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Quiénes y cuándo

¿Quién? ¿Yo? No, a mí me duele la panza. Y bien que lo sabemos, amor mío. Daniel Salzano.

11 de mayo de 2013 a las 02:25 p. m.
Quiénes y cuándo

¿Quién? ¿Yo? No, a mí me duele la panza

Si en este momento se le preguntara a un padre de familia numerosa quién fue Walt Disney, diría que fue un santo; si se le preguntara a un agente de viajes, diría que fue el Cristóbal Colón de Disneylandia; si se le preguntara a un cineadicto, diría que fue el constructor de una catedral de chocolate, y si se le preguntara a un exhibidor cinematográfico, probablemente diría la verdad: que fue un dibujante más dotado de olfato que de mano, capaz de construir un mundo a partir de un ratoncito y de transformar ese mundo en un negocio de 12 ceros.

Sin embargo, Walter Disney (hijo de Elías, hermano de Roy, nacido en Chicago el 5 de diciembre de 1901 y fallecido 65 años más tarde en Burbank, California) no fue siempre ese potentado que dejó de dibujar 30 años antes de su muerte para utilizar su talento en proyectos tan notables como asombrosos (Orlando, Los Ángeles, París, Tokio, Hong Kong y próximamente Shangai).

Hubo una época en la que su temprano bigote de joven campesino (criado en una granja de Kansas) sólo inspiró codazos y sonrisas conmiserativas entre los popes del cine de animación de California, donde a los 18 años se presentó a buscar trabajo.

Fue una época en la que, con cierta timidez y haciendo horas extras, se atrevió a dibujar el salto que depositó a Alicia al otro lado del espejo. Luego, con más desenfado, inventó un personaje, Osvaldo, conejo altanero y vividor cuya trayectoria comercial demostró que su autor estaba prodigiosamente dotado para la gloria novedosa de los dibujos animados.

Osvaldo también demostró que su autor era un avispado hombre de negocios y que no estaba dispuesto a dejarse llevar por delante. Cuando advirtió que el conejo Osvaldo alimentaba copiosamente a la Universal, a los gerentes de la Universal, a los acomodadores de la Universal y que a sus jóvenes bolsillos sólo llegaban las migajas del negocio, tomó una decisión que llenó de zozobras el ambiente: paró la chata, cruzó los brazos y permaneció inmóvil hasta que el conejo Osvaldo se extinguió.

Luego, mientras las uñas enemigas vibraban al señalarlo acusadoramente, en tribunales, tomó la decisión de no trabajar más por cuenta ajena. Y fundó su propio estudio.

En el comienzo, fue Mortimer. Probó fortuna, a través de cientos de bocetos, con un ratón que sustituiría al conejo Osvaldo, un tal Mortimer que a su tercera aparición (1928, el sonido fresco como una lechuga), cambió de nombre. Mickey.

Y resultó ser que el tal Mickey, ratón aporteñado de patas flacas y botones de nácar sobre los pantalones cortos de terciopelo rojo, se convirtió en una trilladora de cosechar dólares, en una colmena de posibilidades (antes de que la década de 1930 se consolidara, ya había en los almacenes norteamericanos papeles, chicles, calzoncillos, caramelitos y camisetas con la cara del ratón estampada en el centro y la firma de Disney abajo, a la derecha) que el dibujante fue explorando, calibrando, explotando de manera concienzuda.

Corría 1934 y los Estudios Disney avanzaban como una locomotora hacia el reino de los mitos. Disney dirigía un equipo de 30 dibujantes y en sus locales, en Burbank, se trazaban mapas, se inventaban tesoros y se concebían innumerables proyectos.

Una cosa era cierta: con el tiempo, Mickey comenzó a perder fuerza y ya no rendía como al principio.

De mala gana, Disney y sus equipos comenzaron con los trabajos de parto. Probaron con un sapo y no hubo caso, con un oso hormiguero y tampoco. El tercero en fracasar fue un gato de enormes guantes amarillos al que Disney pensaba bautizar como Joe. Fue entonces cuando apareció el pato.

¿Un pato? ¿Un pato de color? ¿Qué sonido? ¿Qué tacto? ¿Qué olor? En realidad, desde el comienzo, resultó un monigote independiente, un pato más bien bajito y jetón, vestido de marinero y con un humor tan agrio como el del propio Walt Disney en el momento de concebirlo.

Por más que le preguntaron, Disney nunca supo contestar por qué razón la primera vez que lo dibujó íntegramente (con la gorrita, los cuatro botones blancos sobre el blazer celeste y un exultante moñazo anaranjado) lo presentó recostado, con un ojo entreabierto y las dos manos cubriéndose la barriga.

–¿Quién? ¿Yo? No. A mí me duele la panza.

Esas fueron las primeras palabras del nuevo personaje, sin que su autor supiese en concreto a quién las dirigía, pero intuyendo que acababa de alumbrar a un palmípedo perezoso, amigo de dormir la siesta, pero mucho más amigo aún de hacer su voluntad.

Disney nunca quiso a Donald y Donald nunca ­quiso a Disney.

Si el pato respondió en su nacimiento de aquella manera, probablemente, en su primera frase, Donald se justificó porque alguien le había pedido alguna cosa que no quería hacer.

–Andá a barrer el living.

–¿Quién? ¿Yo? No. A mí me duele la panza.

–¿Ya estudiaste la tabla del cuatro?

–¿Quién? ¿Yo? No. A mí me duele la panza.

Disney estuvo muy cerca de confinarlo en el cesto de papeles, junto al sapo, el oso hormiguero y Joe, el gato de los guantes amarillos. Pero no lo hizo.

Y ahora, hablemos de Donald. Por haber nacido en 1934, Donald se salvó de las chocheras finales de su autor. Quiero decir que nadie podrá decir nunca que alguna vez fue atado al carro triunfal de Winnie, aquel osito postrero de Disney que parecía nacido y educado en la vidriera de La Gran Muñeca.

A Donald nunca le gustaron esas pavadas, nunca se entreveró con pobres huerfanitos, ni compró rifas para ayudar a los necesitados. Y tampoco pagó de buena o mala gana sus obligaciones tributarias. O sea, un mal vecino, un pato chinchudo y egoísta al que nadie contradecía, porque Donald pegaba y después preguntaba.

La factoría Disney, inconscientemente, había creado su ángel negro. Nada de Dickens ni de Barrie ni de Lewis Carrol. Las historias del pato Donald eran mucho menos fantasiosas, más reales y concretas: cazar conejos, exterminar a las ardillas del jardín y aguantar con un humor de perros la visita de sus tres sobrinos, Dieguito, Huguito y Luisito.

Las tribulaciones de Donald comenzaban de modo invariable por la aparición de un detalle inesperado: una abeja, por ejemplo. O una gotera. O un vecino que a las 2 de la mañana decidía escuchar, a toda mecha, las obras completas de Bill Haley.

La fórmula siempre era la misma: enfrentado al percance, el pato no retrocedía. Detectada la gotera, quedaba momentáneamente perplejo. Un momento, nada más; después olvidaba sus modales y comenzaba a protestar como un poseso (con la voz inolvidable de Clarence Nash), farfullaba, maldecía, orillaba las estribaciones del infarto y explotaba; de hecho o de palabra, estallaba. Donald acababa como Pirro, con la gotera obturada pero con el barrio inundado.

¿Alguien lo vio arriesgar su vida alguna vez para evitar una colisión, salvar una viejita o deshacer una injusticia?

Debe ser por eso que se salvó de varias.

Donald fue desde su más tierno cascarón un solterón empedernido, un maniático, un perfeccionista de su propia soledad que, sólo por exigencias del guion y del marketing, tuvo que cortejar a una pata cursi a la que algunas enciclopedias recuerdan con el nombre de Daisy, pero a la que en la calle Jerónimo Luis de Cabrera, a la siesta, en los zaguanes frescos de la infancia, se la conocía como Margarita. Pero Donald nunca le alabó el rouge, ni la sonó verdaderamente de amor bajo un cielo estrellado. Además, nunca pidió su mano.

Nadie conoce a la madre del Pato Donald, ni a su padre. Ni a sus hermanos. Sólo se conoce a su abuela (Donalda), a sus sobrinos y a su único tío, el tío Patilludo, metáfora mayor y arrolladora del American Way Of Life norteamericano.

Así lo afirmaron Ariel Dorfman y Armand Mattelart en un clásico de la sociología, Para leer el Pato Donald. El libro ya no se consigue, pero Patilludo sigue especulando con las miserias humanas.

Donald se queda hasta el final. Con el tiempo, las cosas se han ido poniendo en su lugar. La crítica, por unanimidad, define al personaje como el más atípico que haya producido la usina de Walt Disney: más cobarde que el Chapulín, más confuso que Cantinflas, más feo que Bob Esponja, más fanfarrón que Isidorito y más sentimental que Patoruzú. ¿Y entonces? ¿Cómo es posible que, confinado a los cursis episodios televisivos de Disney, aún sea leído en más de 100 periódicos diferentes?

Porque el Pato Donald es el único que sabe decir que no. Nadie se atreve a robarle la comida. Nin­guna agencia inmobiliaria le pide garantías y la Mu­ni­cipalidad sólo actualiza sus impuestos cada 10 años.

Donald es el otro yo de la mayoría silenciosa. Donald protesta y no se rinde ante un medio hostil. Es probable que pierda una y otra vez, pero nunca abandona. Parece mentira, pero Donald es el único personaje de historieta que conoce de memoria el texto de la Constitución. Y lo aplica.

El pato va a cumplir 80 años y sigue vivo.

Disney nunca lo quiso lo suficiente como para obsequiarle con el confort (y el olvido) del paraíso. Y ese es un detalle que hay que agradecer. Porque, pensándolo bien, ¿qué haría el Pato Donald junto a la obesa inoperancia del Chanchito Práctico, a la placidez infinita de la Bella Durmiente o los espejos silenciosos de Wendy?

Todo iría muy bien hasta que lo chistaran para recordarle que había llegado la hora de realizar los ejercicios espirituales.

–¿Quién, yo? No. A mí me duele la panza.

Y bien que lo sabemos, amor mío

Si me sintiera llamado a fundar una ciudad / fundaría la ciudad de Córdoba / Argentina / cuyos primitivos habitantes / once cero seis antes de Cristo / bebían agua de lluvia con la boca abierta / se alimentaban de mojarras que pescaban con las manos / y de moras que caían desde el cielo / eran lentos y perezosos / barbudos y pacíficos / en cuanto al sexo / Darwin creía que en Córdoba había tenido lugar el origen de las especies: / sapos cantores / viejas del agua / y aves cardiformes de la familia de los recurvirróstridos / teros.

Si me sintiera llamado a crear un instrumento / recurriría al piano / una vez en la casa de mi abuelo me escondí entre el piano y la pared / justo apareció mi tía y se puso a tocar Desde el alma / la música me pegaba en el cráneo / en los hombros / los codos / los oídos / estaba solo / en la oscuridad y no me importaba nada / a propósito: / Albert Camus contaba una historia / sobre un hombre en un campo de concentración / que había tallado un teclado con un clavo sobre un trozo de madera / ahí pasaba las horas tocando / si me sintiera llamado a dar clases de piano / empezaría por repartir a cada alumno un clavo / y un trozo de madera.

Si me sintiera llamado a escribir un libro / nombraría capital del Estado a la biblioteca Vélez Sárs­field / cuando le preguntaban a Bukowski que por qué escribía decía que lo hacía para no convertirse en asesino / García Lorca escribía para poder tomar agua de la fuente con los ojitos cerrados / Vallejo César para decir que la Luna era una vieja pelada / Whitman porque era capaz de permanecer inmóvil un día y una noche esperando la aparición de una palabra / Borges escribía como un gato que se da el festín con las migas que caen de la mesa / yo lo hago porque quiero arrancarle a la máquina de escribir el mismo sonido que le sacaba Joe Louis a la soga en el gimnasio.

Si me sintiera llamado a inventar una hora perfecta / elegiría las 12.40 / cuando salgo a tomar un cafecito / ignoro la razón pero a las 12.40 siempre veo un par de hombres perforando la vereda / con cascos amarillos / el pecho desnudo / y una coca cola de seis litros / a las 12.40 aspiro una bocanada de aire con los ojos cerrados / y el aire permanece dentro de mí como una dulce nube / es una sensación maravillosa / a las 12.40 las faldas de las chicas golpean contra el viento / a las 12.40 el bar está lleno de clamores / hola loco / eso me encanta decir / y que me digan / hola loco / o maestro / hola maestro / pido el café / anoto media docena de palabras en la barra / a veces compro un billete de la Córdoba / el 77 / los puñales / a las 12.60 estoy de vuelta / como camino mirando para arriba / antes de llegar tropiezo con el mismo escaloncito.

Si me sintiera llamado a fundar el amor / recurriría directamente al amor mío / especialmente a la parte en que dormimos abrazados / como un fósforo encendido que recibe la llama de otro fósforo / especialmente a la parte en la que vamos al cine y contamos los kilómetros de película que llevamos recorridos / ¿Rocco y sus hermanos? / la vimos / ¿Robin y Marian? / la vimos / el cine es como una muerte serena / y bien que lo sabemos / amor mío.