La ñata contra el vidrio
Ayer se renovó esa condena. A la ciudad a la que ya una vez le pagamos el Colón, le financiamos una obra que costó el triple que el Guggenheim de Bilbao, como bancaremos por décadas su burocracia y los eventos asombrosos a los que nunca asistiremos.
"Buenos Aires es la capital de un imperio que nunca existió". La frase se atribuye a André Malraux. La dijo cuando visitó el país en 1964. Las residencias señoriales, los palacios públicos, los paseos y avenidas construidos en las primeras décadas del siglo pasado lo más cerca posible del Atlántico deben haber sorprendido a un extranjero, aun si provenía de la muy unitaria Francia. Sobre todo por el brutal contraste con el vasto territorio semidesierto que había financiado la acomplejada belle époque criolla y debía subsistir con el mendrugo que sobraba.Para la conciencia del argentino medio construida desde la hegemonía portuaria, en cambio, la exacción perpetua resulta invisible. No es política. Es tan natural como los ventarrones guadalosos que serruchan los caminos sin pavimento de la pampa seca; como que la sede de YPF siga estando a dos cuadras del río y no en Neuquén.Después de 51 años de Malraux , los raquíticos argentinos del interior financian más que nunca el agua potable, las cloacas, todas las modalidades de transporte, la luz y el gas de un Gran Buenos Aires con obesidad mórbida. Buenos Aires es el único lugar del país donde el Estado nacional brinda servicios directos ambientales, de salud, seguridad y justicia ordinaria. Con el presupuesto de todos.Ayer se renovó esa condena. A la ciudad a la que ya una vez le pagamos el Colón, le financiamos una obra que costó el triple que el Guggenheim de Bilbao, como bancaremos por décadas su burocracia y los eventos asombrosos a los que nunca asistiremos.

