Quiénes y cuándo
Belmondo, sin aliento. El pálido final de Justo José de Urquiza. Piaf.
A penas han transcurrido unos pocos días de diciembre –el mes más cruel– y ya tenemos nuevamente a Jean Paul Belmondo con media cara congelada y una silla de ruedas debajo del asiento. Un golpe de tensión lo ha dejado medio groggy , lo cual entra dentro de lo razonable si se tiene en cuenta que en abril pasado (Aries) cumplió 80 años. La sorpresa, en realidad, se produce porque Belmondo, Bebel, forma parte del elixir más caro del biógrafo: mucha cerveza, mucha rosca, mucho safari, algún cartucho de dinamita en el retrete del banco y, de vez en cuando, un trago amargo, para no olvidar el gozo de la vida.Antes que actor fue boxeador y antes que boxeador modeló para los trabajos en bronce de su papá, Paul, quien además de a la plástica le daba a la filosofía. Belmondo I decía: "Está bien preocuparse por el arte, pero no por uno".La relación entre Belmondo I y II se vino a pique el día en que el II subió al ring para fajarse con un argelino del que la historia sólo recuerda porque no sólo noqueó a Bebel sino que le dejó la nariz asomando por la nuca. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿cómo se llamaba el pugilista africano que convirtió la nariz de Bebel en un repollo? Respuesta: Mohammed Kadra. Lo dice la enciclopedia.De Kadra no volvió a saberse nada, pero de la nariz de Belmondo se ha escrito con el mismo énfasis que de la nariz de Cyrano.Con la cara descompuesta por la piña más mentada de París, Bebel se acercó al mundo del cine como quien se acerca a la mesa de un bar y ofrece una estampita de San Cayetano a cambio de dos pesos.Había cursado las primeras bolillas de la cosa en la Universidad Nacional de Arte Dramático, pero no pasó de hacer facha: medía 1,85, sus huesos eran largos, sus mocasines eran azules y lo suyo no era el talento sino la potencia.Este viejo Belmondo cuya bola anda orillando la última tronera es el mismo que hace medio siglo desembarcó en un festival de Mar del Plata y cada vez que se dejaba ver por el bar del hotel Provincial a las chicas les sangraba la nariz o se ponían de rodillas y comenzaban a rezar.Aquel Bebel del festival era un Pulqui de carrera que sonreía todo el tiempo, encendía los cigarrillos por el lado del filtro y avanzaba embozado en un foulard de seda blanco. Parecía un aviador. Era un aviador.Firmaba autógrafos en el saco de los mozos, pagaba con 100 francos y dejaba el vuelto encima de la mesa. Y todo esto sin abandonar la sonrisa, hechizando con su desparpajo a los chicos de la prensa: "Hacer cine es la misma cosa que trabajar en una fábrica de aluminio. Hay que levantarse temprano de lunes a domingo y cuando te entregan el sobre con la paga, más te vale encerrarte en el baño, contar los billetes uno por uno y acomodarlos cabeza con cabeza".Rebobinemos, lectores: hace 50/60 años, el cine francés era una divina joda sobrada de imaginación, de humor, talento y porvenir: Godard, Truffaut, Rohmer, Malle, Chabrol y Anna Karina. Lo cual quiere decir que Belmondo, el boxeador, ya había encabezado el reparto de Sin aliento (1959), una obra maestra dirigida por Godard a la que habría que incluir como materia obligatoria en el Santo Tomás, en las Escuelas Pías y en el Taborín, sólo por citar a las escuelas que tienen –o deberían tener– proyector de 35 milímetros.En Sin aliento , Bebel era un choro joven y profundamente enamorado que terminaba la película con un balazo en la espalda y corría y corría a lo largo de un trecho que medía como el pasaje Santa Catalina. Finalmente caía fumando y boca arriba. ¡Oh, Dios! ¡Nadie ha vuelto a morir de esa manera!Lo que quiero decir es que Sin aliento es una de esas películas que uno no se las saca ni para dormir.Pero volvamos al joven caco de los huesos largos. Es imposible explicarlo ahora, pero al despuntar la década de 1960 a cualquiera le hubiera gustado caminar como él lo hacía.Bebel se deslizaba por el cine con esa gracia que tienen los elegidos para transmitir lo esencial de su mensaje: "Mejor te olvidás de tu papá, pibe, mejor te olvidás de tu mamá, pibe, y de tus tíos, y de tus abuelos y de la seño, porque yo soy el campeón mundial de la electricidad. O, si te gusta más, soy el flautista de Hamelin del siglo 20".Ha cumplido 80 tacos Bebel y los jóvenes cronistas escriben su apellido con faltas de ortografía. Maldición. Pero cuando lo inventó Godard, todos fumábamos negros sin filtro, chicas. No sería de extrañar que ahora mismo sonara el teléfono y desde la secretaría me dijeran que empezara a borronear su nota necrológica.–¿El cine sin Belmondo?–¡ Pas possible, monsieur le secretaire !
Piaf
Voy a decirle algo inusualmente duro, lector: si a esta altura de la nota usted no conoce a Edith Piaf, si no es capaz de imaginarla, ni la ha oído mencionar o es incapaz de distinguir su voz con la misma naturalidad que se lleva a Dios en los oídos, entonces no es ella sino usted el que no existe.
Para escribir sobre la Piaf, lo único que hace falta es colocar una foto en el atril de la computadora. Tan menudita era, tan gallito desplumado.
Lo que tienen de bueno sus retratos es que siempre dejan ver lo que pasa al otro lado, sobre todo el otro lado del París en que nació, en 1915, cuando los poetas se paseaban en championes, los escritores surrealistas mezclaban opio con puloil en la cazoleta de la pipa y la guerra, la primera, entraba como una bayoneta en el pellejo de la mayoría silenciosa.
Edith nació de la unión circunstancial entre una actriz de variedades que vendía globos en los intervalos y un acróbata callejero cuyo mérito mayor consistía en caminar sobre las manos alrededor de la boca de una gorra estratégicamente abierta en la vereda.
Edith es esa ranita con cofia de bebé que comparte el biberón con su abuela materna.
Y su abuela es ese monstruo que, cuando no hay leche, carga con vino la mamadera.
A los 3 años, toc, se llevó una pared por delante y perdió el conocimiento. Después de pasarle una linterna de ida y vuelta por el cuenco de los ojos, el médico quiso saber cómo era que nadie había advertido que la chica estaba ciega.
Esa era una de las anécdotas preferidas de la Piaf que, ya mayor, explicaba la recuperación de la vista debido a una milagrosa intervención de Santa Teresita del Niño Jesús, su santa preferida.
Desde entonces y hasta el final de sus días, en agradecimiento, le llevaría un manto diferente en cada noche de Año Nuevo.
A Santa Teresita le regalaba mantos nuevos y a los novios, un pisacorbatas de Cartier y unos gemelos de platino. Era su marca en el orillo.
Lo veías a Ives Montand luciendo un pasador de corbata que lo obligaba a estirar el pescuezo como un caballo de carrera y ya podías deducir quién era su amorcito. Montand y Moustaki. Moustaki y Aznavour. Aznavour y Cerdan. Cerdan y Meurisse.
Pero volvamos a la piba de Bellville, su barrio, que con la vista recobrada fue reclamada por su padre, el hombre que caminaba boca abajo.
¿Un acto de amor? ¿Una explosión de arrepentimiento filial? Nada de eso. El acróbata la necesitaba de la misma manera que en La Strada , Anthony Quinn necesitaba a Giulietta Masina: para que le lustrara los zapatos, calentara la sopa y tocara el tambor en las esquinas.
No sabía leer, no sabía escribir, mordía las monedas para saber si eran verdaderas y a los 15 años abandonó al acróbata para hacer la diaria como cantante independiente callejera. Ah, con su primer amante conocido tuvo una hija que a los 2 años murió de meningitis.
Tal vez sea por la descripción de estas anécdotas que a veces pensar en un hombre, una mujer, sea lo mismo que salvarlo.
Buscando el mango que la hiciera morfar, Edith el pajarito, el gorrión, la piba, permaneció anclada en los andurriales de Pigalle hasta que Luis Leplée, patrón de cabaré, la hizo debutar con tacos altos en horas de la madrugada.
Tenía 20 años y hasta el rouge era prestado. He aquí un magnífico retrato: piano, batería y un espeso humo azulado. La primera guerra ya había terminado. Bastaba con escuchar cantar a Edith Piaf para saber que la segunda esperaba su turno, agazapada.
Una vez estuvo detenida tres días, acusada de asesinato. Fue un mal entendido. Pero ella era así, no aprendía nunca, se golpeaba contra una pared y con la otra y después con otra más, pero seguía caminando.
Es probable, consta en actas, que el amor superlativo de su vida (vivió 48 años) fuera el boxeador Marcel Cerdan, un estilista con perfil de pistolero bondadoso. De tanto viajar por el mundo para defender la propiedad de su corona, Cerdan murió en un accidente de aviación. Ella permaneció de luto, tumbada boca abajo sobre un catre de campaña del que no se quería despegar. Ahí, explicaba, había sido feliz por última vez con su amorcito. Del luto la sacó una canción que nació para cambiar el mundo, No me puedo quejar . Tan luego ella.
Cuando la Piaf murió, era un pedacito de mujer que tenía los remos desmadejados, cuatro pelos locos sobre la frente inmensa y la espalda encorvada como un signo de interrogación.
El de su pálido final fue, a todos los efectos, un día de luto nacional. Y esta, la de su sepelio, es otra de las fotos que podrían ocupar el atril de la computadora: 150 personas caminando detrás de un cajoncito.
Los franceses tienen suerte. Algunos de ellos, como Gardel, como Edith Piaf, cada día que pasa cantan mejor.
El pálido final de Justo José de Urquiza
A juzgar por el lugar donde nació, José de San Martín debió de ser un niño curtido en los secretos de la selva. Supongamos que venía un tío de España a visitarlo y tropezaba con una yarará. Entonces Josecito se lucía dándole órdenes en idioma guaraní: Duermasé, echesé, enrosquesé. Nunca lo hemos leído en ningún libro de historia.
¿Quieren que hablemos de Mariano Moreno? Bueno, el secretario de la Primera Junta era tan bajito que, para alcanzar el último estante de la biblioteca, tenía que poner un diccionario sobre la silla, y después otro, y recién cuando superponía cuatro volúmenes, pegaba un salto y durante un instante se debatía contra las leyes del aire, como un gato. Nunca se mencionó la agilidad de Mariano Moreno. Nunca.
De Gregorio Funes, en cambio, preferiría no hablar, porque su estatua, la del parque, todavía me inspira un miedo incontrolable. ¿Qué habría sucedido si el deán me hacía pasar al frente en una clase de latín? A ver, Salzano, dígame el ablativo absoluto de cualquier verbo que no sea el verbo amar. Recién cuando los lunes subía a la diligencia que lo llevaba a Buenos Aires, los huerfanitos juntaban coraje y ocupaban el patio del colegio para jugar a la pelota.
Y ahora hablemos de Justo José de Urquiza, cuya historia, como la de 10 de cada 10 argentinos, fue redactada en Buenos Aires. Una vez le ganó a Mitre y otra vez Mitre le ganó a él, pero la parte más emblemática de su existencia corresponde a su pálido final, cuando lo balearon a traición y murió de pie, manoteando el aire y maldiciendo su descuido por no llevar encima el pistolón.
¿Alguien se acuerda del cine Urquiza, en San Vicente? Ahí, por un peso, podías ver una de Bronson y otra de McQueen, dos próceres que también sabían manejar el pistolón. Al cine pudieron llamarlo Carlton, o Roxy, o Majestic, pero alguien que intuía que la verdadera historia de los pueblos es la que pasa por la memoria del alma, decidió llamarlo Urquiza. Vamos a escribir esta columna antes de que en Buenos Aires redacten la historia de San Vicente, general.

