Lo que dejaron cuatro años erráticos
La gestión Giacomino. Por María Virginia Guevara.
Los méritos políticos de Daniel Giacomino se manifestaron principalmente a la hora de elegir con quién aliarse. En 2007, logró la intendencia de la segunda ciudad del país como referente del juecismo, aunque tras asumir se transformó en enemigo acérrimo de su antecesor y actual senador, Luis Juez.
Este año, logró su salvación política de la mano del kirchnerismo: si a esta altura no ocupa la banca que obtuvo como diputado de la Nación, estará debutando en algún puesto de la estructura estatal. Lo que ocurrió en el medio no fue bueno para la ciudad de Córdoba, que acaba de redondear 12 años de anhelos incumplidos.
Al cabo de los cuatro años de la gestión Giacomino, la Capital termina más descuidada, con sus problemas de infraestructura irresueltos, con menos posibilidades de acción concreta en beneficio de los vecinos, con sus recursos económicos más comprometidos y su poder político real diezmado por el crecimiento de corporaciones gremiales cada vez más poderosas: el sindicato de los municipales (Suoem)
y los gremios que controlan cada una de las acciones de las empresas municipales Tamse y C rese, y por ende buena parte de las políticas de transporte público e higiene urbana. Se trata de la UTA y del Surrbac, delegación local de los Camioneros.
La gestión que acaba de terminar tuvo como rasgo principal su carácter errático. Los conflictos internos y las constantes renuncias de funcionarios –hubo más de 600 asunciones en los cuatro años– fueron paralelos a los cambios de senda política de Giacomino.
Primero fueron casi todos juecistas; después vinieron kirchneristas periféricos, y rotaron por cargos técnicos ignotos allegados a tal o cual dirigente, casi siempre también ignoto. Ninguno de los secretarios del gabinete inicial terminó en su puesto.
De la propuesta de 2007 –que se basaba en la continuidad– no quedó nada a poco de iniciarse la gestión. La creación de la empresa Crese y el incipiente desarrollo de un sistema de reciclado de la basura tal vez sea el único frente en que Giacomino fue consecuente. A un cuando el tratamiento final de los residuos siga siendo un tema a resolver.
La empresa municipal Tamse sumó servicios de transporte y siguió acumulando los recorridos menos rentables. E sas dos sociedades del E stado consumen hoy el 25 por ciento de los recursos municipales. Y los sueldos de los empleados se llevan otro 65 por ciento. Con el 10 por ciento que queda, la Municipalidad de Córdoba debe dar respuestas a todas las otras demandas de los vecinos.
Condicionado en la faz política y mucho más en la económica, Giacomino se aferró a su autoproclamado rol de “soldado” de Cristina Fernández. Los réditos fueron para él, más que para la ciudad. Los presupuestos incluyeron
cada año obras por unos 300 millones de pesos, de los que apenas llegó el cinco por ciento de los recursos prometidos. A sí y todo, vinieron desde la Nación las principales obras que se concretaron. O tras llegaron desde la Provincia. En 2009, Giacomino generó el mayor conflicto gremial de los últimos años –45 días de inactividad municipal y violencia– al recortar horas extras, bonificaciones y prolongaciones de jornada. Pero esos tres rubros de los adicionales salariales alcanzan cifras récord en la actualidad. Igualmente contradictoria fue la iniciativa de tope salarial: pidió su aprobación para después violarla en forma sistemática.
Lo mismo ocurrió con su decisión de autolimitarse en la contratación de personal: la convicción de no sumar nuevos agentes le duró poco y después inventó la figura de los monotributistas, que protagonizarían el último conflicto de su gestión y el primero de la de su sucesor. Ramón Mestre asumió hace ocho días el mando de una ciudad abatida, donde demasiadas cosas deben ser reconstruidas. La larga década de desgracias que padecieron los cordobeses tal vez constituya su principal oportunidad política. Todo lo demás se llama gestión y está por verse.

