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El hombre que dijo que vivía para la política

La mañana del lunes 28 de abril de 2003 amaneció fría y soleada. Julián Cañas.

28 de octubre de 2010 a las 12:01 a. m.
El hombre que dijo que vivía para la política

La mañana del lunes 28 de abril de 2003 amaneció fría y soleada. Las calles de Río Gallegos mostraban los vestigios de un gran festejo. Es que el día anterior, un hijo de esa ciudad sureña se encaminaba hacia la Casa Rosada.

Aquella mañana del “día después” de los comicios presidenciales del 27 de abril, los Kirchner se despertaron temprano en la residencia oficial del gobernador de Santa Cruz. Según uno de sus secretarios de entonces, leyeron los diarios en la cama. Los títulos periodísticos ya hablaban de “la era K”, por las dudas que había sembrado Carlos Menem sobre su participación en la segunda vuelta electoral.

Pasadas las 10.30, el entonces gobernador interino, Héctor Icazuriaga (hoy secretario de Inteligencia del Estado) informó a los periodistas que montábamos guardia frente a la residencia oficial santacruceña que Kirchner iría a tomar un café con sus amigos al hotel Santa Cruz y que después iba a atender a la prensa.

El funcionario advirtió que "Lupín" o "el Flaco", como lo conocen en su tierra, no quería fotos en ese encuentro íntimo con sus más allegados.Pasado el mediodía, Kirchner nos recibió en el despacho principal del gobernador de Santa Cruz. Primero, los cronistas radiales; luego, los de la televisión; por último, los tres medios escritos, entre ellos, este enviado de La Voz del Interior.

Nos recibió Cristina. La entonces senadora hablaba con verbo triunfalista y ya se sentía primera dama. Mientras terminaba de atender a los periodistas radiales, Cristina nos mostraba el jardín de invierno que hizo construir al lado del despacho del gobernador. “Néstor pasa 16 horas en esta oficina y yo creo que necesita ver algo de verde en algún momento del día”, argumentó la actual Presidenta.

Minutos después, con una camisa celeste y un pantalón pinzado oscuro (Cristina había anticipado que su marido era muy formal para vestir), Kirchner recibió a este periodista y a los enviados de La Nación y Clarín.

Su rostro mostraba las huellas del cansancio por el trajín de la campaña de los últimos tres meses. También por el festejo prolongado de la noche anterior, que incluyó una caravana por la gélida madrugada de Río Gallegos.

De los 45 minutos de charla distendida, en los cuales Kirchner tomó dos cafés, quedaron algunas reflexiones y sensaciones que cobran vigor en estos momentos. “Quienes dicen que se seré un títere de Duhalde, no me conocen. A Duhalde le agradezco su apoyo, pero yo marcaré el rumbo de mi gobierno”, dijo, serio, mientras Cristina asentía con la cabeza, parada y apoyada en el escritorio de su marido.

Aquella mañana triunfal, Kirchner dejó expuesta una de sus debilidades: su obsesión por el trabajo y la política. “Cristina siempre me reta y me dice que pare un poco. Pero yo no puedo. Mi vida es la política y vivo para ella”, se sinceró, mientras su esposa hacía un gesto, entre resignada y ofuscada.

Cuando con los colegas nos retiramos de ese despacho austero del gobernador de una provincia lejana que se encaminaba a la Casa Rosada, tuvimos una sensación que se confirmaría con los años: el matrimonio Kirchner compartía una misma visión del país y de la política.

Ella tenía más facilidad para expresar sus ideas, una capacidad que alimentó en sus ocho años de discursos en el Congreso. Pero el cerebro político de esa pareja política era Kirchner.

Ése será el gran desafío de la Presidenta. Demostrar que puede liderar el Gobierno y el espacio político que moldeó su esposo, con errores y aciertos pero con una voluntad y capacidad de trabajo insuperables, hasta que su corazón le dijo basta.