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Unidos y consternados

El año electoral se abrió con una crisis política a la que aún le resta afrontar el desafío económico que traía de arrastre. Es todavía una incógnita cómo impactará el caso Nisman en los comportamientos del electorado a nivel subnacional.

01 de febrero de 2015 a las 12:01 a. m.
Unidos y consternados
Juntos. Diputado nacional Juan Schiaretti y exministro Martín Llaryora (Sergio Cejas/Archivo)

Un crimen político. Ya sea por reproducir una convicción instalada en la sociedad o por inducirla a esa convicción, el poder en la Argentina ha asumido de ese modo la muerte del fiscal Alberto Nisman. Tan grave definición torna inevitable una consecuencia. Todos los escenarios que el país imaginaba antes de la noche trágica en que hallaron al fiscal sin vida fueron sacudidos en los cimientos.Un dato nimio, proveniente de la ingeniería electoral, alcanzaría para demostrar la magnitud del sismo. El oficialismo había logrado construir una boleta para el año electoral en la que el primer cuerpo incluiría el nombre del candidato a presidente de la Nación y el segundo cuerpo, adjunto de inmediato, otra candidatura que se votará también en todo el país: la representación parlamentaria ante el Mercosur.Sólo esos dos módulos iniciales de la boleta serán comunes a todo el territorio nacional, porque luego vienen los referidos a cargos parlamentarios, que difieren según cada provincia.En diciembre, Cristina podía ingresar a ese cuerpo del voto para traccionar al candidato oficialista. ¿Podría hacerlo hoy, tras la muerte de Nisman, en las mismas condiciones?La Presidenta podía utilizar la mera posibilidad de esa postulación para influir como gran electora en el proceso político que la desplazará del poder en diciembre. ¿Cotiza de igual modo su opinión ahora?Al llegar a diciembre pasado, los candidatos del oficialismo advertían como principal amenaza un escenario de complicaciones económicas y confiaban por lo bajo en una incipiente normalización del frente externo tras la caída de la cláusula de beneficios extendidos a los acreedores que ingresaron en los canjes de deuda.Ahora, forman parte de un elenco burocrático sospechado por una vasta mayoría ciudadana como responsables políticos de un crimen aberrante. ¿Cayeron derrumbadas para siempre sus expectativas electorales aquella noche, la más fatídica de enero? No necesariamente.¿Pero puede continuar su campaña arguyendo un triunfo en primera vuelta?Cada mensaje de la Presidenta en cadena nacional resuena ahora como nostalgia de aquel tiempo pasado en el que lidiaba con problemas ominosos que narraba como víctima. Ha perdido ese lugar.En sociedades democráticas, la unidad nacional sólo opera como valor político consciente en supuestos extremos como la guerra o la secesión. De otro modo, obtura el principio de pluralidad connatural a la sociedad civil.Desde sus mayorías electorales, el kirchnerismo se las había arreglado, en cambio, para invocar la unidad nacional como voluntad colectiva restringida y fundante del pliego de acción política de su propio sector.El caso Nisman enfrentó ese relato con el más extremo de sus límites: el del Estado cómplice de una muerte o impotente para evitarla. Ambos presupuestos son antónimos del poder democrático. Las posibilidades electorales del oficialismo, sin embargo, no desaparecen sin más por la evidencia de una amplia defección opositora, quizás la más vasta de la que tenga memoria el proceso político reciente en Argentina. El discurso, en todo el amplio espectro adversativo al Gobierno, aludió a la gravedad institucional de lo ocurrido con el fiscal de la causa Amia. Pero la acción se mantuvo disociada de ese diagnóstico.Frente a la gravedad de los hechos, los referentes críticos al Gobierno privilegiaron la individualidad de la respuesta. Mauricio Macri y Sergio Massa hablaron como los presidentes que aún no son desde el atril que podrían conquistar si en situaciones de crisis se bajaran de él.No es una ventaja menor para el oficialismo haber sostenido hasta ahora que su unidad es la de la Nación entera, mientras la oposición no alcanza a mostrar la unidad de la oposición.Como si estos desasosiegos fueran ajenos, los principales dirigentes provinciales recitaron las condolencias de circunstancia y se reconcentraron en sus escenarios parroquiales. Congratulado en soledad El único cordobés aspirante a un lugar de relieve en el país debe haberse congratulado en la soledad de su despacho. Antes del terremoto de enero, el diciembre de José De la Sota fue el de la premura por la unidad de su partido. Una vez transmitida la decisión de no apostar por un nuevo mandato local, De la Sota se puso a articular un recambio ordenado hacia un nuevo esquema de poder. La intención de abarcar en una sola lista el tablero de su propio fin de ciclo provincial todavía no ha coagulado y acaso lo hará recién después de las internas de abril. Pero las voces cada vez más intensas de un acuerdo entre Juan Schiaretti y Martín Llaryora muestran hacia afuera un panorama de consenso que distiende los ruidos sordos de un proceso inédito para el peronismo cordobés: por primera vez sin De la Sota en el horizonte –ni próximo, ni lejano– del sillón mayor del Centro Cívico.El reclamo de primarias abiertas, que desde Villa María enardece Eduardo Accastello, está quedando en soledad. Si antes la cercanía con la Casa Rosada ya era una franquicia de dudosa efectividad en Córdoba, los últimos acontecimientos han terminado de devaluarla.Esa misma ventana de oportunidad es la que alimenta la desunión de sus opositores. El radicalismo tironea del saco a Ramón Mestre vacilando entre la audacia de ir por todo y la amenaza de perderlo todo, tras décadas de morder pasto duro en el llano.Desde afuera, aguijonea esa duda la apuesta táctica de Luis Juez. En una encrucijada definitiva para su fuerza política, blande la posibilidad de ser él –esta vez– el candidato tapón.Es todavía una incógnita como impactará el caso Nisman en los comportamientos del electorado a nivel subnacional. Si Cristina persiste en la alienación de su respuesta, es posible que absorba los costos totales de una crisis que tiene aristas más sistémicas. Nadie puede firmarlo de antemano.El año electoral se abrió con una crisis política a la que todavía le resta afrontar el desafío económico que traía de arrastre: una inflación descontrolada que desata conflictos en la puja distributiva, un retraso cambiario que condiciona los ingresos del sector exportador tanto como el financiamiento del gasto público y un frente externo en el que las oportunidades de ordenamiento han sido también dilapidadas.Todo eso, que ya era un condicionante crítico para los oficialismos, entra ahora en la perspectiva de consternación institucional que siempre añade un crimen político. Nada menos.