15 años: la lección que no todos aprendieron
Lo peor que dejó 2001 es la creencia en algunos sectores de que la Argentina es capaz de superar otra crisis.
Demasiado simple para convencer. Eduardo Duhalde aprovechó la conmemoración de los 15 años de la crisis de diciembre de 2001 para afirmar que al entonces presidente Fernando de la Rúa “le habían dado una pastilla” que lo tenía fuera de la realidad.
El exlíder del peronismo bonaerense eludió referirse al juego de intereses políticos y económicos que eyectó a De la Rúa de la Casa Rosada, con episodios de violencia que dejaron 39 muertos y decenas de heridos.
Como Duhalde, pero en la vereda opuesta, Domingo Cavallo no se puso colorado al señalar que debieran haberle hecho “un monumento” por los servicios prestados hasta el 20 de diciembre del 2001, cuando decidió renunciar. El expresidente radical seguiría el mismo camino algunas horas después.
Poco felices a la hora de hacer el balance histórico, Duhalde y Cavallo fueron protagonistas centrales de una implosión que amagó con cambiar las formas de hacer política. Sin embargo, cuando el viento se llevó el polvo, los escombros se volvieron a reacomodar.
Lo que en ese momento fue apocalíptico a la vista de gran parte de la sociedad, ni siquiera lograría hacer pestañear a las estructuras de poder.
Ni los partidos ni los actores –salvo por cuestiones biológicas o por la pérdida de imagen– cambiarían demasiado.
La gente pedía “que se vayan todos”, y no se fue casi nadie.
El propio Duhalde encabezó un gobierno de transición que depositaría, desde el peronismo, a Néstor Kirchner en la presidencia. Se trataba de un gobernador –que había abrazado al presidente Carlos Menem cuando le convenía– bien aferrado a la vieja política. Lo demostraría al exponer luego pura ortodoxia en la acumulación de poder y dinero.
Un buen ejemplo de continuidad se dio en Córdoba. En 2001 gobernaba José Manuel de la Sota, quien mantiene intacto su poder y, con una alternancia de Juan Schiaretti, permaneció hasta hace un año al frente de la Provincia.
El poder gremial también se mantuvo, incluso sin cambiar los modos de presión.
Tal vez fue el temor de la sociedad a repetir un escenario de supuesta debilidad institucional lo que permitió que Kirchner y Cristina Fernández pudieran llevar adelante una década de autoritarismo y demagogia.
Los ayudó un tiempo de bonanza inusual, con los mejores precios históricos de las materias primas que exporta la Argentina.
Lo peor que dejó 2001 es la creencia en algunos sectores políticos de que la Argentina es capaz de volver a superar otra crisis.
Es jugar con fuego.
En ese sentido se movieron kirchneristas y algunos referentes del massismo en el Congreso, cuando intentaron forzar una ley de reforma del Impuesto a las Ganancias que iba a significar un mayor descalabro de las cuentas públicas. Axel Kicillof quiso hacer desde Diputados lo que ni siquiera imaginó cuando era ministro de Economía.
Lo peor es que lo siguieron Sergio Massa y una mayoría de diputados opositores que no midieron el costo que podría tener la jugada. Algunos gobernadores, encabezados por Juan Schiaretti, jugaron a la inversa. Tal vez convencidos de que forzar una crisis no siempre es el camino.

