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La misión

Cuando encabezó la oposición a ese atajo se hizo cargo de una misión que, si no era promovida desde su sólida autoridad social, hubiese fracasado.

09 de julio de 2013 a las 03:16 p. m.
La misión

Es necesario imaginar lo que implica la reelección indefinida en provincias donde el Estado tiene un poder omnímodo para comprender lo que hizo por su pueblo el pastor Joaquín Piña. Allí donde el poder administrador es dueño de todo y la sociedad civil agoniza en las márgenes del feudo, la posibilidad de perpetuación –aun por vía electiva– se aproxima llanamente a la denegación de ciudadanía.

Las cláusulas de reelección indefinida que proliferaron como hongos en las constituciones provinciales reformadas en la década de los 80 fueron unos de los primeros deterioros graves de la institucionalidad recuperada tras la última dictadura. Las promovieron y usufructuaron baronazgos autocráticos, que nunca replegaron su dominio sin que medien rebeliones civiles y divisiones graves en la comunidad.

Cuando en 2006 el obispo Piña encabezó en el norte la oposición a ese atajo dudosamente democrático, se hizo cargo de una misión que –si no era impulsada desde su sólida autoridad social– hubiese fracasado: se enfrentaba al poder provincial que respaldaba la Casa Rosada.

La no menos ambiciosa provincia de Buenos Aires, conducida entonces por Felipe Solá, prendía sus propias velas esperando la derrota de Piña. También quería empujar una reforma para la autosucesión.

Curiosa es, en ocasiones, la ceguera del poder, que descuidó un dato evidente: enfrentaba a un jesuita en la tierra ardiente de las antiguas misiones. Para mejor recuerdo, Joaquín Piña murió ayer desmintiendo un latiguillo de otro ferviente reeleccionista.

“Nadie muere en la víspera”, solía repetir Carlos Menem. El misionero recién admitió el descanso como un homenaje anterior a la evocación de la Patria.