No quiere reflejarse en el espejo de Scioli
Los delasotistas admiten que el gobernador de Córdoba no está en el centro de la disputa política, porque los K hoy no lo ven como un enemigo para sus aspiraciones de continuidad. Julián Cañas.
José Manuel de la Sota tiene la misma ambición presidencial que Daniel Scioli. También los mismos reproches –en la intimidad– que el bonaerense hacia el modo de ejercer el poder del que hace gala el kirchnerismo. Además, los une el reclamo de fondos al poder central y el encono que sus aspiraciones políticas despiertan en la Casa Rosada.De la Sota administra también una provincia con dificultades financieras y dependiente de la caja nacional. Pero, al menos por ahora, tiene un tubo más de oxígeno que Scioli para resistir el corte de suministro financiero del Gobierno nacional.El gobernador de Córdoba cuenta las monedas para poder pagar los salarios, sin tener que peregrinar a golpear las puertas de la Casa Rosada. La posibilidad de colocar títulos de deuda por 200 millones de dólares es un respirador artificial –y costoso– que le dará aire para llegar hasta fin de año, sin asistencia nacional.De todos modos, desde el Centro Cívico provincial siguen con mucha atención la pulseada entre la presidenta Cristina Fernández y Scioli. Se trata de una pelea por el poder, a la cual De la Sota se quiere asomar, pero sabe de los peligros que esto encierra. No quiere verse reflejado en el mismo espejo que el bonaerense: severo ajuste y con los empleados públicos protestando en las calles.Ese es un escenario que nublaría las aspiraciones de proyección nacional de De la Sota. De allí que el gobernador sigue pagando de rentas generales los 133 millones de pesos mensuales del déficit de la Caja de Jubilaciones y resistirá una eventual modificación a la ley previsional provincial, como le exigen desde la Nación.Tocar la ley jubilatoria impulsaría a las calles a los gremios más combativos, como Luz y Fuerza y el Suoem. Una compleja situación de la que puede dar testimonio Juan Schiaretti, quien padeció las protestas callejeras en el invierno de 2008, cuando hizo algunos retoques al sistema jubilatorio: por algunos días, el centro de la capital provincial se pareció mucho al de una ciudad en guerra.Sus principales operadores admiten que no está en el centro de la tormenta, porque el kirchnerismo cree que hoy De la Sota no encierra un peligro a su aspiración de continuidad en la convulsionada interna del PJ nacional.Scioli –y también Hugo Moyano– son los enemigos a vencer, en el rudo estilo K de defender el poder sin medir consecuencias.De la Sota es consciente de que está en desventaja en la carrera por la sucesión de Cristina, pero tiene una cuota de optimismo, sin mucho anclaje con la realidad: está convencido de que Scioli no saldrá indemne de las embestidas del cristinismo. Hoy es prematuro asegurar si Scioli saldrá herido de esta disputa. Tampoco nadie le garantiza a De la Sota que él vaya a ser el receptor de las voluntades del peronismo no kirchnerista, si el bonaerense cae en desgracia.Nadie tiene el futuro garantizado en el revuelto escenario político. Tampoco los cordobeses, que ven cómo su gobernador parece más preocupado por sus ambiciones políticas personales que por la administración provincial.

