La economía kirchnerista: una década para no reírse
Soja, energía, retenciones, dólar, subsidios, deuda, inflación. Por Marcelo Bátiz.
Aunque la década kirchnerista está finalizando con cierto estancamiento productivo, hay un hecho que suele pasarse por alto: Néstor Kirchner fue el primer presidente desde la restauración de la democracia que asumió con el país en crecimiento.
Después de cuatro años de caída ininterrumpida de la actividad, el tándem Duhalde-Lavagna le entregó el poder al santacruceño con una suba del PIB de 5,4 y 7,7 por ciento en los dos primeros trimestres de 2003. Ninguno de sus predecesores tuvo esa suerte.
La performance fue lo suficientemente atractiva como para que el nuevo presidente levantara inmediatamente en las encuestas cuando anunció que, en caso de ser electo, mantendría al ministro de Economía.
El viento a favor de entonces se explicaba por la combinación del "trabajo sucio" realizado en 2002 -devaluación, Emergencia Económica, cesación de pagos, pesificación asimétrica, reducción del salario real a niveles mínimos y caída de la tasa anual de inflación del 40,9 al 14 por ciento- y la aparición de China en el mercado mundial, con la demanda de lo que sería la estrella de la década: la soja y sus derivados, que entre 2003 y 2012 proporcionaro divisas de exportación por 170.560 millones de dólares.
Ese combustible fue el impulso principal para que las reservas subieran en cuatro años de 11 mil millones a 52.654 millones de dólares.
Lo que aparentaba cerrar el círculo virtuoso se completaba con una reestructuración de la deuda pública por el equivalente a unos 62.500 millones de dólares, una inflación que en marzo de 2004 llegó al mínimo de 2,3 por ciento anual e ingresos corrientes que aumentaron en el decenio 613 por ciento.
Estos primeros deberes con el mundo para salir del default no tuvieron correlato luego ni con el Club de París o con el pago de los fallos adversos en el CIADI, todo aún lejos de resolverse.
Por si fuera poco, el dólar que había pasado los cuatro pesos en abril de 2002 descendía al momento de la asunción de Kirchner a 2,92 pesos por unidad.
Sin embargo, los mejores resultados pueden estropearse si no se cuenta con una administración adecuada y si los encargados de aplicar las políticas no saben cómo salir de su propia trampa.
La inflación volvió a los dos dígitos en 2006, en el paso previo a la destrucción del sistema estadístico nacional que hoy impide contar con una medición oficial confiable. Si se toman los índices privados, aquel 2,3 por ciento original por lo menos se decuplicó. Pero si en las filas oficiales se sigue desconociendo el problema, ¿cómo admitir los efectos inflacionarios de expandir la base monetaria 850 por ciento?
Pese a la mala relación kirchnerista conm el campo, los ingresos de la soja que dieron mucho aire al modelo ya resultan insuficientes para compensar el déficit de la balanza energética. El matrimonio Kirchner ostenta el dudoso privilegio de haber recibido un país autoabastecido de hidrocarburos y en menos de una década haberlo sometido a una importación anual de por lo menos 12 mil millones de dólares.
Los argumentos en el sentido de que ello obedece a que el país se industrializó, se caen por el propio peso de las estadísticas: la producción de petróleo fue en 2012 diez millones de metros cúbicos menor a la de 2003 y la de gas cinco mil millones de metros cúbicos menos. Un problema que la veloz reestatización de YPF, por el momento, no amenaza alterar.
El resultado de esas sumas y restas indica que sin los aportes del complejo oleaginoso, el superávit comercial de la década de 128.451 millones de dólares, se habría convertido en un déficit de 42.109 millones. Tampoco en este caso fueron satisfactorios los manotazos al comercio exterior, con restricciones no escritas que dificultan el abastecimiento de insumos a la industria local y causan más de un entredicho diplomático.
La suba de los ingresos corrientes -sustentada en una estructura tributaria regresiva que el kirchnerismo nunca intentó corregir- fue insuficiente ante un alza del gasto superior a 653 por ciento. En 2012, a pesar de haber incorporado importantes cantidades de fondos provenientes del Banco Central y la ANSeS, el déficit financiero fue de más de 55 mil millones de pesos.
En ese "rojo", la principal incidencia la tienen los subsidios a sectores económicos. Si se actualizaran los aportes que se vienen realizando desde 2005, los desembolsos en ese sentido superan los cien mil millones de dólares. Y mes a mes, la factura aumenta a razón de 55 por ciento interanual, sin que ello tenga como contrapartida una mejora en la prestación de los servicios que se proocuró mantener con tarifas bajas al alcance de todos.
Todo lo señalado dio lugar, en especial a partir de 2007, a una creciente desconfianza en el valor de la moneda local y la consiguiente fuga de capitales. Fue así que, luego de las elecciones de 2011, comenzaron a aplicarse una sucesión de restricciones a la adquisición de moneda extranjera, en el marco del denominado "cepo".
Como en los casos anteriores, los resultados no fueron los esperados. Hoy las reservas son 26 por ciento inferiores al récord de 2007 y profundizan el camino inverso a los cuatro años iniciales del kirchnerismo. El cociente entre la base monetaria y las reservas excede en 40 por ciento a la cotización oficial del dólar y da sustento a un "blue" que preocupa a muchos, menos a quien debiera.
Por otra parte, mientras que casi no hay inversiones, por el alto riesgo que se percibe en la Argentina a partir del avance del Estado sobre el sector privado, el país aparece con importantes tironeos comerciales con Brasil y muy en línea con Venezuela, lo que contribuyue a enrarecer aún más el clima de negocios.
Quizás Hernán Lorenzino pueda responderle al fallecido Mario Benedetti, quien hace cuatro décadas preguntaba: "Seré curioso/ señor ministro/ ¿de qué se ríe?/ ¿de qué se ríe?"

