Quiénes y cuándo
El síndrome de agujero. ¡A votar! Amigo. Círculos.
L as cosas son así. La primera en desaparecer, por ejemplo, es tu abuelita y vos sos muy chico todavía, 5 o 6 años, llevás puesto un pulóver azul cielo con tus iniciales bordadas en el pecho, y resulta que debajo del pulóver, adentro del pecho, se abre un agujero totalmente desconocido, un pozo que con los años irá creciendo y creciendo, tragándoselo todo, incluso enormes pedazos de tu vida. Las cosas son así. Tu abuela ha muerto y ya no habrá nadie que te teja como ella un pulóver azul cielo. Es importante que también sepas esto: de tu abuela sobrevivirán los secretos que vos puedas mantener alejados del abismo. Lo demás se habrá perdido. Eso pasa con todo. Hasta con tus viejos, porque después de la abuela pasan 15 años, o 20, o 30 y cuando resulta que ya tenés barba y voz y voto, tu mamá resbala y se cae, o a lo mejor se deja ir por el abismo y resulta que en esos 15, 20, 30 años no has aprendido absolutamente nada porque cuando nadie te ve te encerrás en el baño y empezás a golpear las paredes, boum, boum, con los puños cerrados, pero no con el canto de la mano sino con los nudillos. Las cosas son así. Una vez fuiste al cine con ella a ver una película de Mario Lanza y ese día llovía y compraron praliné y volvieron en taxi. Todo lo que existe ahora mismo de aquel día es un disco de 45 revoluciones por minuto en el que Mario Lanza canta Una furtiva lágrima y Che gelida manina. Las cosas son así. Cada día que pasa se va agotando el número de veces que le ha sido dado a tu corazón para latir, y entonces el pozo te traga a vos, a tus zapatos, a tus secretos, y a lo más que podés aspirar es a que te sobreviva una crónica que nunca escribirás, una palabra que todavía no has encontrado. Las cosas son así. Por eso hay veces que te sentás delante de la máquina y te preguntan que qué te pasa que tenés apoyada la frente en el brazo y el brazo en el teclado. No, no me pasa nada, tengo el síndrome del agujero.
¡A votar!
Cada vez que hay elecciones / voy a votar al Monserrat / es fantástico / atravieso el umbral y lo primero que advierto es que en ese colegio los alfabetos existen / que llueven alfabetos / es muy hermoso en todo caso / lástima que votar sea tan corto / como un cigarrillo / doy un par de vueltas alrededor del patio / camino despacio / a la velocidad de la vida / acaricio el agua de la fuente / la dulce sensación de las manos mojadas / yo voto en el segundo piso / por aquí –pienso– debe de haber caminado Nicolás Avellaneda antes de rendir los trimestrales / el Monse está lleno de hombres vivos que ya han muerto / olvidados / mientras subo la escalera me siento como Charlton Heston abriendo el agua del mar rojo.
Para votar en el colegio Monserrat hay que ser hombre / argentino / mayor de edad / y haber viajado alguna vez en el tranvía 16 / el que iba todo recto por Trejo / desde el Monse / a la vieja Terminal / casi siempre voto en la mesa 32 / el 32: caminar sobre el agua.
En la mesa 32 me esperan cuatro señores / uno radical / el otro peronista / un peronista más / y el cuarto no se sabe / entregás tu documento nacional de identidad y te buscan en el padrón / sirviéndose de una regla de madera / Salazar Emilio / Salmerón Luis Eduardo / Salomón Francisco / aquí está / Salzano Daniel / sirvasé.
Ignoro las causas pero las aulas del Monserrat siempre se han llevado bien conmigo / bancos de madera / polvos blancos, amarillos y azules repartidos sobre el pizarrón / y ahí nomás Manuel Belgrano enfundado en los mismos pantalones amarillos de toda la vida / lo primero que hago es persignarme / y pensar en mi papá / que votaba en la mesa 33 / los votos esperan / apilados como si fueran volantes del circo Sarrasani / yo los toco a todos / algunos huelen a tinta de barrio / son los mejores.
La primera vez que voté / me gustó tanto que no quería abandonar el cuarto oscuro / el presidente de mesa / encolerizado / golpeaba la puerta y preguntaba / ¿qué le ocurre ciudadano? / ¿ciudadano? / ¿ciudadano?/ yo permanecía sentado en un banco / en la última fila / y no le daba bola / no quería que acabara.
Me acuerdo que fui con saco / y la misma corbata con la que se había casado mi papá / así se visten los reyes / ciudadanos.
La última vez que voté / fue hace un par de meses / parecía una elección de solteros contra casados / aparte de Belgrano / Dios había dejado de existir / yo no quería creer eso pero era verdad / Dios había dejado de existir / entré al cuarto oscuro como un chico al que obligan a ver un ahorcado / me arrodillé confundido / pedí disculpas a la Patria / y voté en blanco / al salir del colegio / llevaba hundido en el corazón / el silencio más aterrador jamás oído en la calle Obispo Trejo.
Ahora resulta que tengo que votar de nuevo / el 27 / me gustaría votar desnudo / como cuando nací / Salazar / Salomón / Salmerón / Salzano / ciudadanos.
Círculos
El primer círculo era el anillo que llevaba el Gran Visir en aquella película de las Mil y una noches rodada en los links de la Metro Goldwyn Mayer. El Gran Visir era un anciano con ambiciones de niño que, con sólo chascar los dedos, podía pedirle al anillo cualquier cosa. Un balde de piedras preciosas. Una alfombra voladora. ¡Snap! ¡Snap! A la noche, antes de dormir, rodaba mi propia película chascando mis dedos de tres centímetros de largo. Un 10 en ortografía. Una pajita conectada al tanque de la Coca Cola en la calle Castro Barros. ¡Snap! ¡Snap! ¡Snap!
El segundo círculo estaba señalado con cal en el centro de la cancha de Talleres y en su interior vivía Daniel Willington con su equipo de música, un termo, dos sillas de metal y una mesita del club. El problema no era despertarse por la mañana con el sol sino acostarse por la noche a causa del poderoso influjo de la luna. Esos eran los dos círculos siguientes: el del sol y el de la luna.
El quinto era el agujero que John Lennon llevaba escondido en el bolsillo en El submarino amarillo. La cosa era bastante sencilla: si el mundo se volvía insoportable, John sacaba el agujero, lo estiraba y desaparecía en su interior. Después de todo, el arte es eso: aparecer y desaparecer hasta que brota la emoción. O no sirve para nada.
Marilyn Monroe, en cambio, era una suma de círculos escalonados. Marilyn valía por dos o tres de los demás. El seis, el siete, el ocho. Ya tendría que haberla olvidado a estas alturas. Buenas noches, querida, buenas noches.
Y el último círculo, el noveno, era el corazón caliente que Jesús se señalaba con el dedo desde una estampita que, a su vez, estaba debajo de un vidrio que, a su vez, cubría la tapa de una mesita de luz que, a su vez, estaba junto a la cama en la que me disponía a hacer el amor por primera vez en mi vida. Boum boum hacía el corazón de Jesucristo, o no era su corazón, tal vez fuera el mío, o el corazón de ambos en el preciso momento de crear un círculo que era la medida total del universo.
Amigo
Hay, había, una película de legionarios, de legionarios de la Paramount, en la que dos soldados voluntarios, A y B, compartían la rutina del cuartel sin prácticamente dirigirse la palabra. Es probable que A fuera Gary Cooper y B fuera Franchot Tone. En todo caso, bastaba ver cómo ensillaban los caballos para saber que no era una buena película de aventuras.
Cuando A y B iban a la cantina para emborracharse, lo hacían en mesas separadas y aunque los dos fumaban la misma marca jamás se daban fuego. Pasaban casi todo el tiempo juntos, hacían guardia juntos y a veces hacían viajes de 10 días juntos para localizar a los contrabandistas bereberes, pero era como si nunca se hubieran conocido.
Cuando en la historia aparecía una mujer parecía que iba a ser una película de amor, pero tampoco era una película de amor porque lo único que hacían era ayudarla a falsificar un pasaporte. Lo cierto es que al final de la película los dos quedaban en el centro de un círculo formado por los famosos contrabandistas bereberes que a uno lo dejaban rengo y al otro lo dejaban ciego. No podían avanzar, no podían alimentarse y no podían volver.
Entonces, sin casi dirigirse la palabra, decidían hacer turnos de media hora para ver quién se moría. Oh, naturalmente que en las películas de la Paramount no se moría nunca nadie y es probable que ambos se salvaran, pero la verdadera historia terminaba ahí, cuando se iban dando sombra mutuamente y al compartir el último cigarro advertían que se habían hecho amigos.
Querías escribir esta crónica porque hoy cumple años un legionario al que conocés desde hace 30, 40 años, y con él fuiste niño alguna vez, y es la única persona de esta ciudad a la que ves y no tenés necesidad de preguntarle qué le ha sucedido.
La vida es parte de eso. Siempre que cierro los ojos y cuento hasta 10 al final aparece él como mi amigo. Dios y mi canto, decía Serrat, saben a quién nombro tanto.

