Las malas artes de todos los días
El Congreso, que había recuperado protagonismo institucional, termina 2010 de mala manera. Fernando Micca.
El Congreso de la Nación dio la semana pasada la última muestra del cuestionable funcionamiento de las instituciones en el país. El Parlamento fue el espejo, pero la evidencia va más allá de las bancas y alcanza a los protagonistas de la política en todos sus niveles. El Ejecutivo definió el presupuesto del año próximo con ingresos subestimados, para disponer, como otras veces, de un gran excedente a discreción en un año electoral. No sólo eso. Prominentes funcionarios cuestionaron el derecho de la oposición a revisar el proyecto de presupuesto, como si su elaboración fuera potestad exclusiva de la Casa Rosada; y como si la introducción de cambios equivaliera a atar las manos al Gobierno.La oposición no se quedó atrás en el arte de confundir. Legisladores de varias fuerzas denunciaron el intento de coimas por parte del oficialismo para aprobar el presupuesto. Las acusaciones –sin precisiones, sin nombres y con medias palabras– duraron pocos días. Incluso, varios opositores acompañaron en la comisión de Asuntos Constitucionales la decisión de archivar las denuncias.El Congreso, que había recuperado protagonismo a partir de la discusión por las retenciones agropecuarias un año y medio atrás, termina 2010 de mala manera.El oficialismo salió mejor parado de la pelea: salvo que haya cambios de último momento, logró su objetivo de que no se modifique el Presupuesto 2011 porque, al no haber sido éste aprobado, repetirá el de este año, incluidos los fondos de manejo discrecional y la continuidad de los superpoderes para reasignar partidas; además, el Congreso prácticamente cerró el año y, como no habría sesiones extraordinarias, no trabajaría hasta marzo; como colofón, el oficialismo hasta se victimiza ante la sociedad frente a la intransigencia adversaria.La oposición volvió a enredarse en sus propias diferencias. Terminó derrotada por el juego oficialista que impidió cambiar el presupuesto; gastó energías en denuncias de corrupción que no dieron resultados y ahondó las diferencias ya casi insalvables entre la UCR y la Coalición Cívica, las dos fuerzas más grandes del arco no peronista.Más allá de los éxitos y tropezones circunstanciales, la degradación política sigue enseñoreándose. El cruce entre los diputados Graciela Camaño y Carlos Kunkel, que terminó con una agresión de la legisladora opositora, es sólo un botón de muestra.

