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Un trago de sombras

La mayoría de ciudades y pueblos de Latinoamérica enfrenta serios problemas de aprovisionamiento de agua. Pero vive también una cultura de despilfarro. Juan F. Marguch.

28 de marzo de 2011 a las 12:01 a. m.
Juan F. Marguch (Periodista).
Un trago de sombras

El 22 de marzo fue instituido como el Día Internacional del Agua para activar la conciencia sobre la importancia de una gestión sustentable de los recursos de agua dulce. El hecho de que sea una conmemoración global no implica que la Argentina quede también involucrada (aquí se conmemora el día nacional el 31 de marzo). Un país insensato, capaz de vender sus reservas de petróleo, destruir una de las más extensas redes ferroviarias del planeta y legalizar con supina imbecilidad la destrucción de sus glaciares, puede considerarse exento de proteger un recurso fundamental para la vida en la Tierra. Después de todo, ¿qué importancia tiene? Tanto da combatir las enfermedades con medicamentos auténticos o truchos como transformar una de sus más importantes ciudades (casualmente, Córdoba) en una enorme cloaca a cielo abierto; permitir que las calles argentinas sean transitadas por humeantes chatarras semovientes o contaminar sus diques con navegación a motor y transformar sus ríos en basurales; inutilizar sus napas; utilizar agroquímicos peligrosos para la salud humana y animal o deforestar el bosque nativo; permitir, en fin, el empleo de cianuro para separar con rapidez el oro con técnicas mineras que envenenan ríos y napas. Su tarea contaminante va ahora por los Esteros del Iberá, el bello portal al Sistema Acuífero Guaraní, la reserva de agua potable más grande del mundo. Debajo de sus aguas brillantes, se encuentra la reserva subterránea más grande del mundo: 1,19 millón de kilómetros cuadrados, de los cuales 850 mil (70 por ciento) son brasileños; 225 mil (19 por ciento) argentinos; 70 mil (seis por ciento) paraguayos y 45 mil (cinco por ciento) uruguayos. "Oro azul". Argentina es uno de los ejemplos más concluyentes de lo que puede y debe hacer un país para destruir o enajenar el más preciado de los recursos naturales: el bien llamado "oro azul". El ser humano puede subsistir durante 40 días sin alimentos sólidos, pero no sobrevive a siete días continuados sin beber agua, a menos que sea un mutante. Es inviable la tentación de utilizar barbarie o salvajismo como adjetivos aplicables a la cultura de agresión a la naturaleza que perpetramos sin prisa ni pausa, porque si alguien ha tenido y practicado durante milenios una racional cultura conservacionista es precisamente el mal llamado salvaje o bárbaro, que perdió esa maravillosa seña de identidad cuando fue sojuzgado por una civilización depredadora llegada de allende los mares. Aunque padezca nuestro orgullo, debemos aceptar que no estamos solos en esta trascendental tarea de destruir nuestro hábitat. La humanidad vive un acelerado proceso de urbanización y más de la mitad de ella habita en un entorno urbano. Según la Unesco, en América latina el índice de urbanización alcanza al 80 por ciento de su población y la mayoría de sus ciudades y pueblos enfrenta serios problemas de aprovisionamiento de agua. Pero vive también una cultura de despilfarro, como si se tratase de un recurso inagotable. Y no es así. Baste con recordar algunas cifras: el 72 por ciento de la superficie del planeta está cubierta de agua, pero el 97 por ciento del agua existente en la biosfera es el agua salada de los océanos y mares, que el ser humano no puede consumir directamente ni usarla para el riego o la industria; el tres por ciento restante es agua dulce, pero dos tercios están en zonas poco pobladas o glaciares. Sólo uno por ciento del agua dulce está disponible para la vida de los seres humanos. Agua contaminada. Más de 2,2 millones de personas mueren cada año en el mundo por enfermedades causadas por agua potable contaminada y por un saneamiento deficiente; 1.200 millones de personas no tienen acceso a agua potable, 2.400 millones carecen de sistemas sanitarios y más de 3.000 millones no disponen de un sistema de tratamiento de aguas fecales (no debe olvidarse la contribución que Córdoba hace en este sentido). Las actividades humanas generan escasez de agua de tres maneras: por el crecimiento de la población, por su utilización errónea y por la falta de equidad en el acceso a ella. La agricultura consume el 70 por ciento del agua dulce, la industria el 20 por ciento y el uso doméstico –alimentación e higiene– el 10 por ciento restante.Quizá lo más dramático sea la inequidad en el acceso y uso del bien llamado vital elemento. Las diferencias en el consumo son abismales entre América del Norte y Central, Europa y Oceanía, que están por encima de la media mundial –1.800 litros por día y por persona, incluyendo a la producción agrícola e industrial–, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En cambio, América del Sur (1.329 litros) y África (685) son las regiones que menos gastan. El ahorro debe ser común para ricos y emergentes, afirma un informe basado sobre conclusiones de la Unesco. No hay otra alternativa, si el planeta quiere abastecer de agua a la población mundial. Algunas ciudades europeas ya han aprendido la lección de la eficiencia. Berlín, por ejemplo, gasta 130 litros de agua por habitante y por día. En las grandes ciudades estadounidenses, esa cifra sube a 500 litros. El peor ejemplo de uso abusivo lo ofrece California, Estados Unidos, donde se registra un consumo de cuatro mil litros por persona y por día, sobre una población de 28 millones de habitantes: el más elevado del mundo, debido al mantenimiento de los jardines privados y de sus 560 mil piscinas.