Presiones corporativas y calidad de vida
El problema cordobés con las corporaciones es, también, fruto de la incapacidad de las distintas administraciones municipales. Javier Cámara.
La prolongación del paro del transporte urbano en la ciudad de Córdoba por otras 24 horas (que se suman a las 48 que ya lleva la medida declarada por la UTA) es una muestra más de cómo pueden impactar en la calidad de vida de los ciudadanos las presiones de las corporaciones que opacan el poder político. Es una realidad que en la ciudad de Córdoba, por el modo con el que plantean sus reclamos, algunos gremios muy importantes se han granjeado el estatus de corporaciones. Esta madrugada, hubo una nueva oferta superadora y recién allí empezó a cambiar el clima, pero finalmente no hubo acuerdo.Días atrás se firmó en Buenos Aires, pero para todo el país, el convenio que estableció una escala salarial para los choferes de colectivos. Pero sólo en la ciudad de Córdoba ese convenio no sirvió para que los ciudadanos puedan utilizar este vital servicio público. Es cierto que este problema local es, también, fruto de la incapacidad de los gobiernos de distinto signo político que han administrado la Municipalidad en todos estos años. Parece que la única solución "política" que han dado los intendentes a cada presión gremial se ha limitado a aumentar el boleto. Entre 2009 –cuando costaba 1,50 peso– y febrero de 2012, cuando pasó a costar 3,20 pesos, el valor del boleto regular en Córdoba se ha incrementado en un 113,33 por ciento. Ese aumento no representó muchas variaciones en la calidad del servicio, excepto las incorporaciones de algunas unidades 0 kilómetro.La creación de Tamse y el impulso de la ordenanza que intentó crear una suerte de servicio paralelo suplente con vehículos particulares no dieron al poder político una herramienta para morigerar los pésimos efectos de los paros de transporte. Docentes que no pueden llegar a dar clases; alumnos que pierden horas; padres que deben gastar más; empleados que ceden presentismo, y empresarios que resignan producción. Son pérdidas personales que terminan siendo comunitarias y, luego de años, culturales. Es lo que sucede cuando la política sucumbe a la corporación.

