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Sería bueno que oliera a estiércol

Me atraviesa la preocupación de que el mundo siga así mientras no funcionemos como comunidad.

18 de abril de 2021 a las 12:00 a. m.
Natalia Ferreyra
Sería bueno que oliera a estiércol
Cambio de hábitos. Por la pandemia, el barbijo pasó a ser un implemento de uso común para todos. (Pedro Castillo)

Caigo mal con la pandemia. Me pasa con amigos, me pasa con el verdulero cuando estornuda mientras me da las bolsas con fruta, me pasa en el trabajo. Lo que yo llamo consejo o reservas, a muchas personas les suena a pesimismo y exageración. Es mi subjetividad la que parece desbordada, y no una pandemia mundial que suma infectados todos los días, que tiene efectos duraderos en el tiempo (ver “Long Covid”) y, que, en muchos casos, produjo muertes. Y no sólo a personas con antecedentes de salud o mayores de 60 años.

Detallo la omisión de pequeños actos que observé en tres días que sirven para demostrar que los protocolos no se cumplen, que muchas personas e instituciones (las resalto con marcador rojo) subestiman el virus y que la información les pasa por el costado como si sonara un jingle de chicles masticables en la radio.

Subo al colectivo. Chofer sin barbijo. Lo miro fuerte pero el señor no presta atención a mi intensidad. Al menos, las ventanas están abiertas. En el camino de regreso, 8 de la noche, las ventanas están totalmente cerradas y, aunque los pasajeros llevamos barbijos, sé que el virus se transmite por el aire y, encerrados así, estamos en riesgo. Me bajo del colectivo; elijo caminar.

Día dos. Voy a un centro médico. En la sala de espera, hay más de 20 personas. Los turnos van atrasados. Todas las ventanas están selladas porque la arquitectura de los últimos años planeó lugares herméticos para que sólo el aire acondicionado logre expulsar aire, que nunca es nuevo ni limpio. La mitad tiene el barbijo debajo de la nariz y respira las partículas invisibles. A veces imagino que, si las partículas fueran de color verde o destilaran olor a estiércol, capaz que aprenderíamos a usar de manera correcta el tapabocas.

Día tres. Los espacios laborales son islas de durlox donde las ventanas están a una cuadra de distancia. Pienso que sería una excelente oportunidad para que las áreas de Recursos Humanos innoven en la mejora continua de la salud de sus empleados y empleadas: que se ocupen de chequear las ventilaciones, que siempre deben ser permanentes y cruzadas. Una ventana para 20 personas es casi como tirar una pastilla de cloro al lago San Roque.

¿Por qué escribo esto? ¿Qué tiene que ver con el periodismo? ¿Qué lugar tiene en una columna de opinión? Escribo esto porque me atraviesa la preocupación de que el mundo siga así mientras no funcionemos como comunidad.

Es infame la cantidad de voceros que se pasan culpando al Estado, cuando somos nosotros quienes no podemos sostener en mínimos actos medidas básicas de cuidado. En el mundo Covid, nunca estuvo tan claro que lo personal es político, que la salud es prioridad y que la salida siempre es colectiva.

Si vamos a 200 kilómetros por hora sin cinturón de seguridad y nos estampamos contra un árbol, ¿será culpa del Estado, que dejó que creciera un árbol al lado de la ruta?

Reclamamos vacunas, nos encanta hablar del “vacunatorio VIP”... y alquilamos patios y quinchos para fiestas clandestinas. Nos preocupa la caída del poder adquisitivo por la recesión que trajo la pandemia y obligamos a empleados a cumplir presencialidad en espacios laborales que no son aptos o que perfectamente pueden desarrollar sus tareas en sus casas.

¿Tan necios y negadores podemos ser? ¿Cuál es el límite de señalar siempre al otro?