Temas del día:

Tres meses de sentido común

Extrañan la pasividad del útero, su tranquilo oleaje y los rítmicos latidos del corazón materno.

20 de agosto de 2017 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
Tres meses de  sentido común

El invierno comienza a despedirse y, para alegría de muchos, las infecciones respiratorias parecen dar paso a las inefables alergias de primavera.

La buena noticia –para los chicos y sus familias– es que concluye la época del año más temida para la aparición de bronquiolitis y neumonías.

Si bien estas pueden afectar en cualquier edad, en los últimos años se registra un alarmante aumento de casos en recién nacidos y lactantes pequeños. No sólo preocupa el número de afectados, sino la gravedad de los procesos, reflejados tanto en la angustia familiar por internar a un hijo pequeño como en la complejidad de los recursos necesarios para su recuperación.

Hasta hace pocos años, los lactantes se mantenían a salvo de contraer infecciones de la comunidad, ya que su hábitat natural y exclusivo –después de nacer y por varios meses– era el hogar. Ahora, en cambio, se observa una temprana y reiterada exposición de bebés a ambientes de riesgo, lo que colaboraría en el incremento de infecciones.

Tal vez sea necesario repasar el impacto que tienen los cambios al nacer, para comprender la fragilidad inicial y volver a respetar el tiempo necesario y el aislamiento, hasta que sepan defenderse mejor.

En el nacimiento, se produce un cambio absoluto. En general, los bebés transitan una cómoda vida en el útero: ambiente oscuro, silencioso y tibio, donde nadie los toca, abraza, besa y mucho menos les estornuda o tose.

Luego del parto, todo cambia de pronto. Abandonan el hermético hábitat submarino (líquido amniótico con eficaces sustancias antibacterianas) para conocer un mundo con presión atmosférica (origen de su incómodo vértigo), abrigos (que siempre sofocan), aire seco y polvoriento (que los hace estornudar una y otra vez) y la imprudencia de los hermanos y primos (siempre con mocos).

Estos violentos cambios no siempre son recordados, a pesar de que ellos mismos se encargan de avisar mostrando la piel seca y descamada, toses y mocos, ­sarpullidos varios y llantos inconsolables.

La luz es una molestia particular; como permanecen en posiciones que les hacen mirar más techos que paredes, viven encandilados.

Los ruidos –otra novedad absoluta– provocan sobresaltos e inseguridad.

A esta variada adaptación ambiental, de por sí compleja, se agregan factores externos que podrían evitarse: los estornudos de las visitas, las toses de los hijos de esas visitas, los besos de los que no se aguantan su amor frente a “la preciosura”, y la saliva de quienes apagan el cigarrillo en la puerta y charlan a viva voz, descargando bacterias y virus sobre las receptivas mucosas de los bebés.

En tanto, las vacunas que los podrían proteger de algunas infecciones severas llegarán recién a después de cumplir 2 meses.

Por esto y mucho más, los niños menores de 3 meses constituyen un grupo especial; su inmunidad no es eficaz para afrontar semejantes batallas.

Ellos agradecen el amor, pero en verdad no necesitan tanta vida social tan temprano. Valoran las visitas y los buenos deseos, aunque prefieren que todos saluden y desaparezcan rápido, para prenderse al pecho de su madre.

Detestan que los toquen, en especial la cabeza, la cara y las manos, objetivos incontenibles de hermanos mayores y asociados.

Les perturban los olores ­extraños, aun de fragancias suaves, ya que les confunde el camino hacia la piel y la leche ­maternas, aromas que les aseguran la supervivencia.

Los marean las sacudidas que se usan para calmarlos. En síntesis, extrañan la pasividad del útero, su tranquilo oleaje y los rítmicos latidos del corazón materno.

Desde estas líneas, lugar que intenta subtitular a los chicos a partir de descifrar sus necesidades, se apela al sentido común de todo aquel afortunado que tenga un lactante cerca, rogando no abrumar con contagiante afecto a quienes apenas recién dejaron atrás una confortable vida prenatal.

* Médico