Primera vuelta o balotaje
En mi opinión, la elección se decide en primera vuelta, pese a que como nunca antes estarían dadas las condiciones para que sea necesario el balotaje.
A escasos días de los comicios, existe creciente incertidumbre sobre su resultado. Por primera vez desde que la elección presidencial ha estado condicionada a un sistema de doble vuelta o balotaje, el escenario parece, según la mayoría de las encuestas y sondeos, proclive a que ello ocurra. Nuestro país no tiene experiencia en esta materia. La historia argentina nos muestra que en 1973 –primera vez que se votó con este sistema–, a Héctor Cámpora sólo le faltaron décimas para lograr la mitad más uno de los votos, por lo que Ricardo Balbín, que era su competidor y obtuvo poco más del 15 por ciento, desistió de competir.Diez años después, Alfonsín sacó más del 50% de los sufragios, por lo que, de haber existido el balotaje, se hubiera impuesto en primera vuelta.Lo mismo ocurrió con Carlos Menem en 1989 y en 1995, esta última vez ya vigente el balotaje, y con Fernando de la Rúa en 1999.También Cristina Fernández se impuso en primera vuelta las dos veces (2007 y 2011). La elección de Néstor Kirchner en 2003 es un caso atípico, pues se trató más bien en una interna peronista entre Menem, Kirchner y Adolfo Rodríguez Saá.
La verdadera polarización
Sin perjuicio de que opino que quien gane lo hará en la primera ronda, la mayoría de los encuestadores hablan de una división del voto 40-30-20, respectivamente, para Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, con lo que no se produciría la polarización que todos auguraban.
No obstante, creo que la polarización está planteada desde antes de las primarias, no respecto de personas sino de actitudes: “continuidad” o “cambio”. Hay un sector que apoya al oficialismo y quiere la continuidad, y otro que es la oposición y quiere el cambio.
Los sondeos más serios indican que quienes apoyan la continuidad representan un 35%, mientras que un 65% está por el cambio. El resultado de las primarias confirma esta conclusión, pues desde Nicolás del Caño y Margarita Stolbizer hasta Macri propician terminar con este modelo.
En este escenario, es muy difícil que el candidato oficialista agregue algún voto más a los ya obtenidos. Sólo cuenta con el voto duro del cristinismo, sin poder sumar adhesiones de quienes votaron a los candidatos opositores.
Es por esto que la guerra final se da en la búsqueda del voto útil, que es aquel que privilegia lo que Max Weber llamaba la “ética de la responsabilidad” frente a la “ética de los principios”.
Es el ciudadano el que tomará esta decisión en el momento de votar, porque ya los dirigentes no son dueños de los votos, como ocurría hace algunas décadas, cuando los partidos políticos tenían y contenían a sus simpatizantes. Hoy, el 75% de los ciudadanos se manifiestan independientes, sólo un 3% radical y un 12% peronistas.
Así, frente al voto duro está el voto frágil –que es el de los indecisos, aquellos que dudan hasta el día de los comicios–, que representa un 30% aproximado del padrón. Es el que decidirá la elección.
El voto útil se define en las horas previas a la elección y es el que el domingo puede dar el triunfo a quienes propician el cambio o eventualmente permitir un balotaje.
Los votos dogmáticos y testimoniales son marginales y no cuentan en esta instancia, por lo que la cuestión está centrada en cómo se repartirán los obtenidos por los tres principales candidatos en las primarias que, con matices para muchos importantes, transitan el amplio camino del centro.
Reitero que, en mi opinión, la elección se decide en primera vuelta, pese a que como nunca antes estarían dadas las condiciones para que sea necesario el balotaje. Abono esta tesis fundado en el perfil de los que votan por los candidatos opositores.
Massa logró el triunfo en las parlamentarias de 2013 con electores que repudiaban la reelección de Cristina, por lo que no resulta verosímil que hoy apoyen la continuidad del cristinismo que representa Scioli.
Asimismo, ese sector de votantes que apoyó a Massa para impedir una “Cristina eterna” nunca dejó de desconfiar de su oposición al oficialismo del que formó parte.
La polarización que algunos quieren negar ya está planteada, no entre personas sino en cuanto a proyectos de país. Si para el oficialismo el candidato es el modelo –léase: continuidad–, para la oposición el candidato es el cambio.
Opinión pública
Entre las fuerzas colectivas, los partidos políticos perdieron la influencia que tuvieron en las democracias modernas, terreno que ocupa hoy la opinión pública. Esta fuerza política colectiva y difusa se caracteriza por ser cambiante, a punto tal que quien primero la estudió, Pierre Paul Mercier de la Riviere, la llamó la “reina nómade”.
Hoy la opinión pública en nuestro país apoya el cambio, porque nadie cree que ello represente el ajuste tan temido, sino la necesaria corrección de los enormes desajustes provocados por la impericia del actual gobierno.
Si bien es cierto que no nos ha ido tan mal con los Kirchner, esta aparente prosperidad provoca un grado de conformismo en la sociedad, que parece aceptar el decadente estado de cosas y la creencia de que esto es lo máximo a lo que podemos aspirar.
Este conformismo se deduce del 35% de voto duro que todavía conserva el oficialismo, inexplicable en un país que hace cuatro años no crece y cuyo desempeño económico entre 2011 y 2015 terminará siendo uno de los peores del mundo.
El talante que hoy muestra la opinión pública es el deseo de una gran mayoría de que esto cambie. Para que ello ocurra, debe apoyar a quien tiene la máxima posibilidad de obtener el respaldo en las urnas y concretar así el reclamo mayoritario de terminar con la forma de gobernar con la que se ha conducido el Estado en los últimos 12 años.
La unidad nacional y el afianzamiento de la justicia –como predica el Preámbulo de la Constitución Nacional– son las bases sólidas y necesarias para reconstruir nuestra patria, después de la demolición de todos los valores éticos y sociales de la última década.
*Abogado

