César Tcach: Los políticos hoy no saben convivir con la incertidumbre
El historiador César Tcach sostiene que los actuales representantes tienen temor de ir contra los consensos coyunturales y, en su afán de sumar más apoyos, corren detrás de los sondeos de opinión y evitan pronunciarse en las campañas sobre temas controvertibles.
El historiador cordobés César Tcach sostiene que los actuales representantes políticos tienen temor de ir contra los consensos coyunturales y, en su afán de sumar más apoyos, corren detrás de los sondeos de opinión y evitan pronunciarse en las campañas electorales sobre temas controvertibles, aunque sean importantes. –Córdoba, ¿sostiene una imagen de sí misma, peculiar y rebelde, que ya no corresponde con su realidad? –Posiblemente no haya ninguna provincia argentina cuya vida política haya generado tantas metáforas como Córdoba. En relación con esa peculiaridad que menciona, una primera metáfora es la idea de Córdoba como una isla, el carácter insular de la política cordobesa, que tuvo su punto de partida y de gran expansión en la década de 1930 cuando gobernaba Amadeo Sabattini. En contraste con el gobierno de los conservadores y el fraude electoral nacional, en Córdoba había libertades públicas, elecciones limpias. Esta idea del carácter insular de la política cordobesa se repitió también cada vez que aquí había un gobierno de color distinto al plano nacional o bien un gobierno del mismo color, pero siendo acá rebeldes con respecto a las directrices nacionales. Por ejemplo, el gobierno de Arturo Zanichelli, en 1958, mientras está Frondizi en la presidencia, se niega a convalidar el giro a la derecha del gobierno nacional y la consecuencia es la intervención federal de la provincia. Lo mismo pasa en 1973, cuando el gobierno de Obregón Cano y Atilio López se niega a convalidar el giro a la derecha del gobierno peronista nacional y la consecuencia fue otra intervención federal. Entonces esta idea de Córdoba como isla es un mito, pero tiene raíces en la realidad. Ahora llegando a nuestros días esta idea de isla es usada también. Hay un uso del pasado y de esta metáfora por distintos gobiernos; primero el radical y actualmente con (José Manuel) De la Sota.

–Claro que son islas con diferentes climas: la de Eduardo Angeloz era la supuesta isla bonita, y esta es la isla que se propone víctima de la Nación.
–Exactamente.
–Pero hay continuidad.
–Es una continuidad ficticia porque cuando en el siglo 20 se acuña la idea del carácter insular, eso tenía ciertas raíces en la realidad, no era una mera ficción. Córdoba tenía una cultura política muy intensa, provista de una fuerte dosis de autonomía. El sueño de ser una ciudad-estado y con capacidad para proyectarse en el plano nacional estaba presente en el imaginario colectivo. Por eso junto a la idea de Córdoba como isla estaba la otra gran metáfora, la de Córdoba como rostro anticipado del país. Algo que Córdoba fue en 1918 con la Reforma Universitaria, con el derrocamiento del peronismo en 1955, lo fue también en el Cordobazo, en cuanto gran insurrección urbana, obrera y popular, que fue el anticipo de otras puebladas que se iban a producir en el resto del país.
–Y lo fue también con “el Navarrazo” en 1974, en cuanto anticipo de la violencia del terrorismo de Estado. Podría decirse que, en el último siglo, Córdoba fue la capital política del país en esas cuatro oportunidades.
–Sí, sí, “el Navarrazo” fue, como han dicho otros autores antes, el anti-Cordobazo, que anticipó la militarización de la política argentina. El tránsito a la dictadura no fue tan abrupto como se ha dicho en la medida en que las prácticas del terrorismo de Estado ya estaban presente durante el tercer gobierno peronista. En ese sentido Córdoba volvió a ser el rostro anticipado. Otro hecho que me gusta contar porque ilustra este fenómeno de la cultura política intensa de Córdoba y que refleja algo profundo, aunque pueda parecer anecdótico, fue la experiencia efímera del Partido Bromosódico Independiente.
–El de Enrique Badessich.
–Es cuando poco después de la Reforma Universitaria se hacen elecciones en Córdoba y los estudiantes, alentados por Deodoro Roca, presentan una candidatura testimonial, diríamos hoy, que es la de un poeta que recorría el centro de la ciudad, a veces con ropa y sombrero de papel, haciendo sonar un pito. El programa del Partido Bromosódico era una gran carcajada política que incluía la declaración de la República de Córdoba, la supresión del Ejército y el amor libre. Eso también revela este sueño de una ciudad capaz de imponer su ritmo al plano nacional.
–El último candidato cordobés que propuso lo mismo, la República de Córdoba, lo hizo desde la derecha: Jorge “el Mesías” Agüero, que posaba en los afiches con una escopeta y proponía independizar a Córdoba del resto del país.
–Pero lo que Agüero no hubiese hecho nunca es proclamar la abolición del Ejército y decretar el amor libre, ja ja. En las décadas de 1960 y 1970, Córdoba va a presentar una estructura social que contribuye también a esta idea de su capacidad de proyección. Era una ciudad de enclave automotriz. Esto suponía un movimiento obrero joven, ilustrado, con una serie de atributos que lo hacían más permeable al universo de la izquierda. Por eso en aquellos años tuvimos dirigentes sindicales y gremios importantes que pertenecían a una izquierda no peronista, acompañados de un fuerte movimiento estudiantil, y eso también contribuyó a la idea de que Córdoba podía ser capital de la patria socialista.
–Todas islas que se fueron desdibujando.
–La dictadura del ’76 con sus prácticas de terrorismo de Estado, pero sobre todo con la desindustrialización de la provincia, a lo que se sumó el período menemista, barrieron las bases estructurales sobre las cuales podía pensarse gran parte de estos mitos. Otro punto es el desarrollo tecnológico, que cambia las características de los actores sociales. El papel de la clase obrera industrial se ha reducido. Si uno compara quiénes componían la CGT en aquellos años ve que antes eran gremios de sectores industriales, mientras que hoy son gremios del área de servicios, en gran medida. La globalización, la disminución del voltaje ideológico de los conflictos políticos, ha influido en las nuevas formas de hacer política. Entonces a lo que estamos asistiendo hoy es a la normalización de Córdoba, que es hoy una provincia normal, como lo puede ser cualquier otra provincia de la Argentina. Durante gran parte del siglo 20 no lo fue, su cultura política era distinta, sus actores sociales eran distintos.
–Lo que en otras provincias podría sonar positivamente, una normalización, aquí parece tener un tono triste, como de pérdida de diferenciación.
–Sí, en algún punto sí. De todas maneras tampoco es bueno refugiarse en el ejercicio de la nostalgia, porque esa participación o esa vida tan creativa que tuvo Córdoba fue acompañada muchas veces de grandes dosis de intolerancia, que condujeron al ejercicio de la violencia política. En la Córdoba de 1955 fueron sectores civiles, políticos y la propia Iglesia Católica los que promovieron el ejercicio de la violencia contra el gobierno electo de Perón. Y en los años de 1960 y 1970 la creencia, la convicción de la posibilidad de resolver los conflictos políticos por medio de la violencia, fue sumamente extendida.
–Entonces basta ver las publicidades electorales de estos días para encontrar discursos políticos apoyados sobre la idea de una provincia rebelde y diferente que ya no existe.
–Cuando yo digo que hay un uso político de esto también digo que hay una resignificación que modifica el contenido. Cuando el gobernador De la Sota elogia la rebeldía cordobesa y dice que los cordobeses somos naturalmente rebeldes, en realidad está diciendo algo completamente distinto a lo que fue la rebeldía obrera y popular en Córdoba. Los políticos usan esa metáfora, pero los sectores del arte, de la cultura, de las letras deben asumir ese acervo cultural, aunque no en el sentido pragmático en que lo usan los políticos.
–Es casi un eslogan turístico: vení a la patria de la rebeldía.
–Claro, una patria de la rebeldía que en realidad está lejos. A los sectores más progresistas siempre les ha costado hacer pie acá. Desde la renovación democrática, por ejemplo, si uno piensa en el alfonsinismo: en Córdoba siempre fue un sector secundario hasta en el mismo radicalismo.
–Esas experiencias tan ricas del pasado, ¿le han servido a Córdoba para construirse una forma de democracia más madura o completa que en otras provincias?
–Hay una diferencia importante entre Córdoba y algunas provincias, pero que no tiene que ver tanto con un tema cultural, aunque está relacionado. En muchas provincias la principal fuente de empleo sigue siendo el Estado. Ahí la posibilidad de la disidencia y de expresar voces discordantes es muy complicada.
–En apoyo a ese concepto: este año se conoció una estadística del Indec según la cual Córdoba es la provincia con menor porcentaje de empleo público de la Argentina . –Eso es algo muy bueno porque abre un espacio para tratar de pensar y actuar con mayor autonomía.
– ¿Qué nos dice de que, en 30 años de democracia, Córdoba haya tenido apenas cuatro gobernadores?
–Es curioso porque hubo un sistema de partido predominante entre 1983 y 1998, que ganaba y gobernaba siempre, el radicalismo, y pasamos a un partido predominante encabezado por el peronismo. Es un fenómeno por estudiar. En otras provincias hay sistema de partido predominante, pero que se apoya en el papel casi monopólico del Estado en el suministro de empleo. Aquí los partidos dominantes no son irreversibles porque no tienen como correlato una estructura social que genere una inercia fatal. Se pueden cambiar la cosas. En ese sentido es más fácil que haya cambios políticos aquí que en otras provincias.
–Usted habla de que los actuales dirigentes maximizan votos y minimizan principios. ¿Los votantes se han acostumbrado ya a tener políticos que en épocas electorales eluden polémicas y definiciones que les puedan restar votos?
–Totalmente. Pero es un fenómeno de carácter internacional. Tiene que ver con sociedades mucho más fragmentadas, donde los grandes actores colectivos del pasado se han desintegrado y, por eso, es más complejo el proceso de formación de una voluntad colectiva desde la sociedad civil.
–Hoy a un candidato en Córdoba, ¿le resultaría más redituable no definirse, no hablar de Monsanto, el Impuesto Rural...?
–El aborto.
–Entonces, ¿quién si no los políticos para hablar en campaña de esos temas?
–Hay una transformación de la naturaleza política porque en el siglo 20 una de las funciones de la política era su función didáctica, pedagógica. El político no hacía seguimiento de la opinión pública, sino que el político era el que iba un paso adelante del resto de los ciudadanos. Eso hoy se ha perdido porque los políticos se basan en encuestas que les permiten hacer seguidismo coyuntural de la opinión pública.
–¿Un político se debería permitir ir contra el pensamiento coyuntural de una mayoría?
–Sí, porque la opinión pública es volátil. Ellos hacen una lectura empirista de la opinión pública, pero si lo que hacen tiene efectos perjudiciales, después la opinión pública les pasa factura. En realidad en el fondo lo que late en ese comportamiento de los políticos es una utopía, que es creer que ellos pueden controlar de antemano las consecuencias de su actuar. La utopía consiste en la abolición de la incertidumbre política. Cuando a un político las encuestas le dicen algo y los asesores le dicen “decí esto porque cae bien”, ellos creen que eliminan incertidumbre política, pero no es así.
Quizá ese día cae bien, pero a los 10 días se les vuelve en contra. Sartori, cuando habla de la videopolítica, dice que el videolíder no transmite un mensaje: él mismo es un mensaje. Esos cambios de la tecnología de la comunicación política se relacionan también con la devaluación de la militancia, porque es más rentable para un dirigente politico 60 segundos en un horario televisivo central que tener militantes haciendo pintadas en el centro de la ciudad. Antes, la instancia de mediación entre el dirigente y la base electoral eran los militantes, hoy es la televisión.
Perfil
Datos. El historiador César Tcach es director de la Maestría en Partidos Políticos y de la revista Estudios del Centro de Estudios Avanzados de la Universidad Nacional de Córdoba. Ha coordinado numerosas publicaciones y es autor de varios libros, entre los que se encuentran Sabattinismo y peronismo (1991); Amadeo Sabattini. Entre la nación y la isla (1999); La política en consignas (2003); Córdoba Bicentenaria. Claves de su historia contemporánea (2010); De la Revolución Libertadora al Cordobazo (2012), y acaba de publicar La invención del peronismo en el interior del país II, junto a Darío Macor, trabajo cuya primera parte vio la luz en 2003.

