Brújula para navegar con viento en contra
Ya sin respuestas propias, resolvió consultar con absoluto sigilo a Mitre, su adversario. “Me contestó con una frase admirable, que algunos dicen que es de Mirabeau...”. Edgardo Moreno.
¿Cuál es el límite a partir del cual la inflación sin freno puede comenzar a generar daños irreparables a la gobernabilidad? Los economistas vacilan ante la pregunta, los políticos enmudecen, el común de la sociedad se inquieta.
A casi tres décadas de la restauración democrática, una generación más antigua recuerda todavía con angustia el desasosiego de los precios navegando a la deriva por políticas que toleraban la inflación. Otra generación más reciente evoca, con los mismos temores, los aumentos soterrados a presión por la convertibilidad, que estallaron con la gran devaluación de principios de siglo.
En ambos casos, la experiencia ha sido la misma: cuando en la economía tiembla, hasta derruirse, el principio del valor, el sistema político amplifica el sismo.
Esta comprobación de almacenero puede sonar a descortesía en la fecha que el país conmemora hoy. El recuerdo del regreso a la democracia demanda un protocolo distinto. Pero, imprescindible y legítimo, es sólo el memento. Concluido, regresa la realidad.
Podría sostenerse con algún asidero que el Gobierno nacional lleva un año fracasando en los intentos de encauzar la economía cuya prosperidad le obsequió, en otros tiempos, triunfos de maravilla. Pero más preciso sería afirmar que el año perdido ha sido el de la política enturbiando eficazmente las aguas. Que venían procelosas, pero no eran tempestades.
A esta altura de sus dos mandatos resulta obvio que a la Presidenta, administrar le incomoda. Con sus ecuaciones grises, la gestión siempre es mezquina con la gloria. No hay próceres en la estatuaria con el lápiz en la oreja. La epopeya cristinista, se conquista en batallas luminosas.
Los hombres y mujeres de a pie, en cambio, suelen satisfacerse con la más sencilla y pacífica prosperidad de sus familias. Tal vez en este divorcio resida una explicación para el tobogán de impopularidad por donde desciende –todavía sin límite– la imagen de la Presidenta, que hace sólo un año juraba servir al pueblo, por ante Dios, la Patria y la memoria de su antecesor en el cargo. De cuyas dotes de administrador riguroso puede dar fe su nada minúsculo legado patrimonial.
No sólo eso. Pero la caída no sólo se entiende por esta diversidad de intereses entre la sociedad y el Gobierno. Hay un factor adicional que atañe con exclusividad a la conducción política: el Gobierno ya no sabe bien contra quién pelea.
De a ratos la emprende contra el colonialismo del juez Thomas Griesa pero se congratula con la Cámara que lo refutó. Arremete malherido contra la traición vandorista de Hugo Moyano y refunfuña con la burocracia de Antonio Caló.
Ya se solaza cacheteando gratis a la oposición política; ya se indigna con la reacción masiva que le despeinó, en las calles, el flequillo feliz al progresismo.
Desayuna maldiciendo la diestra de Mauricio Macri; cena vigilando la derecha de Daniel Scioli. Embiste envuelto en llamas contra el periodismo, se enfurece con los obispos y conspira tras la alcoba de los jueces. El nuevo kirchnerismo sólo se afirma en el discurso del método: confrontar, a como dé lugar el día.
En esa ciega batalla de ultramar, el 7-D vino a resultar hundido. Sucede: quien no sabe lo que busca, tampoco entiende lo que encuentra. El Gobierno no necesitaba ese invento para movilizar a los ciudadanos que lo apoyan, para recuperar la iniciativa y reposicionarse en la escena pública. Fue el propio oficialismo el que dibujó el laberinto, tiró el mapa y se encerró adentro.
En su biografía de Julio Roca, Félix Luna narra un episodio, de los que contribuyeron al anecdotario de la perspicacia política.
Acuciado por conflictos graves, el Zorro enfrentaba la revuelta popular y las complicaciones económicas, mientras negociaba un proyecto de unificación de la deuda pública, que no tenía ni consenso partidario.
Ya sin respuestas propias, resolvió consultar con absoluto sigilo a Mitre, su adversario.
"Me contestó con una frase admirable, que algunos dicen que es de Mirabeau, pero, de todos modos, cuadraba a la situación como anillo al dedo: Cuando todo el mundo se equivoca, todo el mundo tiene razón".

