Neoliberales somos todos
¿Qué no se hubiera dicho si otros hubiesen propuesto reducir Aerolíneas a una empresa regional? Adrián Simioni.
"Si la economía pudiera regirse por leyes sancionadas por el Parlamento, no tendríamos necesidad de tener una UIA ni una CGT. Hay empresas que han acordado con sus trabajadores distribuir las utilidades. Es una cosa que tienen que decidir entre empresarios y trabajadores, no la puede imponer el Estado por la fuerza a través del Parlamento". Lo dijo anteayer Cristina Fernández. Y debe haber caído como un balde de agua fría sobre muchos de sus seguidores. Pongámonos en los zapatos de algunos miembros de Carta Abierta que desde hace más de 40 años se emocionan con grafitis del Mayo Francés tipo "Seamos realistas, pidamos lo imposible". Hasta ahora, esa corriente ideológica venía escuchado a la Presidenta decir que ella y su marido habían llegado a la Rosada para establecer de una vez y para siempre la primacía de la política sobre la economía.Pero resulta que, ahora, la Presidenta expone el tipo de "realismo" que los epistemólogos del progresismo autóctono suelen desechar sin más trámite como uno de los tantos derivados de la "falsa conciencia" concebida por Carlos Marx. Es el tipo de "realismo" que están acostumbrados a criticar en los Mauricio Macri o Ricardo López Murphy de este mundo, a los que, desde ese punto de vista, no pueden catalogar sino como ingenuos o como cínicos justificadores de la apropiación capitalista de la plusvalía. ¿Le pondrán alguno de esos rótulos a la Presidenta? Ladra y mueve la cola como un ajuste. Desde que ganó las elecciones por aclamación, las decisiones y señales que salen del Poder Ejecutivo van en una dirección: ajuste. La reducción de subsidios, el anunciado achique de Aerolíneas Argentinas, el archivo del reparto de ganancias empresarias. Sólo falta un empujoncito para que Cristina avance sobre lo que ya esbozó ante la UIA y diga que los aumentos salariales –divorciados de una mayor productividad– generan inflación.El Gobierno y sus justificadores se defienden panza arriba. La reducción de subsidios se publicita como una reconducción del dinero público para focalizar la ayuda estatal a los sectores más humildes. Eso es cierto –al menos en principio– pero hay dos problemas: En términos macroeconómicos, es un ajuste. Más allá del sector social al que afecte, significa reducir el gasto estatal, con un efecto que, según el propio manual de la economía progre, debería ser contractivo de la demanda agregada. Hasta antes de las elecciones, Amado Boudou decía muy orondo que una de sus virtudes era la de hacer "políticas contracíclicas" (aumentar el gasto público cuando la economía se enfría y ahorrar en épocas de vacas gordas). Claro que era una mentira. Desde 2003 el gasto nunca dejó de aumentar a tasas mayores a cualquier otra cosa, aún cuando la actividad estaba al rojo vivo. Ahora queda expuesto: cuando la actividad muestra debilidad, el Estado está en vías de reencontrarse con su antiguo déficit. Y el Gobierno está forzado a ahorrar entre las vacas flacas. Por otra parte, la idea de racionalizar recursos para enfocarlos a los sectores más humildes también fue blandida por gobiernos que muchos cristinistas de hoy no dudaron en calificar como ajustes y tarifazos de políticas denostadas como "neoliberales". Un ejemplo: en la década de 1990 el menemismo impuso un fuerte –y muy criticado– aumento de tarifas telefónicas en el Gran Buenos Aires para financiar la expansión del servicio al interior del país. Se venía de décadas de tarifas congeladas, durante las cuales quienes ya tenían teléfono hablaban casi gratis, mientras en miles de pueblos del interior ya nadie soñaba siquiera con llegar a tenerlo alguna vez. Es lo que pasa hoy con el gas natural. Lo que es bueno hoy debió haberlo sido también hace 20 años. Respecto de Aerolíneas, basta imaginar hasta qué cielos hubieran llegado los gritos si durante los gobiernos de Raúl Alfonsín, Carlos Menem o de Fernando de la Rúa cualquier gestión, estatal o privada, hubiera propuesto la reducción de la "aerolínea de bandera", símbolo volador de la soberanía nacional, a una modesta empresa de vuelos regionales.Es añeja y muy conocida la humorada atribuida a Juan Perón, cuando, en Madrid, le explicaba a un periodista:–En Argentina hay un 25 por ciento de radicales, un 20 por ciento de conservadores, un 15 por ciento de socialistas, un 10 por ciento de comunistas…Intrigado, el periodista le preguntó:–¿Y los peronistas?–Ah, no, peronistas somos todos –dijo."Ah, no, neoliberales somos todos", podríamos decir hoy. Especialmente cuando se terminó la plata fácil y no queda otra que empezar con la sintonía fina. Y, sobre todo, cuando ya se ganaron las elecciones, podríamos agregar. Sin ofender a nadie, claro.

