Protegidos, pero solos
Una sutil epidemia se extiende entre quienes transcurren la mayor parte de sus vidas en Escuelas y comparten escaso tiempo con sus mayores: la soledad.
Frente al umbral de su casa, Nico recuerda la repetida advertencia: “Mirá para todos lados antes de abrir”.
Entra con temor, aunque encender el televisor lo tranquiliza. Tira la mochila y busca leche en la heladera. Cinco cucharadas de cacao: ventajas de estar solo.
Mira cualquier canal, se mancha la remera y pierde la noción del tiempo.
Algo le recuerda el trabajo para Geografía; enciende la compu, googlea, corta y pega. Listo, terminado. El cansancio le cierra los ojos, pero debe compartirlo.
Wathsapea a su amigo Joaco: “¿Qué hacés?”
“Nada”, responde este al instante.
Se demora en el chat comentando fotos y contando likes .
Sin desconectarse, recorre la casa, que huele más a desinfectante que a comida.
“¿Y si hablo con la abuela?”, piensa, sin saber por qué. “No, hoy se juntaba con las amigas, o algo así”.
Se desploma en un sillón cambiando canales hasta llegar a un noticiero. No le interesa informarse, sólo quiere saber si mañana llueve.
Oscurece mientras Nico hace nada, imagina nada. Su única tarea es esperar a la madre.
“Pobre, ma, vive cansada...”, piensa.
Panza arriba, observa la mancha en el techo del comedor. “Es humedad”, dice siempre el padre arrugando la cara, como cuando calcula algún gasto extra.
“Pobre, pa, vive preocupado...”, repiensa.
Si en vez de volver a casa hubiera ido a lo de Pablo, ahora estaría jugando a la Play. Pablo tiene Play; ellos, no.
Le pica la cabeza. Hay mucho silencio; hoy los vecinos están tranquilos... ¿Habrán viajado? Ladra un perro.
El forcejeo en la cerradura lo rescata de la modorra; es su madre, sin dudas. Siempre empieza poniendo la llave al revés, prueba, la saca, la gira y recién abre. Clásico.
“¡Hola, Nico! ¿Cómo te fue?”, dice sin mirarlo, mientras descarga bolsas en la cocina y recoge abrigos.
“Bien”.
“¿Te tomaron prueba?”
“No”.
“Haceme un favor, ¿sacás la basura?
“Sip”.
“¿Llegó tu padre?”, sigue preguntando ella en tono neutro, aunque no parece esperar respuesta, petrificada frente al televisor donde anuncian imperdibles ofertas.
Nico vuelve al sillón y observa a su madre en las ocupaciones diarias, las preguntas diarias, el vértigo diario.
“¡Cuántas veces te dijimos que levantes la tabla...!” Se escucha desde el baño. “Ya sos grande...”
“Ah”, alcanza a decir el muchacho, antes de quedarse dormido.
Nico es un adolescente ejemplar; uno más del numeroso grupo de chicos que regresa del colegio con la llave colgada al cuello. Protegido, pero a la intemperie. Conectado, pero aislado.
Epidemia
Una sutil epidemia se extiende entre quienes transcurren la mayor parte de sus vidas en instituciones educativas y comparten escaso tiempo con sus mayores: la soledad.
Como toda experiencia subjetiva, esta no depende necesariamente de la realidad sino de cómo se la percibe; y muchos adolescentes la declaran.
Sienten que sus padres viven cada vez más preocupados y cansados; que los ayudan en todo, pero que no los conocen. Aquellos suelen ser buenas personas, que trabajan a destajo, los aman pero, a los ojos de los chicos, parecen cada vez menos disponibles.
La reducción del menor número de hermanos por familia suma soledad, así como pérdida de espacios de juego real.
Tienen amigos, sí; compañeros y conocidos, muchos, pero a todos parecen faltarles palabras para comunicarse humanamente, sumergidos en la anomia de los entretenimientos electrónicos.
Son adolescentes cuidados, protegidos y con padres vivos, pero que sienten que en su vida hay una creciente soledad no buscada.
Las redes sociales les otorgan una falsa pertenencia y a la vez los exponen a la condicionante ciberopinión de los demás.
Así como preocupa el cambio climático mundial, debería reconocerse este cambio climático familiar, que atenta contra los recursos naturales más valiosos: los hijos. Porque la soledad comienza cuando naturalizamos las ausencias, la falta de tiempo y los desencuentros.
* Médico

