Temas del día:

Quiénes y cuándo

Día del Padre. La estación de los caballos. A eso me refiero. Acuérdense de lo que les digo. Daniel Salzano.

15 de junio de 2013 a las 02:15 p. m.
Redacción La Voz
Quiénes y cuándo

Día del Padre

En la hoja que tiene destinada / en el libro de los muertos / no se registran quejas oficiales / Entraba a trabajar a las 6 / se levantaba a las 5 / y se acostaba a las 11 / Señas particulares: / tiraba los puchos al jardín / como una idea veloz / a través de la ventana.

Todos los informes coinciden / sobre su conducta: / no tenía seguros a su nombre / nunca lo despidieron / cuando se jubiló le entregaron una medalla acuñada en Casa Vanzo que guardó con los genioles / la hepatalgina / la escritura de la casa / el carné de La Fraternidad / y la mujer de bolsillo / desnuda / del almanaque de la Gomería El Colorado / Él conocía personalmente al Colorado / de la gomería.

Estaba convencido de las ventajas de la modernidad / tenía una licuadora / y una heladera / pero no era un hombre moderno / regaba las plantas con una manguera / y si pasaba alguien lo mojaba / Daba gusto ser una gallina / a su alrededor / A ver si escriben eso / en el libro de los muertos.

Estuvo casado durante 40 años / y contribuyó con dos hijos / al crecimiento demográfico de la República Argentina.

En la hoja que tiene destinada / no dice si fue feliz / o infeliz / Ya sé que no tiene mucho que ver / pero a veces se peinaba con la raya al medio / como el general Urquiza / y salía del baño / con la cabeza mojada / Oh, Gringo / exclamaba mi mamá / locamente enamorada.

Enfermedades no tuvo / ni infecto-contagiosas / ni paperas / Una vez lo mordió un perro que se llamaba Serafín / Si te arrimabas lo suficiente podías ver el tarascón / y el anillo que llevaba / para enhebrar los boletos.

El año que viene / cuando llegue el Día del Padre / voy a dejar la página en blanco / para que cada uno escriba lo que quiera / y se agregue en autos / al libro de los muertos.

La estación de los caballos

En poder de un lápiz Faber / y apilado como un jockey sobre las páginas centrales / de un cuaderno Rivadavia / escribí una composición sobre el otoño / el otoño / escribí / es la estación de los caballos.

Y ahora viene lo mejor.

Dos meses después me mandaron a llamar del ministerio para entregarme una medalla / un diploma sellado con un lacre / y la firma de un ministro / no había regresado a la escuela todavía / cuando ya circulaba el rumor de que iba a ganar el Premio Nobel.

Escribir / al fin y al cabo / era tan sencillo como meter la mano en una jaula / sacar los pajaritos que querías / y colocarlos sobre un cable que ya venía dibujado.

Cualquiera puede imaginar el resto: / una mañana cualquiera abrí la jaula / metí la mano / y estaba vacía / ¿dónde estaban los años grandes que iban a venir?

Después me creció la barba / aprendí a fumar con el hombro apoyado en el farol del cine Palace / y me convertí en una persona exactamente igual a cualquier persona que hubiera conocido.

A veces me sentaba frente a la máquina de escribir y apretaba nada más que las vocales / ¿cómo es que nadie me había dicho que era posible escribir y llorar al mismo tiempo?

Acabé convertido en uno de esos boxeadores que ya no son boxea­dores / pero siguen yendo al gimnasio / porque nunca dejarán de serlo / la escritura / es como una bolsa de arena / esperando los golpes en la penumbra del gimnasio.

Medio siglo después de haber perdido el Premio Nobel / me la paso girando en puntas de pie alrededor de la máquina / jadeando / con los dientes apretados / y es que las palabras no están en una jaula / sino en el corazón / y hay que luchar / matar / robar / amar / o huir para sacarlas.

Menos los niños.

Los niños nacen sabiendo que el otoño / es la estación de los caballos.

A eso me refiero

Todo lo que puedas sobre personas / Los abogados que defienden a la gente de la mafia son personas / los mafiosos son personas / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre libertad / La libertad es dulce / es feroz / es delicada / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre mujeres / Qué encantador resulta hablar con una mujer que cruza las piernas / si el ruidito del nailon no logra hacerte feliz / es que no sabés nada de mujeres / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre plantas / No se puede describir un tren / el movimiento de un tren / si sos incapaz de describir las campanitas que florecen en el paso a nivel de la calle Avellaneda / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre planetas / Especialmente la línea de puntos que conecta el arco con la flecha del Centauro / se comienza escribiendo en el cielo con los ojos / y se termina en el bar / en una servilleta / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre los hoteles de la calle San Jerónimo / En la primera habitación vive un viajante / en la segunda una mujer que oculta un terrible secreto / en la tercera un hombre de mirada enloquecida / y otro que nunca sale / y otro que espera / y otro que resuelve crucigramas / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre magia / que te pregunten con los ojos vendados / dónde estás exactamente / y respondas / en la calle Argandoña / en la calle Pringles / en la calle Viamonte / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre hijos / Voy a decirte todo lo que sé: / a los hijos se los quiere con desesperación / a menudo te dan ganas de comerlos como a caramelos / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre el Palacio Ferreyra / la gloria / el resplandor de la mañana / el rocío / el rumor / el gran vacío del cielo / los árboles centenarios / y el bosque del corazón / A eso me refiero.

Todo lo que puedas sobre encendedores / fósforos / chicles / y nombres de películas / ¿qué creés que están haciendo esos chicos a la orilla de las vías? / A eso me refiero.

Acuérdense de lo que les digo

En las novelas de Don DeLillo / los hombres suben a un Pontiac Custom S / y a toda mecha / emprenden una peregrinación a los orígenes del gran sueño americano.

Los hombres de DeLillo creen que hay que ser muy cruel / o muy tonto / para ser feliz en este mundo.

Las mujeres de DeLillo se parecen a Rita Hay­worth / con una fina pelusa de cobre / sobre el labio superior.

DeLillo va a ganar alguna vez el Premio Nobel / acuérdense de lo que les digo.

En Submundo / una de sus novelas aclamadas / la acción comienza con una pelota de béisbol / lanzada a 200 kilómetros por hora / durante un partido disputado entre / los Giants y los Dodgers / Talleres y Belgrano.

La pelota reaparece / años después / en el mismo momento en que los rusos / hacen estallar la primera bomba atómica.

Los críticos dicen / que la vida es una herida absurda / y Don DeLillo es su profeta indiscutible.

Eso en cuanto a la parte de adentro / en cuanto a la de afuera / Submundo / es un robusto ejemplar de 712 páginas / bien guillotinado / y cuidadosamente protegido por una sobrecubierta azul petróleo / uno de esos libros que se caen / y hacen saltar esquirlas / de las baldosas.

Lo que quiero decir verdaderamente es que no pude comprarlo que cuesta doscientos veinte pesos / $ 220 / en serio / 18 cafecitos / o lo que es lo mismo: cinco billetes de Juan Manuel de Rosas + 10 billetes de Manuel Belgrano + 4 billetes del padre de la ­Patria.

Se comienza abandonando un libro / y después se deja otro y otro y otro / y al octavo o noveno / cuando te has convertido en un nabo / viene la pelota de DeLillo lanzada a 200 kilómetros por hora / y te saca la cabeza.