La escena más aciaga, en el escenario ideal
Los tres días que siguieron al dramático minuto en que el corazón de Néstor Kirchner dijo basta fueron los más aciagos en la historia de esa fuerza política de límites borrosos y futuro incierto que gobierna el país. Virginia Guevara.
Los tres días que siguieron al dramático minuto en que el corazón de Néstor Kirchner dijo basta fueron los más aciagos en la historia de esa fuerza política de límites borrosos y futuro incierto que gobierna el país. Pero el kirchnerismo logró la alquimia de que el duelo más temido transcurriera en el escenario político perfecto. La muerte de Kirchner tuvo la dimensión que el Gobierno quiso que tuviera, y hasta le proporcionó una gigantesca oleada de respaldo político que parecía impensable el martes pasado. Los símbolos abundaron y apuntaron a un mensaje unívoco: Cristina Fernández domina la escena. El capítulo sin pautar de la historia del abismal duelo sentimental y político de la Presidenta comienza el lunes, pero la escena de su dolor que se vio estos tres días no tuvo fisuras: dueña de sí misma, con igual grado de tristeza y entereza, inmensamente respaldada y capaz –como nunca antes– de sostener un conmovedor diálogo sin palabras con decenas de miles de personas que quisieron acompañarla y supieron expresarle su aliento. Así fueron las cosas durante estos días en que nada ni nadie se salió del libreto. Las multitudes acudieron espontáneas, dolidas y respetuosas; los presidentes latinoamericanos también acudieron y por unanimidad asignaron a Néstor Kirchner la dimensión de un líder regional e imprescindible; un tenor militante cantó un Ave María estremecedor ante el féretro y hasta la lluvia cayó en el momento en que la escena final de Buenos Aires lo requería. Todo fue como debía ser en el imaginario oficialista. El féretro permaneció cerrado y ninguna cámara indiscreta pudo eludir el control oficial, por lo que la muerte no empañará la imagen arrolladora de Kirchner. El velatorio en la Casa Rosada pareció decir, sin que nadie lo dijera, que el Congreso Nacional es poca cosa para el kirchnerismo y que el líder fue un hombre de poder real y fáctico, antes que un dirigente desvelado por la institucionalidad y el consenso. Además, el salón de los Patriotas Latinoamericanos marginó por completo al vicepresidente Julio Cobos –y al esquivo cuerpo legislativo– de cualquier presencia durante los homenajes. En estos tres días, estuvieron –o se vieron, que para los millones que siguieron las mismas imágenes por TV es lo mismo– los políticos que debían estar a criterio oficial, los artistas que habían adherido lo suficiente al kirchnerismo y los dirigentes que tenían algo bueno para decir. ¿Qué pensará todo el resto? La oposición comprendió de inmediato que el duelo oficial por la muerte del político argentino más importante de la última década no era ocasión para sacar partido y aceptó las reglas. Cobos y el ex presidente Eduardo Duhalde se hicieron cargo de la categoría de "indeseables" que les asignó el kirchnerismo. ¿Hasta cuándo será así? El Gobierno decidió que "el opositor" durante el luto fuera el radical Ricardo Alfonsín –le concedió la foto al lado de la presidenta Cristina Fernández y de paso desató una intensa discusión en la UCR– y aceptó que Mauricio Macri y Francisco de Narváez aparecieran más atrás. El resto, no existió. Hasta el imparable titular de la CGT, Hugo Moyano, asumió con mansedumbre el rol asignado para la ocasión. Presente pero de trato más lejano de lo común con la Presidenta, movilizando sus huestes para "despedir a Néstor y respaldar a Cristina" y garantizando en sus aguerridas columnas sindicales la conducta propia de un colegio de señoritas. Kirchner aún no había sido sepultado cuando el líder de los Camioneros sellaba un acuerdo de "no agresión" con quien hasta el martes fuera su más acérrimo enemigo: el titular de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez. La pregunta latente en medio país es hasta cuándo le durará el duelo al líder de Camioneros y cómo se comportarán sus muchachos desde el lunes. Pero en estos tres días, hasta el bravo océano de la incertidumbre en alza se mantuvo quieto: de manera homogénea, la prensa de todo el país –el rival preferido por Kirchner en el último año– también dio prioridad al homenaje, moderó al máximo la crítica y se dedicó casi en exclusiva a relatar con respeto el fenómeno histórico de la muerte de Kirchner. El duelo oficial de tres días terminó. Comienza el otro: el duelo entre las partes de un Gobierno que deberá demostrar que también respalda a la Presidenta luego del entierro. El duelo político que darán los muchos rivales que supo cosechar Néstor Kirchner.

