Mineros chilenos
El rescate de la mina impone revisar el modelo de desarrollo de una sociedad que se esmera en aplicar toda la eficiencia y poder tecnológico para refinar la explotación del hombre. Liliana Bina.
Chile. Un pueblo al que la naturaleza obligó desde siempre a hacer ingentes esfuerzos para sobrevivir: o entrar a escarbar las entrañas de la montaña o enfrentar el mar para arrebatarle sus frutos. Nada de argentinismos, nada de tirar semillas para recoger mañana. El pueblo chileno es un pueblo aguerrido por naturaleza, por su geografía y por sus ancestros, y lo demostró tanto cuando tembló la tierra como cuando ésta devoró a un grupo de mineros. Ahora bien, no hay que confundir templanza con resignación, ni que aquélla devenga en una suerte de salvoconducto para prácticas de explotación del otro. La "Gran Potosí". Copiapó habló, pero el grito aún no fue escuchado. En este nuevo "Gran Potosí" en que se están convirtiendo los pueblos cordilleranos, por imperio de las demandas de reservas de oro de los países más poderosos; de fuentes de energía para sus desarrollos desmedidos y metales para un sinfín de bienes, la mayoría de los cuales es prescindible, no debemos confundir accidente con fatalidad. El derrumbe de la mina no fue el temblor del sismo. El derrumbe fue fruto de la ambición desmedida de la corporación minera, expresada en Copiapó en su faceta más cruel. Las primeras imágenes emergentes de la sonda providencial que conectó a los mineros con el mundo mostraban miradas desesperadas, hombres semidesnudos y barbudos que aleteaban frente a la cámara intentando inventar, para regalar a sus seres queridos, ese mendrugo de esperanza que aliviara la desesperación. "Angustia, esperanza y emoción ", así definió el presidente Sebastián Piñera los tres momentos de esa tragedia. La angustia fue bien retratada por la sonda que descubrió a los mineros y la desesperación que se vivía afuera de la mina. El ciclo de la esperanza se tradujo no sólo en un impecable trabajo de rescate que habla de la eficiencia y disciplina chilenas, sino también en el cuidado que se puso en anular del relato de los hechos todo análisis que nos condujera a cuestionar su génesis, que nos llevara a las oscuras entrañas, no ya de la tierra, sino del alma de unos hombres y de una sociedad responsables de estos eventos.Este armado del guión del rescate fue exitoso. Casi nos convencemos, en medio de tanta alegría, de que todo era una prueba del temple chileno, superada con éxito. Casi llegamos a envidiar a ese país estoico. La constante presencia del presidente en la boca de túnel, los mineros emergiendo de la cápsula, previamente rasurados, psicoanalizados y producidos para su aparición frente al mundo, los familiares obligados por la circunstancia a confraternizar con funcionarios responsables de la minería y del descontrol que dio lugar a esta tragedia, armaron una presentación que habla más de la eficiencia mediática del gobierno chileno que de aquello que los sucesos vividos claman y expresan a gritos: la necesidad de revisar el modelo de desarrollo de una sociedad que se esmera en aplicar toda la eficiencia y poder de su evolución tecnológica para refinar y recrear formas de explotación del hombre y de esclavitud inadmisibles. Un modelo que condena a miles a vivir como ratas, escarbando la tierra para permitir que se engorden las arcas de países obscenos y crezcan los paraísos personales, mientras se agota la naturaleza y, con ella, el sueño de una vida digna y equitativa para el conjunto de una humanidad diversa e integrada. El sueño de una civilización contemporánea que trascienda las lacras de su pasado. De un pasado que se empecina en permanecer hoy con sus más lacerantes expresiones.Copiapó nos regaló una.

