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Subversión

Libros y pantallas. Un joven que ronda los 20 años contrasta con el conjunto. Está leyendo un libro. Va por la mitad y, atrapado por la trama, no levanta la vista desde hace varios minutos.

18 de septiembre de 2016 a las 12:01 a. m.
Enrique Orschanski*
Subversión

Distraído con el partido en la pantalla del bar, el mozo demora en responder el reclamo desde dos mesas. El lugar está colmado a esa hora incierta de desayunos tardíos y almuerzos tempranos. Por fin reacciona y acude, no sin antes revisar mensajes. Cuatro amigos, reunidos por el cumpleaños de uno de ellos, teclean sin levantar la vista, excepto para mezclar el café.En un rincón, una pareja paladea medialunas frente a un video que los hace reír. Abrazados, sus ojos brillan con las luces de la pantalla.Mientras el encargado responde por WhatsApp a sus proveedores, una familia demora su pedido; es que los niños, pendientes de Pepa Pig en la tablet , no responden qué quieren tomar. La madre propone una selfie , logrando que los chicos miren, sonrían y pidan chocolatada.Un cliente habitual, sentado en su mesa de siempre, escribe sin pausas en la notebook ; con gesto clásico, pide otro cortado mientras chequea mensajes."¡¿Quién habla?!", grita un señor mayor, al no reconocer la voz de su hijo en el teléfono. "¡En el bar!... ¡En el bar, te digo!", repite, distrayendo a dos amigas sentadas en una mesa vecina, enojadas porque el barullo les interrumpió el chat .El señor mayor consigue comunicar a su hijo dónde lo espera, pero sigue paralizado buscando el ícono que interrumpa la llamada. No está seguro de lograrlo, por lo que vuelve a vociferar: "¡Hola, hola!...".Inmóvil y silencioso, un joven que ronda los 20 años contrasta con el conjunto. Está leyendo un libro. Va por la mitad y, atrapado por la trama, no levanta la vista desde hace varios minutos. Pasa las hojas con delicadeza, como intentando conservar las ideas que quedan atrás. Lee y disfruta su tiempo; nada parece importarle más que avanzar en el texto.Uno de los amigos del cumpleañero detiene el frenesí de su celular al descubrir a este ser extraño. También la madre de los chicos hipnotizados por Pepa comenta discretamente a su marido que "ese muchacho" no le gusta "nada"...El abuelo, inquieto porque su hijo no llega, pero sobre todo porque no sabe si cortó la llamada, acude al mozo. Le pide acercarse y al oído comenta su preocupación. Como su voz sigue siendo alta, las vecinas de mesa escuchan y también se alertan."Un lector", comenta una de ellas. "¿Qué hacemos?", responde la otra.Con la complicidad que causa el temor, todos intercambian miradas. El encargado deja su sitio en la caja y extiende repetidamente las palmas hacia abajo, transmitiendo que él va a solucionar este problema.En silencio, se acerca hasta quedar frente al lector, quien sigue sin advertir la conmoción que causó su actitud subversiva. Recién en una pausa se estira en la silla y descubre la figura amenazante del encargado; y a la clientela, que lo mira fijo. Ha estado inmerso en la lectura y le cuesta retomar contacto con el entorno."¿Pasa algo?", pregunta sorprendido, mientras con un gesto acostumbrado dobla la esquina superior de la hoja, para marcar el último párrafo.El encargado no responde. Se limita a mover la cabeza hacia un cartel sobre la pared, donde claramente se lee: "Este bar dispone de wifi. Se prohíbe leer libros de papel"."Perdón...", se excusa el lector, "No lo vi... y como hoy es la Maratón de lectura... yo pensé... perdón".Reconociendo su error, el lector toma su abrigo, paga la cuenta y se retira avergonzado. "Podría pasar por la Feria del Libro", se consuela, sin evitar volver a pensar que debería haber nacido en otro siglo.La clientela del bar ha recuperado la calma, cada cual con sus chats , sus videos y sus fotos. El encargado envía un mensaje al dueño del bar: "Todo en orden". En el televisor, repiten los goles. * Médico