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Un histórico remordimiento

Al cumplirse cien años de la anexión de Corea, el primer ministro japonés pidió perdón a Seúl en nombre de su país. Claudio Fantini.

28 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Claudio Fantini*
Un histórico remordimiento

Visitar el Templo de Yasukuni o pedir perdón. Ésa es la disyuntiva de los gobernantes japoneses, porque son las dos maneras de manifestar su posición frente al pasado de militarismo expansionista.

Como Yasukuni evoca a militares que cometieron masacres y devastaciones, además de honrar a todos los soldados muertos en la primera mitad del siglo 20, cuando un primer ministro visita el templo está dando una señal ultranacionalista que ofende a los países asiáticos agredidos por el colonialismo nipón.

La contracara de esa manera de evocar el final de la Segunda Guerra Mundial es pedir perdón a las naciones atacadas desde el período posterior a la Restauración Meiji hasta la capitulación firmada sobre la cubierta del acorazado Missouri.

Invasiones. Desde fines del siglo 19 hasta 1945, el ejército imperial agredió a China, convirtiendo Manchuria en la provincia de ultramar del Manchukúo y perpetrando atrocidades como la masacre de Nanjing de 1937. También invadió Taiwán, Corea, Guam y Malasia, además de atravesar el estrecho de Johor para apoderarse de Singapur.

El expansionismo japonés incluyó las 7.100 islas del archipiélago filipino y buena parte de las 15.300 de Indonesia, llegando inclusive a rincones continentales alejados, como Birmania.

Los últimos líderes japoneses que visitaron Yasukuni fueron Yusihiro Nakasone, en 1985, y Junichiro Koizumi, en 2001. Nakasone no fue tan cuestionado, porque brindó a los países agredidos importantes ayudas económicas; en cambio, Koizumi-si bien fue un modernizador en muchas áreas- además de visitar el templo de los guerreros intentó abolir el artículo 9 de la Constitución, en el que Japón renuncia a dirimir cualquier conflicto por la fuerza, limita su poderío militar y se compromete a no tener jamás bombas atómicas como las que aniquilaron a los habitantes de Hiroshima y Nagasaki.

Nakasone y Koizumi pertenecen al conservador Partido Liberal Demócrata (PLD), fundado tras la Segunda Guerra Mundial por Hichiro Hatoyama y otros nacionalistas que habían apoyado el belicismo del comienzo de la "Era Showa" (brillante armonía), iniciado cuando Hirohito se sentó en el trono del Crisantemo.

En cambio, los pedidos de perdón más significativos fueron pronunciados por los líderes que pertenecen a otros partidos. En 1995, lo hizo Tomiichi Murayama, primer ministro que pertenecía al Partido Socialista, y ahora acaba de hacerlo Naoto Kan, quien llegó al cargo a través de Minshutó (Partido Democrático Japonés). Pero el mensaje de este gobernante tuvo una particularidad: puso un especial énfasis para el caso de Corea.

Herida abierta. El primer zarpazo sobre Corea fue el magnicidio de 1895, cuando dos agentes japoneses se filtraron en el Palacio Myongbok y asesinaron a la reina Ming. Así llamaban los coreanos a la emperatriz Myogseong, adorada por defender la soberanía del país frente a la intromisión de Tokio en sus asuntos internos. Diez años más tarde, se produjo la ocupación militar y en agosto de 1910 se decretó la anexión de la península al Imperio del Sol Naciente.

En estos días, al cumplirse 100 años de aquel acontecimiento, Naoto Kan dirigió un mensaje a Seúl expresando el "remordimiento" de su país "por el tremendo daño y sufrimientos provocados durante el dominio colonial".

Si los japoneses causaron a los coreanos más o menos los mismos estropicios cometidos a los otros pueblos que sometieron, ¿por qué hubo una disculpa especial para Seúl? Porque de los países ocupados, Corea es el único que aún hoy sufre las consecuencias.

Los demás países son estados soberanos que rigen la totalidad de sus respectivos territorios. En cambio, tras la retirada japonesa, la península quedó dividida a la altura del Paralelo 38. Esa herida sigue abierta y con el agravante del régimen norcoreano, un totalitarismo que parece haber creado una sociedad de autómatas dispuestos a inmolarse en un holocausto nuclear, si así lo decide el "adorado líder".

Fue la ocupación japonesa lo que engendró a Kim Il Sung, quien, montado en el ejército soviético, luchó contra los invasores en el norte y, Tratado de Yalta mediante, creó y reinó sobre el Estado con capital en Pyongyang. Esa dinastía, que ahora preside Kim Jong Il, primogénito del fundador, rige sobre un país miserable, pero poseedor de un poderoso ejército con armas nucleares.

Desde que está en la mira de esas ojivas que también amenazan a Seúl, Tokio siente en la propia piel la herida abierta en la península.

Japoneses y surcoreanos aún tienen diferendos territoriales, como el litigio sobre las islas Dokdo. Pero el presidente surcoreano Lee Myung-bak aceptó de inmediato las disculpas que pidió Naoto Kan. Lo hizo porque percibió un genuino remordimiento, que además resulta creíble ahora que Japón también está a la sombra de lo que engendró su expansión colonialista en Corea.

Además, en su autobiografía -reflejada en No hay mito - que va desde su infancia campesina y pobre, pasando por su éxito en el mundo de los negocios al frente de Hyundai, hasta su ingreso en la política, demuestra que ha leído en profundidad a Confucio. El antiguo pensador chino exigía a sus discípulos "perdonar a todo aquel que no se ha perdonado a sí mismo".

*Periodista; director del Departamento de Ciencia Política de la UES 21