Cristina instaló una guerra de nervios
Secretamente, el Gobierno esperaba que el presidente de la compañía binacional aceptara dos exigencias. Una era que los privados desembolsen 15 mil millones de dólares extras. Mario Fiore.
La enorme bola de especulaciones e informaciones contradictorias que el Gobierno dejó crecer durante dos semanas sobre “el anuncio que no fue” acerca de la reestatización de YPF –toda vez que nunca desmintió nada e hizo operaciones como el falso envío de un proyecto de ley al Congreso– fue un elemento que Cristina Kirchner utilizó con astucia a su favor, puesto que la desesperación se instaló en la torre de Puerto Madero que tiene Repsol.
Secretamente, el Ejecutivo nacional esperaba que el presidente de la compañía binacional, Antonio Brufau, aceptara dos exigencias que el empresario consideró inviables. El primero, que los privados desembolsen 15 mil millones de dólares extras para paliar la falta de inversión de los últimos 10 años (la cifra coincide con lo que se gastará en importación de combustibles y es similar a la cotización que tenían las acciones de la empresa en la Bolsa de Nueva York en enero último). El segundo, que Brufau rompa con el grupo Petersen, de la familia Eskenazi, a quienes Néstor Kirchner hizo ingresar en la empresa pero que hoy la Presidenta no puede ver ni en figuritas. Imposible: Brufau no está en condiciones de hacer nada de lo exigido. Por eso Repsol dio por fracasada cualquier negociación y España dejó bien en claro que presionará a la Argentina hasta dejarla aislada del mundo de las inversiones si se vulneran derechos de sus empresarios.
La Presidenta es consciente del grado de alarma que hay en las provincias petroleras y en todo el sector energético del país, donde se teme un escenario similar al de principios de los años ’90, inclusive con conflictividad social. Por eso, el jueves por la noche tranquilizó a los gobernadores ratificando que la Ofephi será parte de la nueva YPF, aunque no les prometió nada específico. Además, encapsuló cuáles son los planes que se trae para que el Gobierno corra a los privados del gerenciamiento de la empresa y de dónde saldrá la plata.
Se trata de una guerra de nervios y de largo aliento al mismo tiempo, cuyos tiempos marca la Casa Rosada. Ya se redujo el valor de las acciones de YPF a la mitad, con la quita constante de concesiones en las provincias (Cristina instruyó ir por más). La premisa es seguir jugando, aun más, con la desesperación de Repsol y sus socios y obligarlos a vender (barato).

