial se aceleró con la disputa por el liderazgo que vendrá después del 10 de diciembre.

Cada escalón del cronograma electoral es percibido desde esa perspectiva. No se discuten los temas que escaldan, sino el nombre de aquel que supuestamente los enfrentará.

Tampoco parecen estar en evaluación las propuestas que dispensan a cuentagotas los candidatos, sino el simple perfil de su carácter. Esta inversión del razonamiento lógico para la construcción de una representación democrática eficiente no debería extrañar. Durante décadas se ha convertido a los líderes argentinos en becerros de adoración o chivos expiatorios para la indulgencia social.El volumen de los problemas de acción colectiva irresueltos en el país es inconmensurable y sale a la luz cada vez que se atiende a las preocupaciones sectoriales de todo tipo y color. Pero la campaña sólo apunta a definir quién será la persona geminata . Aquella que resulte ungida por una gracia inescrutable y mítica para desovillar el nudo gordiano. Huelga aclarar que el voto no opera por sí solo esos milagros. Macri Desde la convención radical de Gualeguay-chú, Mauricio Macri fue puesto en la mira menos por sus propuestas que por sus condiciones de liderazgo. Los resultados de Salta cuestionaron su política de alianzas, así como los de Mendoza la reivindicaron ayer. En cambio, otros tres distritos de los más populosos lo han puesto a prueba en sus atributos de conducción política. En Santa Fe se impuso el controvertido proyecto Del Sel, que es el más claro emergente de las dificultades que enfrenta Macri en su objetivo de expandirse territorialmente sin hacer concesiones gravosas a los códigos de construcción de liderazgos populistas a los que –según dice– viene a suplantar.Córdoba lo tironeó en el mismo sentido. La triple alianza se conformó sólo después de una peregrinación, a la antigua usanza en Puerta de Hierro.En su propio territorio, Macri enfrenta el mismo desafío, pero al revés. Al participar abiertamente en la interna de su partido en la Ciudad de Buenos Aires, busca mostrar al electorado porteño que su modelo de liderazgo es más abierto y transparente que el de un gran elector que teje y desteje, según su conveniencia, en la trastienda del escenario.Ya pagó en las encuestas el precio de no resolver unanimidades, y el riesgo es mayor si su candidato pierde el próximo domingo.En consecuencia, el jefe del PRO tiene un doble problema: debe convencer a la sociedad de su capacidad para ejercer un liderazgo fuerte, capaz de enfrentar el poskirchnerismo y al mismo tiempo persuadir de que su estilo de conducción no será desmesurado y autoritario como el que se propone suceder. Scioli El gobernador de Buenos Aires pretende que el electorado lo vea en el mismo dilema. A la paciencia incombustible, la exhibe como una expertise propia y única frente a la intemperancia que sufrió de ambos esposos Kirchner. Y promete por lo bajo que en la primera hora del día después se transformará en un líder flamígero que alineará –presupuesto en mano y contando con la inveterada ubicuidad de su partido– a los que abandonarán el poder mascullando resistencias. Templanza en el presente, audacia en el futuro; es la promesa electoral de los sciolistas, su combinación ideal de liderazgo.Ojalá fuera tan fácil capitalizar de ese modo el beneficio de la duda. En realidad, Scioli tiene ante sí un desafío distinto. Cristina todavía ejerce la conducción de la coalición oficialista y pretende continuar haciéndolo condicionando todos y cada uno de los pasos del futuro gobierno. En la razón populista, no existe lugar para el poder bifronte.De modo que la prueba de liderazgo de Scioli es ahora. La audacia con la que retenga recursos institucionales para una gestión futura o la mansedumbre con que los entregue al control ajeno será su verdadero examen de conducción política. Lo establecido Como el espanto al llano une por igual a cristinistas y sciolistas, hay un punto donde pactan en torno a un rasgo común de liderazgo. El pensamiento populista, que aún parece mayoritario, tiende a mostrarse como reacción unánime ante una situación de crisis. Cristina no deja de recordar que su gestión vino a ordenar un caos. Porque su esposo y ella eran los líderes excluidos de la élite política dominante. La Presidenta lo dijo de nuevo hace unos días en un encuentro de radicales que se reivindican dignamente exdelarruistas, pero orgullosamente hiperinflacionarios. Scioli también se exhibe ajeno a otra élite, la actual, y trabaja sobre la advertencia de la crisis que sobrevendría si el kirchnerismo es enviado a cuarteles de invierno. Ambos creen en un modelo de liderazgo en el que la representación política se reduce al intercambio de protección por obediencia. Protego, ergo obligo . Consideran que el país ya aprendió que no existe un vínculo necesario entre lo bueno y el poder. En consecuencia, se ofrecen como única garantía ante el mal mayor: el desorden y la falta de poder.Para discernir si esta proposición es progresista, aplica una reflexión de Joseph de Maistre. El célebre conde contrarrevolucionario suele ser mencionado por la menos relevante de sus opiniones: la que atribuye a cada pueblo el gobierno que se merece.Pero también legó una sentencia menos conocida, en la que exhibe el nudo del pensamiento conservador: "Todo gobierno es bueno, desde que está establecido".Lo veneran en secreto los devotos universales del continuismo.