Round de estudio de Moyano y el Gobierno nacional
Quizás hasta se pueda gobernar sin los sindicatos. En cambio, en la Argentina no es fácil asegurar que se pueda gobernar en contra de los sindicatos. Carlos Sacchetto.
Faltaban pocos minutos para la medianoche del miércoles y menos de 12 horas para que Hugo Moyano iniciara su discurso celebratorio del Día del Camionero en el estadio de Huracán. Dos teléfonos celulares conectaron a un elevado funcionario del Ministerio de Planificación, que conduce Julio De Vido, con el líder de la CGT. Hablaron en un tono moderado y tuvieron, en lo esencial, más coincidencias que reproches. Fue ése el penúltimo intento de un sector del Gobierno nacional para que Moyano no avanzara con sus palabras más allá de lo tolerable y de ese modo se evitara una ruptura. No habría alusiones personales a la Presidenta y las diferencias se plantearían sólo en el plano conceptual. Todo muy civilizado. Demasiado, para ser la primera exteriorización importante de una de las irresueltas contradicciones ideológicas que laten en el interior del kirchnerismo. Para volver. El último contacto fue cuando Moyano, bajo una suave lluvia que luego aumentaría su caudal, ingresaba al estadio en una ambulancia del sindicato que dirige. No hubo cambio de posiciones y el breve diálogo se cerró con la clásica promesa: "Después hablamos". Con ese acto, el jefe camionero necesitaba recuperar algo del protagonismo que fue perdiendo en el período preelectoral, cuando desde el propio Gobierno lo calificaban de "piantavotos", y la estructura del poder se vaciaba de peronismo. "Había que poner un límite al avance sobre los derechos políticos de las organizaciones sindicales", sostuvo al salir de Huracán el titular de un gremio moyanista que integra la conducción de la CGT.Si ése fue el objetivo, la repercusión en el mundo sindical no se hizo esperar. Los disidentes de la central obrera, como el gastronómico Luis Barrionuevo o Jerónimo Venegas, de los trabajadores rurales, salieron a acercar rápidamente posiciones con el líder camionero. "Si Moyano se opone a este Gobierno, nos alinearemos en la CGT", dijo Venegas.Hay otros sindicalistas alejados de Moyano, como los llamados "gordos", que no terminan de digerir lo que consideran una buena jugada política del titular de la central obrera. En las cercanías de ese sector, se señala con énfasis que el discurso en la cancha de Huracán cerró el proceso penal contra los gremios y se preguntan con ironía: "¿Qué juez va a avanzar ahora con las causas que están pendientes; por ejemplo, la de los medicamentos truchos?"Los mismos que interpretan eso de la actitud de Moyano dan otro paso adelante y califican al camionero como "el gran acuerdista". Imaginan que entre febrero y marzo próximos se firmará un acuerdo social "en serio", que tendrá como protagonistas al ministro De Vido, al jefe de la CGT y a José Ignacio de Mendiguren, titular de la Unión Industrial Argentina. Será ésa –aseguran– la manera de evitar el resquebrajamiento del llamado modelo económico.Ambas posiciones tienen puntos razonables. Si Moyano está dispuesto a enfrentar a la Presidenta, ya sentó las bases sobre las cuales avanzará en su ofensiva. Quedó claro que la defensa de los intereses de los gremios y la reivindicación del peronismo de Perón son los arietes para el reclamo de dinero de las obras sociales sindicales. Pero, en el fondo, todos esos fundamentos confluyen en la lucha por mayores porciones de poder. El unicato. Con el reciente 54 por ciento de los votos, Cristina Fernández se siente habilitada para ejercer el poder sin compartirlo con nadie, salvo con la recurrente apelación al recuerdo de "Él", como llama en cada discurso, sin nombrarlo, a su esposo muerto. Con el Partido Justicialista convertido en una cáscara, como en forma certera lo describe Moyano; sin oposición política relevante y con un Parlamento con mayorías propias y obedientes, la Presidenta bien puede –como lo viene haciendo– reducir el protagonismo sindical en las decisiones sobre los rumbos a seguir. Quizá hasta se pueda gobernar sin los sindicatos. En cambio, en la Argentina no es fácil asegurar que se pueda gobernar en contra de los sindicatos. Por eso, una lucha de poder abierta entre un gobierno cargado de apoyo popular y las organizaciones gremiales resultaría tan inimaginable como dañina para todos.Por eso también resultan razonables las voces que auguran que Moyano, aun acercándose a los bordes, no sacará los pies del plato. Podrá seguir discutiendo la orientación de la gestión del Gobierno, lanzar las mejores ironías contra "los chicos bien", como se refirió a los jóvenes de La Cámpora, y hasta dar una dura pelea para evitar el avance sobre las obras sociales. Pero Moyano sabe que si no hay un acuerdo serio con los sectores empresarios y con el Estado, el inevitable sinceramiento de la economía impactará en forma directa sobre los salarios y la situación de los trabajadores.El Gobierno y Moyano vienen demostrando que son expertos en el método del apriete. Lo que hacen, por ahora, es medirse.

