Socialismo descafeinado o té reaccionario
Es un clásico de la política occidental atribuir a la derecha una mejor capacidad administrativa, sobre todo en tiempos de crisis. Los socialistas, a su vez, cedieron la conducción económica al neoliberalismo. J. F. Marguch.
Veintidós de los 27 países miembros de la Unión Europea son gobernados por partidos conservadores. Sólo permanecen leales a una izquierda descafeinada Austria –en coalición con los democristianos–, Chipre, Eslovenia, Grecia y España; estados minúsculos, con excepción del reino hispánico. Los gobiernos progresistas se han derrumbado a pesar de los rigurosos programas de ajuste y las inyecciones de centenares de miles de millones de euros para mantener el valor de la moneda unitaria, reducir el desempleo y comenzar a salir de la recesión. Pero la situación parece empeorar, sobre todo porque Alemania y Francia, los países que debían relanzar la economía europea, enfrentan ahora sus propios problemas. El Bundesbank (banco ventral alemán) informó que la economía no lograba mantener en el segundo trimestre el "espléndido" ritmo de crecimiento registrado en los tres primeros meses de este año, aunque ratificó su pronóstico de "una expansión de 3,1 por ciento del producto interno bruto (PIB) en 2011". En cuanto a Francia, su estancamiento ya lleva más de seis meses sin emitir señales de reactivación. Mientras la canciller Angela Merkel enhebra derrotas en las elecciones regionales, Silvio Berlusconi fue aplastado en los comicios administrativos italianos y los conservadores británicos comienzan a quedar detrás de los laboristas en los sondeos de opinión. Todo parece indicar un nuevo giro europeo hacia la izquierda, pero los propios izquierdistas chapalean en el escepticismo. Así, de realizarse en estos días en España las próximas elecciones, el conservador Mariano Rajoy vencería por más de 10 puntos al socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, quien pagará la desastrosa gestión de José Luis Rodríguez Zapatero, que deja a su país con más de cuatro millones de desempleados. Supuestos políticos. Es un clásico de la política occidental atribuir a la derecha una mejor capacidad administrativa, sobre todo en tiempos de crisis. Y es también verdad irrefutable que en las décadas de 1980 y 1990, socialistas y socialdemócratas cedieron la conducción económica al neoliberalismo. Perpetraron ruinosos experimentos de privatizaciones de empresas y servicios estatales, produjeron inflaciones oncológicas, desempleo a mansalva y masivas exclusiones de los bienes de la educación, la cultura y la salud públicas. El deplorable laborista Tony Blair fue el peor ejemplo de claudicación progresista: se transformó en el más servil lacayo británico del imperialismo estadounidense. Los argentinos nos tragamos las dosis más enérgicas de esa purga y sabemos, mejor que nadie, cómo terminamos. A pesar de las funestas experiencias, los pueblos que se hunden en el colapso socioeconómico renuevan su incombustible profesión de fe en las presuntas virtudes administrativas del conservadurismo, ahora en versión ultra: el neoconservadurismo. ¿Ah, sí? El republicano Ronald Reagan bajó los impuestos a los ricos y subió el gasto público, sobre todo en armamento. Cuando recibió el poder en 1981, el déficit fiscal equivalía al 32,5 por ciento del PIB y lo entregó en 1989 con el 43 por ciento. Su sucesor, el republicano George H. Bush, lo hizo en 1993 al demócrata Bill Clinton con un déficit de 66,1 por ciento; este, a su vez, lo traspasó al halcón republicano George W. Bush con un superávit fiscal de 2,2 por ciento (236 mil millones de dólares). Bush junior imitó a Reagan: bajó impuestos a los ricos, aumentó demencialmente los gastos militares con sus guerras de agresión contra Irak y Afganistán y en 2008 entregó el poder al demócrata Barack Obama con un déficit de 83,4 por ciento. Y Obama se "republicanizó" y cruzó la meta del déficit: ciento por ciento del PIB. Terrible. Parece haber llegado la hora del Tea Party, un movimiento ultraconservador cuyo crecimiento amenaza con desalojar a Obama en 2012. Y amenaza mucho más que ese relevo constitucional. Es, para decir lo menos, un movimiento temible. Los bebedores de té sobrecargado de reacción subordinan la libertad de acción del Estado federal a un riguroso control del Congreso y se proponen desmontar el Estado de Bienestar, empezando por las leyes de protección al paciente y del cuidado de salud asequible, que regirán desde diciembre; la derogación permanente de todos los recientes aumentos de impuestos, y prolongar las reducciones de los gravámenes a los ricos: capital, renta y herencia. De todos los exponentes del Tea Party, nadie supera en dureza (o rudeza) a Rick Perry, gobernador de Texas desde hace una década (sucedió a Bush Jr. ). Este talibán evangelista denuncia a George W. Bush como "un liberal encubierto demasiado progresista" (!). Perry promete y realiza: eliminó la obligación de las patronales de brindar cobertura médica a sus empleados; combate el aborto y los movimientos ecologistas; redujo los presupuestos para educación y asistencia social. Hasta amenazó Perry con la secesión de Texas si los demócratas continúan con sus políticas de "bienestar y despilfarro". Texas reserva en su Constitución el derecho a separarse de los demás estados de la Unión si estima que sus intereses son perjudicados por los poderes federales. Excluye de sus actos públicos a musulmanes y judíos. Y es también un fervoroso partidario de la oración: en abril, decretó tres días de rezos para que volvieran las lluvias a Texas (podría darse una vuelta por Punilla.) En comparación con él, Sarah Palin, Christine O'Donnell y Michelle Bachmann son beatas discípulas de la Madre Teresa de Calcuta. Cuando se piensa que pueden influir sobre los destinos de los Estados Unidos, que aún conservan su peso específico en la política internacional, estremece imaginar el futuro de la inteligencia ideológica, para no hablar del futuro del mundo.

