Qué es el populismo
El populismo se presenta como la verdadera democracia, en la cual un líder seduce, por su carisma o sus dádivas, a una mayoría que, ingenuamente, cree que lo que se le propone es lo bueno. Gustavo Viramonte.
Se trata de un régimen político que fue el causante de las tragedias que vivió Europa en el siglo 20 y muchos países que lo imitaron en el resto del mundo.
Pese a los pésimos resultados que su aplicación produjo, parece que no sirvió de lección, toda vez que en nuestros días existe una suerte de resurrección teórica y, lo que es más grave, una práctica generalizada.
El populismo se presenta como la verdadera democracia, en la cual un líder seduce, por su carisma o sus dádivas, a una mayoría que, ingenuamente, cree que lo que se le propone es lo bueno.
El populismo y sus seguidores no pasan un examen de fe republicana, pero en lo que salen definitivamente aplazados es en matemáticas, ya que creen que el 51 por ciento de una adhesión popular circunstancial es igual a 100 por ciento y que el 49 por ciento es igual a cero.
Esto es así porque, como buenos cultores del pensamiento único, entienden que ellos representan la verdad absoluta, que quien piensa distinto está equivocado.
Creen que, representando la voz del pueblo (léase de una primera minoría) son la voz de Dios ( vox populi vox Dei ).
En esto radica la matriz totalitaria de este tipo de pensamiento, de neta raíz jacobina, que es la teorización de lo que Yakov Talmon llama democracia totalitaria.
En efecto, las enseñanzas de Jean Jacques Rousseau son las que han servido de abono teórico a todas las dictaduras de partido que asolaron Europa el siglo pasado, al absolutizar la voluntad general, es decir, de la mayoría, como infalible.
El populismo niega a las minorías porque entienden que están equivocadas. Es más, las consideran sus enemigos.
Niegan también todo tipo de control, ya sea de los otros poderes del Estado (Parlamento y Poder Judicial) o de los propios órganos de control del Ejecutivo (Auditoría General de la Nación, entre otros) porque ellos son la voz de Dios.
Repudian las instituciones, obra del constitucionalismo, que es el logró más trascendente de los últimos 200 años y que ha permitido el innegable progreso en todos los ámbitos en el mundo occidental, generando sociedades libres y tolerantes con una mayor libertad e igualdad.
Al decir de Ernesto Laclau (foto), uno de sus máximos exponentes, a quien se atribuye ser el ideólogo del cristinismo, “el Parlamento ha sido siempre la institución a través de la cual el poder conservador se reconstituía. Mientras que un Poder Ejecutivo que apela directamente a las masas, frente a un mecanismo institucional que tiende a impedir la voluntad popular, es mucho más democrático y representativo”. Y agregó que “detrás de toda la cháchara acerca de la defensa del constitucionalismo, de lo que se está hablando es de mantener el poder conservador y de revertir todos los procesos de cambio que se están dando en nuestra sociedad”.
Curiosamente, este seudofilósofo, desembozadamente declarado un autócrata, fue galardonado por las dos casas de estudio más importantes de esta ciudad –la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y la Universidad Católica–, con el inmerecido título de doctor honoris causa.
Causa alarma que este tipo de pensamiento retrógrado, anticonservador y populista haya llegado a las universidades que, por definición, deben ser casas en donde se cultive el diálogo, la pluralidad ideológica, la tolerancia y el verdadero conocimiento, en vez de alinearse con irresponsables autotitulados “intelectuales” de marcada tendencia autocrática.
Me causa mucha tristeza como egresado de la UNC, como doctorado en Derecho y profesor de Derecho Político de esa casa de estudios, que se degrade el máximo galardón que la Universidad otorga para homenajear a personalidades que por sus aportes a la convivencia democrática no lo merecen.
A la Argentina no le ha ido bien con los llamados gobiernos “progresistas” (la experiencia de la Alianza y del cristinismo lo demuestran), por lo que creo que es hora de pensar que el verdadero progreso esté en otro tipo de propuestas que se llevan a cabo en muchos países de la región.
Es hora de reivindicar a la verdadera democracia, republicana, deliberativa y federal, y repudiar todo intento de democracias corporativas, delegativas, plebiscitarias o populistas.

