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Nada se pierde, todo se transforma

El problema tiene dos puntas: por un lado, la escasez de recursos no renovables; por el otro, la cada vez menor disponibilidad de terrenos para depositar la basura.

21 de marzo de 2014 a las 01:00 p. m.
Héctor Onías Albaretto*
Nada se pierde, todo se transforma

Se podría definir por basura a "todo residuo dispuesto en un lugar que no corresponde". Desde el aspecto económico, se infiere que los residuos mezclados no tienen valor. Si lo analizamos desde lo perceptivo individual, la mezcla de residuos genera repulsión y desagrado; cuanto más lejos, oculto y fuera de la vista, mejor. La gran producción planetaria de basura no es patrimonio del nuevo siglo, sino que tiene su origen en el apogeo de la revolución industrial. Expresa notablemente su perjuicio ambiental luego de la Segunda Guerra Mundial, con la imposición desde los centros de poder mundial de la cultura del compre-use-tire, acompañada del establecimiento de la obsolescencia planificada como instrumento económico de creación de valor y generación permanente de utilidades para las empresas, sin soslayar el doble rol de los trabajadores, vistos también como potenciales consumidores, que impulsan la rueda de la fabricación-venta-consumo.Esta inteligente estrategia, apoyada logísticamente desde la propaganda mediática, no tuvo casi resistencia por parte de la naciente sociedad de consumo, deseosa de satisfacer no sólo sus necesidades vitales sino artificiales en continuo aumento.Los avances tecnológicos, el reemplazo de materiales tradicionales por sintéticos ­(como los plásticos), la innovación, las modas periódicas, los nuevos productos, el desarrollo del diseño industrial sustentado por la re­volución de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), el aumento de la ­población mundial, entre otros, son factores que multiplican, día a día, el volumen de los basurales.Pero, ¿qué contienen estos? La respuesta la encontramos en la ley de conservación de la masa, del padre de la ciencia química, el francés Antoine Lavoisier, que enunció en el siglo XVIII la famosa frase: "Nada se pierde, todo se transforma". En conclusión, los basurales contienen materiales en constante proceso de transformación en los tres estados: sólido, líquido y gaseoso; algunos se degradan en meses, otros en años y muchos en siglos.Ahora bien, así como toda energía proviene del Sol, todo tipo de materia, compuesta por elementos químicos recuperables, proviene de nuestro planeta Tierra, finito en recursos naturales.El problema de la basura tiene dos puntas: por un lado, la escasez de recursos no reno­vables; por el otro, la cada vez menor dispo­nibilidad de terrenos para depositar la basura, ya sea por falta de suelo apto para la radicación de los rellenos sanitarios o el rechazo generalizado de las comunidades a vivir en cercanía de estos.La solución no es mágica, espontánea ni de uno solo. Todo lo contrario: es concreta, lenta y comunitaria. Tiene un común denominador, la inteligencia humana dotada de razón y corazón; un idealismo trascendental, el desarrollo sustentable equilibrando lo social, lo ambiental y lo económico, y un imperativo categórico, el protagonismo individual ambientalmente responsable, para bien de nuestro azul planeta y todo lo que lo habita.Algunos empezamos, otros se sumaron y muchos tendrán, más temprano que tarde, la posibilidad también de ser protagonistas y no simples espectadores.

*Presidente de la fundación Centro de Estudios e Investigaciones Políticas, Sociales y Técnicas, a cargo del programa Argentina Limpia, un País en Serio