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Quiénes y cuándo

Vety Wells. Soldi. Infancia. Daniel Salzano.

08 de junio de 2013 a las 12:02 a. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Very Wells

Querido Delfini, Juan, crayón mayor de la ciudad, acabo de descubrir la causa por la que durante los 20 años que llevamos trabajando en sociedad nunca hiciste un dibujo de Orson ­Welles.

Porque no cabe en la página.

Ni a los 5 años, en realidad, hubiera cabido. Tan cabezón era. Tan aseadito. La mamá lo vestía de marinero con el cuello almidonado y lo vareaba en calidad de niño prodigioso por los salones más elegantes de Manhattan. Y es que a los 5 años Orson, Orsino, tocaba el piano como un monstruo. En serio. Lo subían a un taburete de madera elevado con un par de diccionarios y atravesaba el ancho mar de Chopin entre ovaciones.

Si cuando tenía 5 parecía que tenía 10, cuando cumplió 15 parecía que tenía 20. Y así sucesiva­mente.

Tan hecho y derecho era a esas alturas que dio por terminadas sus obligaciones escolares y se mandó a mudar al Viejo Mundo para hacer la experiencia europea en soledad: ya no tocaba más el piano sino que, apilado como un jockey sobre el corcel de William Shakespeare, se había convertido en una inesperada autoridad del teatro isabelino.

Escuchemos su potente vozarrón mientras recita debajo de la ducha:

–Pues, señor, esta misma calavera que aquí veis es de Yorick, ¡¡el bufón del rey!!

Welles, Delfini, era alto, morrudo, buen mozo, fumaba como un tren y sus primeros pasos en Europa se parecen sospechosamente a los de un loco. Con decirte que en la plaza de Ronda se fajó en vivo y en directo con un novillo que, de rebote, lo convirtió en el primer matador norteamericano de la historia.

Intuyo, Delfini, que debe ser muy difícil dibujar a un torero norteamericano.

Terminó haciendo escala en Irlanda, en Dublín, donde se unió a una compañía teatral itinerante. En la primera función hizo de boletero; en la segunda, de escenógrafo; en la tercera, de actor, y en la cuarta, de boletero, escenógrafo, actor y director.

¡Oh, mi pobre y seca lengua cordobesa, qué torpe resulta para describir las hazañas iniciales del joven Welles, puro desenfado, puro espacio!

Finalmente, lo detectaron los perros del FBI y lo devolvieron al remitente. Cuando se enfrentó al oficial de inmigración que lo interrogó en la aduana, salvo el nombre, no tenía otra cosa concreta que ­decir: era pianista, dramaturgo, actor, traductor, iluminador, pintor, torero y, por si no alcanzara, ­ilusionista.

¿Has dibujado alguna vez a un ilusionista?

Los ilusionistas levantan una mujer con la punta de los dedos, la recuestan sobre el aire y, después de conversar un rato con el público, la dividen en dos con un serrucho.

A los 22 años, ya había formado su propia compañía y estaba enteramente enamorado de Dolores del Río. La lencería de la actriz mejicana le provocaba tal sensación de estremecimiento que, a lo largo de una jornada gloriosa, se la robó, la metió en una valija y la llevó al Museo de Arte Moderno con la intención de exponerla bajo una cúpula de vidrio.

¿Has dibujado alguna vez los calzones de una ­estrella?

Tienen el color de un licuado de vainilla.

En 1938, a los 23, sembró el pánico en toda la nación con su adaptación de La guerra de los mundos. Se puso un broche en la nariz y transmitió el desembarco de los marcianos. Los granjeros de Iowa –entre otros– no esperaron a que terminara la transmisión sino que, aterrorizados, abandonaron sus hogares y salieron pitando en dirección a cualquier parte.

Fue tan explosiva y celebrada su ocurrencia que la RKO, una de las productoras más rocambolescas de la historia de Hollywood, lo contrató para que dirigiera una película.

Cualquier película.

Fue la primera vez en toda la historia del cine que alguien firmó un contrato en blanco.

La firma de Welles, pensándolo bien, es lo único que sigue igual que antes, como si nada hubiera ­pasado.

La película se llamó El ciudadano y aún no hay quien, ni sumando la altura de dos cañas, llegue a rozarle los talones. Welles tenía 25 años pero sabía como si tuviera 75. Dan ganas de pintarlo así, volando como un tiro.

Parecía que frente al morro del avión a chorro de Orson Welles se extendía, ilimitadamente, el universo. Pero no fue así. Al contrario. Todo lo que siguió a continuación fue un proceso de demolición en el que todo el mundo, incluido él, pareció colaborar activamente.

Ni Hollywood logró perdonarle su sobredosis de talento ni él parecía estar en condiciones de hacer otra cosa que contar historias que nunca terminaban. Sus películas tardaban 10 años en rodarse y recaudaban lo mismo que la montaña rusa del parque Sarmiento en una tarde de domingo.

Orson, Orsino, murió en 1985 y sus restos descansan en el pozo de un aljibe, en una finca de Andalucía.

Cómo habrá sido su propia historia que estuvo casado con Rita Hayworth y, a lo largo de esta nota, no ha hecho falta mencionarlo.

Si decidís dibujarlo, por favor, que sea fumando, con un beso de ella estampado en la colilla.

Soldi

Si tomamos en cuenta que su papá era chelista del Colón y que uno de sus tíos pasaba por ser el luthier más popular del Río de la Plata, el destino musical de Raúl Soldi, parecía... cantado. Y es que los Soldi, sépase, limitaban a la derecha con Haydn, a la izquierda con Boccherini y, por el centro, con una colección de sonatas italianas que, cuando sonaban, convertían al barrio en un convento.

Sin embargo, cuando le dieron a elegir entre un violón, un violín y un violonchelo, Raúl pasó derecho al patio y señaló el balde y la brocha con que estaban blanqueando el gallinero.

Partiendo del gallinero familiar –y con el espíritu tan fino como un jarrón de la dinastía Ming– el hijo del chelista llegó a la Academia de Bellas Artes, donde, por prepotencia de trabajo y rigor sentimental, fue desactivando todas las expectativas de la casa.

En síntesis: tenía poco más de 20 años y ya era un pintorazo, un almita anclada en el ensueño que detestaba la grandilocuencia y, de modo muy especial, el arte del barra contra barra.

Te detenés frente a cualquiera de sus obras –cualquiera– y lo primero que se te ocurre pensar es que pintaba de pie, sin zapatos y con soquetes de lana. Un ejemplo ideal en todo caso para reflexionar sobre la profundidad que pueden alcanzar las apariencias.

Tal como se estilaba en la década de 1930, no bien embolsó un par de medallas y aprendió a envolverse el pescuezo con un foulard, a la francesa, viajó a Europa para afilar la mirada y calentar el ánimo junto al ardor místico de los grandes maestros vene­cianos.

Después, en casa, más tranquilo, dedicaría varios años de su vida a pasarles la lija por el borde. En especial a las mujeres. A las mujeres de Soldi, apuntó Quinquela Martín con mala leche, no se las puede llevar a la cama. Se refería, es obvio, a su obsesión por las figuras etéreas, distantes y sensuales.

Y, sin embargo, cuando ya era un viudo viejo que vivía recluido en su casa como un monje, protestando porque el pulso lo obligaba demasiado a los retoques, no pintaba otra cosa que mujeres.

A propósito: una vez, hace muchos años, irritada por la obsesión virginal de sus pinturas, la barra brava de la Hebraica, en Buenos Aires, aprovechó una exposición para abrirles la entrepierna con un tajo a sus figuras femeninas y coronarles el pubis con pastito. Y es que sólo a los elegidos –lectores– se les coloca una bomba en señal de odio o aprobación.

Imposible cerrar este homenaje sin recordar que la ilustración de la cúpula del Colón le pertenece.

La pintó de pie, sin zapatos, con soquetes. Y un Winco que lo alimentaba con música de Haydn a razón de 78 revoluciones por minuto.

Infancia

Tocás una moneda de cinco centavos y la infancia viene a ser una cosa bastante parecida a una chapita de Pritty rellena de masilla y lista para disputar a los tincazos las 500 millas de Indianápolis. La infancia, como el esqueleto para la elegancia, es una cosa que se tiene o no se tiene.

Hay gente que la persigue abriendo el diafragma en infinito y gatillando con una máquina de fotos japonesa clic clic clic. O haciendo girar un compás sobre un pliego de papel manteca extendido sobre una mesa de dibujo. O apoyando el pulpejo del pulgar en el botón azul de Internet.

Pero ninguno de estos sistemas sirve para nada porque, aunque a la infancia le gusta salir, hay veces en que no quiere que la vean. No existen muchas fórmulas efectivas para re­cuperarla.

Cerrar los ojos es bueno. Tragar el humo de un faso para el asma. Darle con un caño al corazón. Quedarse huérfano. Llorar y dormir y cantar.

Localizás un diptongo, por ejemplo, y ya estás instalado al borde de la infancia. Localizás un triptongo y ya es tarde: estás metido en la adolescencia. O un boleto capicúa. O supongamos que llueve y de golpe detectás tres gotas que repimporotean exactamente iguales ping ping ping; es ella que quiere entrar por la ventana.

La infancia se conserva exactamente igual a lo que era en el interior de una caja de cohetes Hong-Kong que no querés abrir por miedo a que se vuele.

A la infancia no se puede llegar volando en Alitalia. Ni en Air France. Se llega caminando hasta barrio Pueyrredón, se dobla dos veces seguidas en la misma esquina y, después de buscar entre los ladrillos de una tapia que ya no existe, se extrae la hoja de un cuaderno Lanceros. Ahí está dibujado el plano de la infancia.

La infancia puede hacerte llorar cuando se le da la gana. Lo que pasa es que nadie parece dispuesto a llorar ahora mismo en la ciudad.