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Personajes de ficción y presencias reales

Creo que para los alumnos de cualquier escuela debe ser fundamental que sus docentes se planteen con intencionalidad pedagógica el recuerdo de personajes simbólicos y sus historias.

22 de mayo de 2015 a las 12:01 a. m.
Liliana Argiró*
Personajes de ficción y presencias reales

“Me acordé de vos en el Central Park”, me dijo con sonrisa misteriosa una amiga a su regreso de Nueva York. “En un momento de mi caminata, me encontré con un grupo de estatuas que representaban a Alicia, al Conejo Blanco, al Gato de Cheshire y a otros”.

Conocedora de mi afición por los personajes clásicos desde la infancia, me daba esta noticia que desconocía, y me sorprendió gratamente. Me imaginé cuántos de los que caminaban por esos parques reconocían a estas figuras que habían poblado su infancia. Se trataba de estatuas de personajes clásicos.

¿Y por qué no...?

Transitan con inocultable señorío por diferentes épocas y lugares, espacios públicos, grandes bibliotecas y rincones de la más humilde intimidad, por nuevas páginas de papel y por pantallas que no los intimidan.

Lejos de la pluma y del tintero que hicieron nacer a tantos y por tanto tiempo, se pasean por los territorios de la memoria y por el nido que habitan en el corazón de muchos...

Quiero hablarles sobre los personajes clásicos. No sobre las obras ni sobre sus autores: sobre los personajes.

Curiosas consecuencias tienen algunas ficciones. Otorgan la inmortalidad, hacen que ciertos personajes permanezcan y vivan para siempre.

Jacques Bonnet, en un libro exquisito que se llama –y no por casualidad– Bibliotecas llenas de fantasmas , dice con cierta perplejidad que "ninguno ha envejecido desde que su creador le dio vida; se ha mantenido idéntico y así se mantendrá".

Don Quijote no ha sumado canas ni arrugas a los más de 400 años que marcaron su nacimiento. Y, todavía, la frase “hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que las informaciones del rico” –que figura entre los consejos de Don Quijote a Sancho antes de que este asuma el gobierno de la ínsula– sigue siendo actual para los funcionarios que van a asumir un cargo. Como las profundas y sencillas reflexiones de Sancho al renunciar como gobernador: “Desnudo nací, desnudo me hallo, ni pierdo ni gano...”.

Más que sus autores

Figuras míticas, fantasmas que andan por ahí, en esos territorios que habitan, sin permiso, sin que se los llame. Irrumpen con fuerza, nos deleitan cuando ya no están frente a nosotros, sino en nosotros. ¿Acaso no nos descubrimos sonriendo con el recuerdo de algo que hemos leído?

Han tenido la audacia y la osadía de trascender a quienes los crearon.

Según Bonnet, sabemos mucho más de Don Quijote y Sancho que de Cervantes; de Alicia y el Conejo Blanco que de Lewis Carroll; del enigmático Capitán Nemo que de Julio Verne.

Y ahora mismo no puedo dejar de contarles la provocadora –y sarcástica– afirmación de George Steiner: “Flaubert se ve morir como un perro mientras ‘esa puta’ de 
Madame Bovary vivirá para siempre”. Sin dudas, a todos nos resultan más familiares las infidelidades de Emma Bovary que el nombre de su autor, Gustave Flaubert. Lectora, además, que va creciendo a lo largo de la obra.

Estoy convencida de que son los personajes clásicos, más que sus propios autores, los que tienen convocatoria y presencia propia; su fama los precede.

¿Y no sucede acaso lo mismo con los amores famosos? Nos dice Gabriel García Márquez, en Memorias de mis putas tristes , que no son los amores felices los que mueven el mundo, sino los amores contrariados. Ah, los amores infelices, como los de Romeo y Julieta, los de Tristán e Isolda, o los de Eneas y la reina Dido, que llevaron el abandono de Eneas y el rencor de Dido al mismísimo reino del Hades. ¡Terrible!

Son clásicos porque despiertan similares resonancias en los sentimientos y emociones de ustedes y los míos, porque pensamos en cosas similares cuando nos los nombran. No requieren presentación especial; son emblemáticos y son de todos.

En la escuela

Siempre defendí la lectura de los clásicos en la escuela, en un lugar especial, junto con la lectura de los autores y obras de hoy. Cada vez más pienso que no sólo por los autores; ahora también por la fuerza intangible, la presencia poderosa de sus personajes. Y porque entonces uno se siente habitado.

Esto no significa de manera alguna presentar personajes sin autores. Se trata de que nuestros alumnos se aproximen al genio y a la grandeza literaria de Cervantes, desde las fallidas incursiones de Don Quijote y de su simple escudero por el mundo de la caballería. O quizá que lleguen a intuir la valentía de la narrativa de Charles Dickens y sus denuncias de una sociedad injusta, a través de su familiaridad y cercanía con la triste vida de Oliver Twist, como pueden también conocer a Mark Twain a través de la simpatía y de las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn.

Estos personajes son siempre la referencia, la puerta amigable de entrada para descubrir la genialidad de sus creadores.

Y justamente esas presencias son las que permanecen con nosotros mucho tiempo después de haber cerrado el libro. Y si además son legado universal, mucha gente los conoce, no se agotan en nosotros ni en nuestro estrecho recuerdo, viajan a través del tiempo y derriban paredes de edades, fronteras, etnias. Dejan de ser lecturas herméticas o excluyentes para ser inclusivas...

Creo que para los alumnos de cualquier escuela, mucho más en el caso de escuelas vulnerables, debe ser fundamental que sus docentes se planteen con intencionalidad pedagógica el recuerdo de personajes simbólicos y sus historias. Esto es: que las obras literarias que llamamos clásicas tengan un tiempo y un lugar para que todos las lean.

Así, con contundencia y sin tibiezas.

Porque esas presencias nacidas de una historia muy bien contada, y que han perdurado a través de los siglos, recrean nuevas comunidades de diálogo con esas lecturas. Quienes se encuentran por primera vez con Don Quijote, con Pinocho, con Alicia, con Ulises o con Oliver Twist se transforman en interlocutores de un diálogo que se ha entablado hace cientos de años entre personajes y lectores.

La enorme, poderosa e invisible comunidad que leyó, a través del tiempo, cada una de estas historias eternas.

Creo y sostengo una pedagogía de la lectura que se apoye en ellos. Simplemente para quererlos, nuevos amigos –leales amigos– que se conocen a través de muchas lecturas y permanecen junto a nosotros, en un silencio sin soledad y poblado de presencias reales.

*Autora de “El deber de leer”.