Sí, que se casen, pero...
Así como condeno la utilización política de los derechos humanos, repudio que esta ley pueda ser interpretada como un instrumento político contra la Iglesia Católica. Norma Morandini.
No buscan casarse de blanco ante el altar con azahares en la mano. Eso es del orden de la religión y, como ritual, se perpetúa en la tradición.
Las bodas, a las mujeres, nos siguen sacando lágrimas. Tal vez porque ritualizan la esperanza del amor eterno sobre la experiencia de "no paga la cuota alimentaria".
La ceremonia civil es de otro orden. Se realiza ante un agente del Estado, que es quien consagra derechos e impone responsabilidades. Un contrato que realizan personas adultas por voluntad propia, sin imposiciones.
Y esto es lo que piden las parejas del mismo sexo: ser iguales ante los iguales. Cuidar a sus parejas en la vida y en la enfermedad; heredar lo que se construyó de a dos; vivir sin el fantasma del despojo, sean hijos o bienes. Y, sobre todo, no ser rechazados como leprosos.
Estado laico. El Estado laico, separado de la religión, es el garante de los derechos ciudadanos que, desde las tragedias del nazismo, se consagraron universalmente como un ideal de igualdad.
En la Argentina, bajo la sombra del terrorismo de Estado, se convirtieron en un instrumento político, ajeno a nuestra historia autoritaria. La ley no promueve ni prohíbe. Pero el Estado no puede ser sordo y ciego ante lo que ya es un hecho: las parejas del mismo sexo y la diversidad familiar que convive con la pareja clásica -hombre y mujer-, sin que caigamos en la tentación de erigirla como un patrón de normalidad.
Viví con intensidad y optimismo el debate de las audiencias públicas, en las que, como sucedió en Córdoba, de un lado se escucharon testimonios personales de sufrimiento, vidas duras por el desprecio, muchas veces de sus mismas familias; del otro, personas atemorizadas, hablando de pecados y del infierno.
En el medio, los expertos que le hicieron decir a los textos de los tratados internacionales diferentes cosas. Sin que las visiones o convicciones con las que entraron fueran modificadas por los argumentos opuestos.
Yo misma escudriñé los textos y los testimonios en busca de las razones que justifiquen la discriminación y me hagan legislar condenando a la marginalidad legal a lo que ya se vive de hecho. No las encontré.
Por eso ahora, ante el dictamen que rechaza la media sanción de la Cámara de Diputados y frente al nuevo proyecto de unión civil, sin derecho a la adopción, me parece que estoy ante un eufemismo legislativo. Ese "sí, que se casen, pero ", que se escondan, que no los veamos, que no nos contaminen, porque no son iguales a nosotros.
La intolerancia. Todo lo que nadie se animaría a decir, pero que, como intolerancia, subyace en los que invocan la ley natural de "mamá y papá", roles que, como todos los que atañen a las cuestiones humanas, son sociales y, por eso, sometidos a los cambios del tiempo.
Por estas razones, votaré en contra del dictamen de mayoría.
Así como condeno la utilización política de los derechos humanos, repudio que esta ley pueda ser interpretada como un instrumento político contra la Iglesia Católica.
La democracia no se define sólo por no tener un general en la presidencia, sino porque es el sistema que garantiza los derechos de las minorías y la igualdad ante la ley.
No alcanza con tener a Jorge Rafael Videla cabeceando como viejito a la siesta o, en realidad, dormido para no escuchar lo que cometió, sino que debemos condenar la intolerancia que sustentó la violencia.
Y por eso debemos trabajar a favor de la vida y esa bella utopía que son los derechos humanos.
*Senadora nacional (Córdoba — Frente Cívico y Social)

