Quiénes y cuándo
Bolas tristes. Hollywood ya no fabrica actores como Grant. Diapositivas.
Bolas tristes
Esta es la historia de uno de esos niños que son malos porque nunca te saludan / no miran de frente / y cuando se rompen un brazo dibujan una calavera sobre el yeso / oh, ya saben / niños apáticos / tumbados en la cama / niños que no se lavan las manos antes de comer / y que cuando entran al baño / tiran la cadena / tiran la cadena / tiran la cadena / son capaces de permanecer entre dos y tres horas debajo de la ducha / cuando salen tiritan sin parar / como si tuvieran un niño dentro de otro niño / el pelo se les pone como tigres.
Escuchen su versión de la tabla del cinco / cinco por uno cinco / cinco por dos cinco / cinco por tres cinco / cinco por cuatro cinco / mientras afuera / la lluvia bate sobre las ventanas del departamento: / Nueva Córdoba / interno / 50 metros cuadrados / kitchenette / 1 amb. / baño / bidet / es difícil ser un niño / en Nueva Córdoba.
A veces mete el dedo en una botella de Seven / y después no sale / tira y no sale / ni con aceite / ni con jabón / ni con nada / se le pone como una morcilla.
De hermanos carece / de perro carece / abuela / amigos / ¿cómo puede ser que en el recreo jueguen dos equipos solamente? / el suyo y el de todos los demás.
¡Ah! ¡Si por lo menos nevara! / entonces no tendría que salir al patio en los recreos.
Le dicen bolas tristes / Bolas Tristes / los testículos de un niño entristecido / son como pollitos / que se niegan a crecer.
¿Es mucho poco nada malo un niño que suma con los dedos de los pies? / ¿Que inclina la cabeza sobre el pecho para escuchar cómo late el corazón? / ¿Que por la noche lanza gritos penetrantes, como si tuviera pesadillas, para despertar a los demás? / ¿Que mete el calentador en la cama? / ¿Que incendia la cama y hay que llamar a los bomberos? / ahí vienen / echando leches / los bomberos.
Bolas Tristes se prepara él mismo de comer / echa unas gotas de aceite sobre un plato / y las une entre sí con el extremo de un grisín / o llama a la pizzería y pide una de morrones / ¿con cuánto va a pagar? / con uno de cincuenta / pero les da una dirección equivocada.
En las clases de natación / Bolas Tristes se saca la ropa con irritante lentitud / doblando cuidadosamente el pantalón y la camisa / después se saca las zapatillas / y no acaba nunca de desanudar los cordones.
A él lo que le gusta es dibujar / a él lo que verdaderamente le gusta es dibujar y taparse los oídos / ¿cómo puede una persona dibujar y al mismo tiempo taparse los oídos? / Él puede.
Hace el dibujo de un ángel y todos lo empiezan a criticar: / no es un ángel porque no tiene alas / no es un ángel porque no se ve a la Santa Madre de Dios / ni a Todos los Santos / ni las nubes celestiales / no hay cosa más idiota / piensa Bolas Tristes / que llenar un formulario.
A partir de ese momento / no vuelve a decir una palabra / otra prueba incontrastable de su intrínseca maldad.
Le ofrecen un sanguchito y lo rechaza moviendo la cabeza / le compran un juego de ajedrez y esconde los alfiles / le permiten atarse los cordones apoyando los pies sobre el sofá / pero él no vuelve a hablar / no dice nada / cinco por uno silencio / cinco por dos silencio / cinco por tres silencio.
Si se le diera por llorar ahogaría a todos / si se le diera por gritar aturdiría a todos.
Pero no lo hace / por algo le dicen Bolas Tristes.
Cuando yo era chico / decía Mark Twain / lo que más me gustaba eran los abrazos con besos / los abrazos sin besos / los besos bien grandes / los besos chiquitos / y entonces me dormía creyendo / que era una buena persona.
Es difícil ser un niño en Nueva Córdoba.
Hollywood ya no fabrica actores como Grant
Alfred Hitchcock, en cuya cabeza de alcancía se almacenaban todos los trucos del oficio, decía que en el ranking de actores de Hollywood primero venía Cary Grant y después ninguno.
Basta con acercarse a cualquiera de las películas del actor que el canal TCM proyecta los domingos y fiestas de guardar para afirmar que en el ranking de los sabios cinematográficos primero venía Hitchcock y después ninguno.
Hay una foto de archivo en la que ambos aparecen cuchicheando bajo el cielo azul, con las solapas en alto. La barriga de Hitchcock, de perfil, recuerda a una balanza Berkel. Es probable que la foto provenga del rodaje de Intriga internacional, la película del avión kafkiano que persigue a Grant a campo abierto, una secuencia que le bastaría a cualquier infeliz para inaugurar exitosamente el Museo de los Sueños.
En la foto, Grant lleva la raya del pelo a la derecha y tiene toda la pinta de tener las manos frías. Hitchcock, por su parte, probablemente piensa que ya tiene el Oscar en el bolsillo. No se lo dieron. A Grant tampoco. Algún día habrá que organizar un asalto a la Academia.
Obviamente, Cary Grant no se llamaba Cary Grant. Nadie nace llamándose de esa manera. Su nombre verdadero –Archibald Alexander Leach– parecía extraído de una obra de Bernard Shaw ambientada en salones distinguidos. Pero no hubo mucha distinción en la vida de Archie, un tiro al aire que, no bien alcanzó la mayoría de edad, se mandó a mudar a los Estados Unidos. La verdad es que se llevaba muy mal con el enclave familiar. Y es que el clan de los Leach tenía un ladrillo en la cabeza: prefirieron hacerle creer que su madre había muerto antes que decirle que vivía internada en un loquero. En realidad, nunca hubo alivio para un contratiempo semejante.
Llegó a Broadway con los bíceps bien trabajados, porque hasta ese momento lo suyo, en Inglaterra, había sido la acrobacia. Actuaba en los cines de barrio animando los intervalos entre película y película. Mortal, mortal y medio, mortal y medio con patada a la luna. ¡Archibald Alexander Leach, el huerfanito volador, el último descendiente de las águilas humanas!
En Broadway interrumpió la acrobacia para dedicarse por entero al musichall. Después de todo, tenía una notable facilidad para las imitaciones: podía cantar como Al Jolson y bailar como Vernon Castle, el padre putativo de Fred Astaire.
Joven todavía, ya llevaba estampada su clásica marca en el orillo: era prudente y reservado, sonreía sin dejar de tomar el té, no faltaba por ningún motivo a los ensayos y, aunque se sabía poderoso, no lo demostraba.
Dios le tiró un cable cuando formó pareja con Jeanette Mac Donald para cantar a dúo. Hollywood, que se estaba forrando con el invento del sonoro, lo mandó a buscar para hacerle una prueba que él, sin perder la calma, aprobó con 10 y felicitado.
Fueron los publicistas de la fábrica los que le cambiaron el nombre original: lo llamaron Cary, para aprovechar la volada comercial de Gary (Cooper) y Grant para asociarlo por elevación con la historia del patriotismo norteamericano. En la biografía que le inventaron, lo describieron tan alto como el coloso de Tebas y tan gallardo como Alejandro Magno.
Fue de los pioneros en lijarse el tabique nasal en la sala de operaciones. Y lo hizo, perro viejo, porque no quería que nada se opusiera al poder de su mirada. Y mucho menos un pedacito de hueso. Hitchcock fue el primero en advertir que se trataba de un actor cuatro por cuatro que era útil para todo: desde jugar al póquer con fichas de 500 hasta prepararle a la esposa un vaso de leche envenenada.
Es probable que el cierre de su bragueta se deslizara de manera indistinta en ambas direcciones, pero lo cierto es que se casó en tres ocasiones y en las tres acabó como la mona. Era difícil convivir con un hombre que volvía a casa con la mirada cambiada y en el bolsillo un pañuelo sin rouge pero con besos.
Se retiró del cine a los 61 años, en puntas de pie, y el 29 de noviembre de 1986, murió de una congestión cerebral en un hospital de California.
Sólo se sentía bien cuando no era él, especuló la jefa de enfermeras.
Solamente los actores sabrán apreciar la insondable verdad de lo que dijo.
Diapositivas
Antes / mucho antes / el pasado resistía en unas piezas rectangulares de celuloide / tres por cuatro / más o menos / eran muy populares / cualquier criatura de la enseñanza primaria / sabía mencionarlas por el nombre: / diapositivas / cada vez que un grupo familiar iba de vacaciones a Puerto Deseado / al volver te decía che váyanse una noche a casa y vemos las diapositivas / yo a la quinta o a la sexta ya me había dormido / y mi papá a la segunda / ¿ven esa manchita negra / arriba / a la izquierda? / es un ballenato / lo más cerca que estuve nunca de una ballena / fue cuando una banda de cirujas provenientes de Acasuso / se instaló en el puente Sarmiento / levantó una carpa / y debajo instaló la momia de la ballena Moby Dick / en serio / la ballena de Acasuso tenía forma de dirigible / la piel alquitranada / un ojo cerrado / y el otro abierto / la entrada costaba dos pesos / y a eso de las siete o siete y media / ponían una polonesa de Chopin en la victrola / hacían descuentos / y organizaban rifas / los cirujas / no tengo ninguna diapositiva del puente Sarmiento / aunque conservo un proyector / ahora les explico.
El proyector que conservo / es italiano / Geloso / y sólo lo utilizo en días excepcionales / cuando llueve al hilo sábado y domingo por ejemplo / cuando tengo ganas de fumar / o viene algún amigo con el que ya nos hemos dicho todo / lo pongo sobre un banquito de tres patas / lo enchufo / espero un tiempo antes de encenderlo / y mientras espero lo huelo / le soplo el polvo / yo no sé si ustedes han visto esos dibujitos de Liniers / en los que la niña Enriqueta chamuya con el osito Madariaga / bueno / parecido.
El Geloso despide un chorro de luz que se estrella contra la pared / uno puede formar con los dedos el hocico de un perro y / proyectarlo / o un cisne / o si está especialmente jodido formar un anillo juntando los extremos de los dedos índice y pulgar y / a su vez / atravesarlos con cualquier dedo de la otra mano / ñaca ñaca / nadie me reta / vivo solo.
Después hay que enfocar / o sea / enfocar la diapositiva / es un brevísimo momento de intensidad / porque / de golpe / se ve / de frente / la fachada de la casa de la calle Lamadrid / tiene un discutible color a crema rusa / y a través de una de las ventanas / creo ver a mi mamá inclinada / como si estuviera hablando por teléfono / entonces me gusta llamar al viejo número telefónico de la casa / con la esperanza de que alguien atienda / no llegan a distinguirse ni el uno ni el siete ni el ocho / no llegan a distinguirse pero están ahí: 178 / Lamadrid 178 / el timbre tampoco se ve / sin embargo me muero por tocarlo / cuando sonaba el timbre / respondían las gallinas / era uno de los puntos fuertes para hacer centro en el estupor de las visitas.
Y a continuación / señoras y señores / con todos ustedes / el perro.
Cuando nació el perro / le pusimos el nombre de todos los lobos de un libro de Jack London que leíamos a medias / el perro se llamaba Kazan / se llamaba Tuerto / se llamaba Babel / se llamaba Piojo / y se llamaba Henry / en el libro de London / Henry / el cazador de recompensas / llegaba a ver dos lunas simultáneas en el momento en que moría congelado.
Esta mujer no sé quién es / debe pertenecer al mesozoico familiar / cuando mi papá y mi mamá / recién se conocían / ella era de San Lorenzo y él era de Talleres / ella tenía los ojos como los míos / y él tenía los ojos de mi hermano / cuando mamá se recibió de modista / fuimos todos a la Academia de la Avenida Olmos / a hacerle el aguante / esa es la única diapositiva que quisiera ver / pero no la tengo / por Olmos pasaban el 1 y el 11 / tranvías.
¿Y este funeral de qué va? / hasta que no conozca la identidad del muerto no puedo pasar la diapositiva / no sé dónde leí que en la masmédula de la muerte va todo mucho más despacio / y también recuerdo una exclamación de María Félix en una película que dio el Gran Avenida:
–Quisiera tener hijos con un muerto.
Cada diapositiva se va ganando su propio nombre / la del funeral se llama “el hijo de la muerte”.
Zas / acá está mi mujer / cuando todavía no lo era / yo le sacaba una foto cada veinticuatro horas / así podría recordar cómo había sido cada día de su vida / yo lo único que sé es que nunca fui tan feliz y tan triste como en esa época / si yo fuera un mantequita lloraría sobre la diapositiva / afortunadamente el ojo del Geloso está cubierto por un vidrio.

