Las primarias, entre el censo y el delito
Con inocultable fruición la propaganda estatal publicó ayer los datos de un presunto robo en la casa del intendente Sergio Massa, principal contendiente de la presidenta de la Nación.
El procedimiento de elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso) fue sancionado por el Congreso Nacional con la intención explícita de recuperar para la política argentina un sistema de partidos. Nació de un lugar común: ese sistema había detonado con la crisis de fin de siglo. Vendría a reparar, se dijo, los daños en los cimientos de los partidos.
En verdad, el diseño de las Paso surgió de una preocupación del expresidente Néstor Kirchner en la noche de su derrota, en 2009. Era la elección de medio término de Cristina. Lo que seguía era la disputa por la sucesión presidencial. Dos modelos de armado político obraban como antecedentes.
El primero, la elección de 2003, en la que Kirchner resultó presidente. Como el sistema político estaba detonado, un congreso del Partido Justicialista resolvió –e impuso al régimen electoral general– una invención que se atribuye al mendocino Juan Carlos Mazzón: un mismo sello partidario con tres candidatos a presidente. La interna del peronismo se resolvió de ese modo en el juego de primera y segunda vuelta de la elección general. El radicalismo, en tanto, se fracturó por derecha e izquierda y no se recuperó de esa fisura hasta hoy.
El segundo antecedente fue la elección de Cristina Fernández en 2007. Como el sistema de partidos estaba detonado, la Casa Rosada propuso la transversalidad de la política argentina. La primera deslealtad de Julio Cobos tuvo ese nombre. Kirchner consiguió para su esposa la presidencia, sin discusión en la interna del Partido Justicialista y sin más costo que la deserción de un ministro, Roberto Lavagna. Elisa Carrió quedó segunda, a 22 puntos de distancia. Nadie pareció sorprendido por la profundidad del desequilibrio entre el poder y el llano.
Tras el conflicto del campo, la derrota de 2009 ponía en riesgo la continuidad del proyecto político. Kirchner necesitaba un sistema de definición interna en el peronismo que clausurara los debates por la sucesión. Que aquellos que comenzaban a disputarle el liderazgo tuvieran de allí en más una cláusula cerrojo: después de las primarias, ya no podrían armar alianzas ni postularse por fuera de la estructura partidaria. Y como el sistema estaba detonado, la oposición coincidió con el proyecto. Imaginó que los límites a la duración de las campañas y la distribución de pautas equitativas en los medios masivos atenuarían su debilidad frente al poder de los oficialismos. La articulación con la llamada ley de medios formó parte, entonces, de la misma ensoñación. Nadie en aquella mayoría del Congreso parecía presumir en esas horas que el poder administrador se alzaría con un manejo sectario y excluyente de los medios públicos.
La muerte de Kirchner trastornó el escenario. La experiencia de las Paso debutó con lista única para Cristina. Ella posó el dedo para elegir a su vice y las boletas de su partido en todo el país. La oposición nunca quedó más lejos del poder como en 2011. Pese a esa evidencia, nadie creyó que el mecanismo de las primarias tuviese incidencia en el problema.
Surgió entonces un argumento curioso: las Paso son una gran encuesta previa a la elección general. En realidad, un censo obligatorio de opiniones políticas, a escasa distancia de la elección general, que jamás fue expuesto entre las intenciones del legislador; una campaña más larga para la propaganda, tanda para opositores y todo el resto para el Gobierno.
Aun así, el principal partido del nuevo sistema seguirá sin someter sus candidatos a primarias. En el distrito más numeroso del país, se fracturó. Sergio Massa y Martín Insaurralde son candidatos de sellos partidarios diferentes.
Se han visto así obscenidades ilegales en la campaña que concluye. Pero el afiche de Insaurralde con el Papa pareció una travesura de monaguillos al lado de la temeraria actuación del periodismo oficialista, desde hace un tiempo vinculado sin tapujos con los servicios de inteligencia del Ejército. Con inocultable fruición, la propaganda estatal publicó ayer los datos de un presunto robo en la casa del intendente Sergio Massa, principal contendiente de la presidenta de la Nación. El aparato oficial no reclamó para la víctima la seguridad necesaria en el marco de una campaña electoral. No se extrañó de que un episodio así le ocurra a quien le disputa al oficialismo los votos de una ciudadanía estragada por la inseguridad. Créase o no, acusó a Massa de no difundir en su mensaje de campaña la denuncia judicial que la esposa del intendente formuló en la barandilla pública de tribunales y la vinculó con la actividad del narcotráfico.
Con esas armas está jugando su interna el oficialismo de la década ganada. Esas son sus auténticas primarias.

