Otra derrota que presagia el fin de ciclo
Si la oposición en conjunto supera el tradicional sectarismo que privilegia intereses individuales, el Gobierno encontrará serias dificultades para decidir a su antojo, como lo hizo hasta ahora.
Si con los resultados de las primarias del 11 de agosto la presidenta Cristina Fernández rompió en llanto y sufrió un serio disgusto, bien podemos inferir que los médicos que asisten su reposo habrán estado anoche muy atentos a sus reacciones.
El disgusto y la rabieta deben de haber sido mayores, porque si repasamos todos los distritos del país, y aun conservando la primera minoría a nivel nacional, los números de ayer certifican una derrota del oficialismo más abultada y políticamente más importante que en las Paso.
El dato más significativo es que el Congreso Nacional dejará de ser la escribanía que convalida todos los deseos de la Casa Rosada. En 2011, cuando Cristina ganó su segunda presidencia con el 54 por ciento de los votos, en sólo 13 días, entre el 10 de diciembre que asumieron los nuevos legisladores y la Navidad, el parlamento le aprobó sin objeciones 14 leyes, varias de las cuales fueron altamente polémicas. Eso ya no volverá a ocurrir.
Es cierto que los bloques del Frente para la Victoria seguirán siendo mayoritarios, pero al Gobierno le costará mucho más negociar con eventuales aliados para tener sus votos en iniciativas más discutidas. Eso sin contar que acaba de largarse la carrera por la sucesión presidencial y es probable que haya legisladores hoy oficialistas que no quieran quedar a la intemperie y busquen cobijarse bajo nuevos liderazgos.
La llegada de representantes de la izquierda, que no estaba en el Congreso, abrirá el arco ideológico del debate y eso aumenta de manera saludable la pluralidad de voces. Si la oposición en conjunto, que representa más del 70 por ciento de la voluntad expresada ayer en las urnas, supera el tradicional sectarismo que privilegia intereses individuales, el Gobierno encontrará serias dificultades para decidir a su antojo, como lo ha hecho hasta ahora.
Lo que viene
Pero hay otra historia por venir que excede al Congreso Nacional. Es la de la dinámica política de la transición, que ya está en marcha y que tiene como objetivo la construcción de poder en todos los ámbitos para suceder a Cristina Fernández. Con la re-reelección presidencial sepultada, los resultados de ayer demuestran que el kirchnerismo, tal como se lo conoció hasta ahora, no tendrá ninguna chance de prolongar su hegemonía en 2015.
Si algo faltaba para consolidar esa idea, se completó anoche con la patética puesta en escena que hizo el Gobierno, con el vicepresidente Amado Boudou a la cabeza. Otra vez el relato por un lado y la realidad por el otro. Celebrando una paliza memorable como si no la hubiese recibido, el oficialismo intentó llenar el vacío que deja la Presidenta con su ausencia. Nada está definido en ese espacio, pero la cara de pesadumbre de Daniel Scioli dijo mucho más que cualquier discurso.
El gobernador bonaerense tendrá un trabajo difícil en estos dos años: construir expectativas presidenciales y, a la vez, seguir enfrentando la indiferencia de quienes ayer lo rodeaban. Debe hacerlo, además, cuando no son pocos los anotados en esa carrera. No habían comenzado a difundirse los resultados oficiales, cuando Mauricio Macri lanzó formalmente su candidatura a la Presidencia. Es cierto que largar primero tiene algunas ventajas, pero en política siempre se corre el riesgo de quedar en offside.
Precisamente de eso se cuidó Sergio Massa, quizá el ganador más significativo de la jornada. Extendió a más del doble su ventaja sobre el candidato del kirchnerismo y superó el 43 por ciento de los votos en el principal distrito electoral. Una base más que suficiente para pensar en grande y abrigar sueños presidenciales.
Comienza ahora otra etapa, en otro escenario, bajo el interrogante de cuándo y cómo regresará la Presidenta.

